martes, 10 de abril de 2012

MOLOTOV: El mundo

Para nuestros hermanos mexicanos, que siempre nos visitan



P




No fuckin´ fun boys ´n girls, and you know why...
No fuckin´ fun boys ´n girls, and you know why...
No fuckin´ fun boys ´n girls, coz the world is coming to its end
Yo sugeriría un mezcal en las rocas
Da sabiduría y aclara lo que afocas
Aunque darse cuenta no está nada cabrón
Que viene de bajada en picada este avión
Sobran razones para estar gritando
Nuestro planeta se está asfixiando
.
ESTRIBILLO:
El mundo se va a acabar, el mundo se va a acabar
Si un día me has de querer, te debes apresurar
.
Se acaba la vida, se acaba el agua
Se acaba la selva y nadie hace nada
Se acaba la mentira, se pone más raro
Aquí no se respira si no tienes baro
Aunque la onda sea vivir en la luna
Yo sigo pensando me he de comer esa tuna
Ha sido pesado vivir los noventa
La banda pacheca sigue bien contenta
.
ESTRIBILLO
.
No tengo prisa de hacer nada
Ahí la llevo mientras se acaba
Puro cariño todo el mundo se quiere
Pero el que se descuida, tantito se muere
Faltan dirigentes de esta chula tierra
Falta que organicen otra guerra
Ha sido difícil vivir los noventa
La banda pacheca seguimos re-contenta
.
ESTRIBILLO
.

Óyeme, grandísimo cabrón, el mono blanco tenía razón
.
"Apocalypshit" (Molotov - 1999)

miércoles, 21 de marzo de 2012

APOLO Y DAFNE (Mito griego)



Alguna vez Apolo quiso competir con Eros (Cupido) en el arte de lanzar flechas. Eros, molesto por la arrogancia de Apolo, ideó vengarse de él. Para ello lanzó al hermoso dios una flecha de oro, que causa un amor inmediato a quien hiere; por el contrario, hirió a la ninfa Dafne con una flecha de plomo, que causa desprecio y desdén.
El calor ha recluido en sus guaridas a las fieras, el río parece haber detenido el curso de sus aguas y ni siquiera rasgan el aire las alas de las mariposas. El sol deja caer a plomo sus rayos, penetra entre las ramas y sofoca en el bosque todo signo de actividad. Silencio. Dafne, con los ojos entornados, descansa sentada en la orilla, refrescando sus pies en la corriente del río Peneo. De pronto, se incorpora y gira hacia atrás la cabeza. Quizá la ha alertado un ruido, el roce de una hoja, o la sensación de una mirada ardiente sobre su nuca. A unos pasos de ella, un hombre en pie la mira. Al percibir el sobresalto de la muchacha, el hombre tiende hacia ella su mano y le dice: “No temas, soy Apolo y ardo de amor por ti.”
Los pies de Dafne vuelan más veloces que el viento, se internan entre los árboles, saltan nudosas raíces, esquivan obstáculos. Si antes eran aliados de su belleza, ahora sus cabellos son un estorbo, pues se prenden en las ramas y le frenan la huida. Apolo no es menos veloz: a él no lo impulsa el miedo ni el rechazo, sino el deseo.
El descarnado e inmediato deseo de poseer a la joven espolea su cuerpo entero, le confiere energía y lo hace incansable. A Dafne se le agotan las fuerzas: sus piernas flaquean, la respiración se hace más fatigosa, sus movimientos se tornan torpes. Siente a sus espaldas el aliento del dios, las puntas de sus dedos que están a punto de aferrarla.
La ninfa dedica su último esfuerzo a pedir auxilio a su padre, el río Peneo: “Padre” – dice – “si tienes algún poder divino, ayúdame. Haz que desaparezca este cuerpo mío, puesto que es lo único de mí que desea mi perseguidor”. Y su padre, compadecido, hace que al instante broten ramas de sus dedos, raíces de sus pies, hojas de sus cabellos.
Cuando Apolo consigue al fin alcanzarla, es a un tronco leñoso, a un esbelto laurel a quien abraza, viendo su deseo burlado, dijo: “Y puesto que no puedes ser mi mujer, en verdad serás mi árbol. Siempre te tendrán, laurel, mi cabellera, mi cítara, mi aljaba.”

Nota
El árbol de laurel fue así consagrado a Apolo, y la corona de sus brillantes hojas se convirtió en el premio que recibían los mejores poetas, músicos o artistas.



lunes, 19 de marzo de 2012

POE, EDGAR ALAN: El retrato oval




El castillo en el cual mi criado se le había ocurrido penetrar a la fuerza en vez de permitirme, malhadadamente herido como estaba, de pasar una noche al ras, era uno de esos edificios mezcla de grandeza y de melancolía que durante tanto tiempo levantaron sus altivas frentes en medio de los Apeninos, tanto en la realidad como en la imaginación de Mistress Radcliffe. Según toda apariencia, el castillo había sido recientemente abandonado, aunque temporariamente. Nos instalamos en una de las habitaciones más pequeñas y menos suntuosamente amuebladas. Estaba situada en una torre aislada del resto del edificio. Su decorado era rico, pero antiguo y sumamente deteriorado. Los muros estaban cubiertos de tapicerías y adornados con numerosos trofeos heráldicos de toda clase, y de ellos pendían un número verdaderamente prodigioso de pinturas modernas, ricas de estilo, encerradas en sendos marcos dorados, de gusto arabesco. Me produjeron profundo interés, y quizá mi incipiente delirio fue la causa, aquellos cuadros colgados no solamente en las paredes principales, sino también en una porción de rincones que la arquitectura caprichosa del castillo hacía inevitable; hice a Pedro cerrar los pesados postigos del salón, pues ya era hora avanzada, encender un gran candelabro de muchos brazos colocado al lado de mi cabecera, y abrir completamente las cortinas de negro terciopelo, guarnecidas de festones, que rodeaban el lecho. Quíselo así para poder, al menos, si no reconciliaba el sueño, distraerme alternativamente entre la contemplación de estas pinturas y la lectura de un pequeño volumen que había encontrado sobre la almohada, en que se criticaban y analizaban.
Leí largo tiempo; contemplé las pinturas religiosas devotamente; las horas huyeron, rápidas y silenciosas, y llegó la media noche. La posición del candelabro me molestaba, y extendiendo la mano con dificultad para no turbar el sueño de mi criado, lo coloqué de modo que arrojase la luz de lleno sobre el libro.
Pero este movimiento produjo un efecto completamente inesperado. La luz de sus numerosas bujías dio de pleno en un nicho del salón que una de las columnas del lecho había hasta entonces cubierto con una sombra profunda. Vi envuelto en viva luz un cuadro que hasta entonces no advirtiera. Era el retrato de una joven ya formada, casi mujer. Lo contemplé rápidamente y cerré los ojos. ¿Por qué? No me lo expliqué al principio; pero, en tanto que mis ojos permanecieron cerrados, analicé rápidamente el motivo que me los hacía cerrar. Era un movimiento involuntario para ganar tiempo y recapacitar, para asegurarme de que mi vista no me había engañado, para calmar y preparar mi espíritu a una contemplación más fría y más serena. Al cabo de algunos momentos, miré de nuevo el lienzo fijamente.
No era posible dudar, aun cuando lo hubiese querido; porque el primer rayo de luz al caer sobre el lienzo, había desvanecido el estupor delirante de que mis sentidos se hallaban poseídos, haciéndome volver repentinamente a la realidad de la vida.
El cuadro representaba, como ya he dicho, a una joven. Se trataba sencillamente de un retrato de medio cuerpo, todo en este estilo que se llama, en lenguaje técnico, estilo de viñeta; había en él mucho de la manera de pintar de Sully en sus cabezas favoritas. Los brazos, el seno y las puntas de sus radiantes cabellos, pendíanse en la sombra vaga, pero profunda, que servía de fondo a la imagen. El marco era oval, magníficamente dorado, y de un bello estilo morisco. Tal vez no fuese ni la ejecución de la obra, ni la excepcional belleza de su fisonomía lo que me impresionó tan repentina y profundamente. No podía creer que mi imaginación, al salir de su delirio, hubiese tomado la cabeza por la de una persona viva. Empero, los detalles del dibujo, el estilo de viñeta y el aspecto del marco, no me permitieron dudar ni un solo instante. Abismado en estas reflexiones, permanecí una hora entera con los ojos fijos en el retrato. Aquella inexplicable expresión de realidad y vida que al principio me hiciera estremecer, acabó por subyugarme. Lleno de terror y respeto, volví el candelabro a su primera posición, y habiendo así apartado de mi vista la causa de mi profunda agitación, me apoderé ansiosamente del volumen que contenía la historia y descripción de los cuadros. Busqué inmediatamente el número correspondiente al que marcaba el retrato oval, y leí la extraña y singular historia siguiente:
"Era una joven de peregrina belleza, tan graciosa como amable, que en mal hora amó al pintor y se desposó con él. Él tenía un carácter apasionado, estudioso y austero, y había puesto en el arte sus amores; ella, joven, de rarísima belleza, toda luz y sonrisas, con la alegría de un cervatillo, amándolo todo, no odiando más que el arte, que era su rival, no temiendo más que la paleta, los pinceles y demás instrumentos importunos que le arrebataban el amor de su adorado. Terrible impresión causó a la dama oír al pintor hablar del deseo de retratarla. Mas era humilde y sumisa, y sentose pacientemente, durante largas semanas, en la sombría y alta habitación de la torre, donde la luz se filtraba sobre el pálido lienzo solamente por el cielo raso. El artista cifraba su gloria en su obra, que avanzaba de hora en hora, de día en día. Y era un hombre vehemente, extraño, pensativo y que se perdía en mil ensueños; tanto que no veía que la luz que penetraba tan lúgubremente en esta torre aislada secaba la salud y los encantos de su mujer, que se consumía para todos excepto para él. Ella, no obstante, sonreía más y más, porque veía que el pintor, que disfrutaba de gran fama, experimentaba un vivo y ardiente placer en su tarea, y trabajaba noche y día para trasladar al lienzo la imagen de la que tanto amaba, la cual de día en día tornábase más débil y desanimada. Y, en verdad, los que contemplaban el retrato, comentaban en voz baja su semejanza maravillosa, prueba palpable del genio del pintor, y del profundo amor que su modelo le inspiraba. Pero, al fin, cuando el trabajo tocaba a su término, no se permitió a nadie entrar en la torre; porque el pintor había llegado a enloquecer por el ardor con que tomaba su trabajo, y levantaba los ojos rara vez del lienzo, ni aun para mirar el rostro de su esposa. Y no podía ver que los colores que extendía sobre el lienzo borrábanse de las mejillas de la que tenía sentada a su lado. Y cuando muchas semanas hubieron transcurrido, y no restaba por hacer más que una cosa muy pequeña, solo dar un toque sobre la boca y otro sobre los ojos, el alma de la dama palpitó aún, como la llama de una lámpara que está próxima a extinguirse. Y entonces el pintor dio los toques, y durante un instante quedó en éxtasis ante el trabajo que había ejecutado. Pero un minuto después, estremeciéndose, palideció intensamente herido por el terror, y gritó con voz terrible: "¡En verdad, esta es la vida misma!" Se volvió bruscamente para mirar a su bien amada:¡Estaba muerta!


EE.UU, 1809/1849

La leyenda de Ka’a



de "Mitología Guaraní" de Jorge Montesino (Paraguay)

Sentada sobre el borde rocoso del arroyo una bella joven juega metiendo sus pies en el agua. Las gotas que levanta vuelven al cauce más brillante que antes, como tocadas por una varita mágica. Un ave de blanco plumaje bebe a orillas del arroyo. La muchacha observa al ave.
El tiempo parece inexistente a esta hora de la tarde. Nadie más se ve en las inmediaciones. El pájaro bebiendo a sorbos pequeños, picotea el agua. Ka’a juega con el agua. Los pies de la niña y el agua del arroyo son lo único móvil. No hay una gota de viento. Las plantas parecen expectantes.
Del otro lado del arroyo una enmarañada vegetación de verdes fulgurantes. De este lado, las piedras y una amplia extensión de doradas arenas. La tierra parece detenerse a observar la imagen de la chica en el arroyo. De la espesura surge de pronto una pequeña caravana. Va encabezada por un hombre joven, alto y altivo.
Ka’a nota a la caravana porque un momento antes de aparecer, el ave levanta vuelo asustada dejando en el aire un graznido que ahora flota sobre la cabeza de quienes van cruzando el arroyo sobre las piedras. El hombre que encabeza la caravana llama la atención de Ka’a. Es alto y fuerte. Su mirada está clavada en algo con fijeza, pero Ka’a no sabe precisar dónde. Su mirada resulta irresistible para la joven que con los pies en el agua observa a los forasteros. Ninguno de ellos parece percatarse de la presencia en la costa. Pasan muy cerca de donde está Ka’a pero nadie dirige un saludo ni una mirada. Los largos pasos del hombre se adentran en un estrecho sendero y se pierden en un recodo.
Más tarde, Ka’a vuelve a la aldea y cuando cae la noche procura descansar. La fiera mirada del forastero que ha visto durante la tarde le inquieta. Ha perdido su habitual tranquilidad. Hay una vibración extraña en la joven. Nunca se ha sentido de esa forma. Da vueltas en su hamaca sin poder conciliar el sueño durante horas. Cuando la noche ya está muy avanzada el sueño la vence y cae en una especie de sopor. En sueños los negros ojos del forastero le calan el corazón.
El sol alarga su luminoso cuerpo cuando Ka’a despierta. Despierta posiblemente al escuchar una voz desconocida. Su padre conversa con alguien. Ka’a se queda quieta en su hamaca. Su padre conversa con el hombre de la caravana. Y el hombre al que ahora puede ver de cerca está relatando los objetivos que lo han traído hasta las tierras de Ka’a.
“Como avare mbya tengo la misión de recorrer estas tierras en busca de una gran ofrenda para el templo de Mbaeveraguasu. Es bien conocida la riqueza en metales preciosos que se da en estas tierras y los mbya queremos recorrerla sin chocar con nadie”.
“Délo por hecho”, contestó secamente el padre de Ka’a.Ka’a no pudo evitar la fascinación que la mirada de aquel joven sacerdote despertaba en ella y estuvo viéndolo a través del tejido de la hamaca en la que, ya despierta procuraba ni siquiera respirar para que nadie advirtiera su presencia. En aquella incómoda posición, Ka’a recordó todo lo que de los mbya había escuchado en el pasado. Decían que se creían insuperables y que ningún mbya, mucho menos los avare, se casaban con gentes de otras tribus. Tan elevado era el amor propio de los mbya. Ka’a se dijo para sí misma que eso a ella no debía importarle, puesto que intentaría conquistar a aquel que estuvo mirándola y entró en sus sueños toda la noche.
El avare se despidió del cacique diciéndole que durante aquel día andaría observando los alrededores sin alejarse mucho. Ka’a que era toda oídos se levantó ni bien el sacerdote se hubo retirado del lugar y anduvo recorriendo los alrededores de la aldea con la esperanza de encontrarse con aquel que había venido a visitarla en sueños.
Anduvo así durante varias jornadas y muchas fueron las veces en que los jóvenes cruzaron sus miradas. Ka’a sentía el ardor del avare. Lo notaba en las cosas imperceptibles y misteriosas que solo se dan a conocer cuando el amor despierta. Varias veces se cruzaron en el bosque y en los arroyos, el avare y los suyos buscaban piedras preciosas. Ka’a buscaba al sacerdote.
Una tarde sombrìa Ka’a se enteró de que el avare volvería a su pueblo. El dolor atravesó el corazón de la joven. Ante la posibilidad cierta de perderlo para siempre, Ka’a salió en busca del avare a quien pensaba manifestar su amor.
Ka’a marcha decidida. Dispuesta a usar todas las armas de la seducción para despertar la pasión que intuye escondida en el alma del sacerdote mbya. Una extraña fuerza gobierna cada paso de la muchacha que avanza hacia el arroyo como si supiera que allí va a encontrarse con el avare.
Ka’a está frente al hombre.
Todo indica que será correspondida. El mbya siente que su sangre hierve. Se reprime. Lucha contra sus propios sentimientos. Lucha contra la pasión que le inunda el cuerpo.
El ascetismo contra la pasión.
Despiadada es la lucha en el interior del hombre que, por un lado está enceguecido de amor por la joven y por el otro tiene una misión que cumplir para la cual ha sido adiestrado durante largo tiempo. Ka’a baja hasta la arena y danza para el avare. Su cuerpo se mueve con gracia despertando cada vez con más intensidad el deseo del avare.
Ahora Ka’a se desliza a través de las piedras. Se acerca al hombre. Le confiesa su amor. Lo abraza. Hay un momento que se hace eterno cuando las palabras de Ka’a se enredan en los vestidos del sacerdote. Es en ese instante eterno cuando el ascetismo aprovecha la distracción y aniquila a la pasión. El joven sacerdote toma el hacha de piedra que lleva consigo y sin pensarlo ni una sola vez la azota sobre la cabeza de Ka’a que se desploma sin un solo quejido. La sangre de la joven mancha la piedra. El mbya sin siquiera mirarla guarda su arma y se marcha dando la espalda a la pasión y al amor para siempre jamás.

Han pasado los años.
El dolor de la tribu por la muerte de Ka’a ya casi no se recuerda.
Un viejo sacerdote mbya llega hasta aquella aldea. Viene el hombre con la espalda doblada por los años. Viene el hombre cargando el peso de la muerte de la pasión en su alma. Se detiene en aquella piedra junto al arroyo. Se sienta allí a descansar. Un arbusto de hojas desconocidas para el sabio sacerdote le brinda su fresca sombra en la tórrida tarde de verano. De las brillantes hojas del arbusto se desprende un aroma que le lleva a tomar unas cuantas hojas y masticarlas. El jugo de las hojas penetra en su cuerpo como un elixir de vida. Ya no hay dudas, el viejo sacerdote ha venido a encontrarse con su último momento al único sitio donde conoció la vida con plenitud. Allí donde en sus años de juventud perdiera la posibilidad del amor de una vez y para siempre. El mbya siente que viaja hacia el amor. La yerba que ha probado por primera vez no es sino la encarnación de aquella dulce joven que le confesara su amor. Ahora el avare viaja su viaje infinito y último para reunirse con su amada. Lleva en su boca el recio sabor de la yerba mate.



viernes, 9 de marzo de 2012

ABECEDARIO / ALFABETO


Comenzaremos a decir que "abecedario" y "alfabeto" son sinónimos. Es la serie ordenada de las letras o grafemas que se utilizan para representar gráficamente una lengua.
Nuestro abecedario (español) está formado por 27 letras:

aA bB cC dD eE fF gG hH iI jJ kK lL mM nN

ñÑ oO pP qQ rR sS tT uU vV wW xX yY zZ

A partir de la última edición de la Ortografía de la lengua española (R.A.E. 2010) la ch y la ll han dejado de ser consideradas letras del alfabeto español ya que ambas son consideradas dígrafos (combinaciones de dos letras que ya tienen representación en el alfabeto en forma individual). Como letras pertenecientes al abecedario o alfabeto español se consideran solamente los signos simples.

miércoles, 9 de noviembre de 2011


Qué les pasa a los profesores que intentan ser innovadores

 Por Miguel Angel Santos Guerra / Pedagogo de la Universidad de Málaga (*)


La micropolítica de las organizaciones escolares va configurando posiciones y relaciones de los diferentes miembros de la comunidad a lo largo del tiempo. No todos desempeñan el mismo papel. Simplificando las cosas voy a referirme a un tipo de profesores y profesoras que llamaré tipo A. Son personas comprometidas con la institución, que buscan de forma permanente y esforzada su mejora. Otro tipo, al que llamaré B, no se preocupa excesivamente de mejorar las cosas. Son profesionales del cumplimiento: es decir, del cumplo y miento. Son mercenarios que se ocupan de poner la mano al final del mes, aunque no hayan puesto pasión en la tarea ni les haya importando un comino la suerte que corran sus alumnos/as. Obedecen a una ley: “Pudiendo no hacer nada, ¿por qué motivo tengo que hacer algo?”.
Cuando un profesor tipo A, le propone a otro, tipo B, emprender un proyecto para la mejora de la institución, es probable que el B se sienta interpelado y vea puesta en evidencia su desgano y su desaliento. Por eso es fácil que reaccione no sumándose a la causa ni argumentando con rigor sobre la inutilidad de la propuesta sino destruyendo a quien la hace. Muerto el perro, se acabó la rabia. Es decir que, descalificando a quien quiere hacer algo, desmantela también lo que el innovador o innovadora deseaba hacer.
Seis argumentos. He descrito la friolera de 25 cuchillos que usan los B para matar a los A. Me referiré solamente a seis.
Uno de los cuchillos es el siguiente: “No hagas caso al A, que tiene problemas afectivos. No es que no que quiera estar mucho tiempo en el Colegio, es que no quiere ir a casa. Porque se está separando, porque no tiene hijos, porque vive solo”. Es decir que, como es un tarado, hará propuestas que estarán también taradas.
Otro cuchillo es de la marca “¿qué es lo que vas a salir ganando?”. Como no ve motivos claros (lo van a pagar, lo van a certificar, va a servir para ascender) le atribuye al A intenciones torcidas: “Con tal de sobresalir es capaz de trabajar más, es un adulador de la dirección, es un trepa”.
Un tercer cuchillo es de la armería del etiquetado. La puñalada consiste en colgar una etiqueta del cuello de quien hace la propuesta: “No le hagas caso, es de Izquierda Unida, es de UGT”. El caso es que esa etiqueta tenga un efecto negativo.
Hay un cuchillo de doble filo que se identifica por la edad. Si quien hace la propuesta es un jovencito (si es una jovencita, la ironía suele ser mayor), el interpelado dice: “¿Cuántos años tienes, hijo? Hace falta savia nueva”. Me preocupa más el cuchillo que representa a la edad adulta. Cuando un veterano tipo A le propone a un joven, tipo B, embarcarse en un proyecto comprometido y el joven dice: “Este señor no ha entendido nada, está muy verde, con la edad que tiene se diría que no ha madurado”.
El quinto cuchillo se refiere a la ironía: “Qué, dice el B, ¿te van a hacer un monumento? ¿vas a heredar la escuela? ¿te van a hacer un homenaje? ¿te van a dar la tiza de oro (expresión muy utilizada en la Argentina)?”.
Y finalmente, haré alusión a la invocación de la experiencia con ánimo destructivo. “Eso ya lo intentamos el año pasado y no valió para nada. Bueno, peor que eso, desencadenó un conflicto tremendo. Mejor no hacer nada”.
Ya sé que estoy simplificando. Probablemente no haya personajes que se puedan catalogar de forma tan dicotómica. Quizá en una mañana una persona pueda pasar de A a B y de B a A tres veces. Por otra parte, están por las instituciones otros personajes: el C, el D, el E. Y siempre se plantea la pregunta: ¿quién nos sirve de modelo? El riesgo es responderse que el modelo es el B porque no está tarado, no es un joven iluso, no es de Izquierda Unida, no quiere que le hagan un monumento y ha aprendido de las experiencias anteriores. Si además el Director/a es un B y el inspector/a un B, el A lo tiene muy difícil.
La tentación. Le pasa al A que no sólo que no le felicitan por lo que hace ni le agradecen los esfuerzos. Le castigan de muchas formas por su compromiso. Le pasa al A lo que le pasó a aquel soldado del que cuentan que cavó una trinchera tan profunda, tan profunda, que le declararon desertor. De modo que la tentación del A es dejar de serlo. Así de claro, porque si deja de ser generoso y entusiasta será menos feliz.
Hay unos chalecos y pantalones que protegen contra las cuchilladas. Se fabrican con la profesionalidad entusiasta. Y, si alguna se recibe, los mejores docentes y los amigos tienen unas pócimas eficaces para la curación. Se elaboran con solidaridad y buen ejemplo.
Consejo final. José María Cabodevilla contaba que en una oficina de Correos un cartero vio una carta con una dirección sorprendente: “San Antonio de Padua. El Cielo.” Abren la carta y se encuentran con la petición de un parado que le pide a San Antonio la cantidad de 100 euros porque tiene un hijo enfermo y, con la crisis, no dispone de dinero. El cartero propone que ponga algo cada uno. Juntan 80 euros y se los mandan. Semanas después llega a la oficina de Correos otra carta con la misma dirección. La abren. Es aquel obrero que da las gracias a San Antonio y le pide que, cuando mande otra vez dinero a sus devotos, no se le ocurra hacerlo a través de las oficinas de correos porque los muy ladrones le han robado veinte euros de los que él le mandó. Los carteros se han quedado sin dinero y se han ganado un insulto. Su tentación consiste en dejar de ser generosos.
He leído en la última novela de Katherine Pancol “Las ardillas de Central Park están tristes los lunes” (que da continuidad a “Los ojos amarillos de los cocodrilos” y “El vals lento de las tortugas”) este pensamiento sobrecogedor que ella sitúa en la Francia del siglo XII: “Dios creó a los profesores y Satán a los colegas”.
Creo que es bueno ser A y jubilarse de A. Porque se es más feliz. Algunos me preguntan, qué es lo que se puede hacer con los B. Siempre digo que hay que invitarles a la fiesta de los A. Porque los A lo pasan mejor. Y si no se dejan invitar siempre se puede hacer con ellos lo que decía Voltaire: “No hay mayor venganza sobre nuestros enemigos que la de que nos vean felices”.
(*) Artículo del blog El Adarve, publicado con autorización del autor.

sábado, 1 de octubre de 2011

FERNÁNDEZ MORENO, CÉSAR: EL ESTADIO


se apagaron las luces del estadio
y era un vibrante anillo de cemento y de sangre
un plato volador bajado de los astros
de la noche recién surcada
todavía humeante
y posado recién sobre un desconocido planeta verde
se encendieron las luces
y los cien mil viajeros descubrieron maravillados
que los veintidós habitantes del nuevo planeta
usaban alegres camisetas de colores
y corrían detrás de una esferita blanca
chocando a veces entre sí
pero luego seguían corriendo hasta abrazarse.

Argentina, 1919/1985

lunes, 11 de julio de 2011

BELLESSI, DIANA: Love Story



Estábamos

tomando mate en su rancho

bajo un mediodía de oro

en las riberas, San Pedro

era y ella

doña Aurorita López

Iban y venían tramos

de vida con el amargo

Los vecinos,

la miseria, el que está

en el río come, dijo,

Dios y Evita y qué ojos tiene

m′hijita

hasta que el relato ancló

en su hombre escuchando manso

mientras hacía el estofado

Supe ser

Buenamoza dijo y aquí

amarró su barco un hijo

del gringo Ford. Me propuso

matrimonio

Consulté a mi padre y él

que sabía yo esperaba

al que hoy es mi marido

sirviendo

de soldado allá en el sur,

me miró de frente y dijo:

"Sepa usted y para siempre,

el corazón es una achura

que no se vende"

DIANA BELLESSI

(Argentina, 1946)

miércoles, 22 de junio de 2011

GIANUZZI, JOAQUÍN: PERPLEJIDADES DEL AMANECER

El dormitorio en Arles
(Vincent Van Gogh - Países Bajos 1853/Francia 1890)

I

Un minuto de fe para buscar a tientas

la camisa más despierta. Una especie

de convicción para sentirme apto.

En la oscuridad menguante, el dormitorio

huele a existencia en bruto,

a ropa fría, a zapatos caídos

con toda la neura encima. Esto insiste

en tener algo que ver contigo.

Desde la calle

los ruidos ciegos y la jadeante

respiración de la materia manufacturada

suben con sus propias razones para vivir.

He allí lo espumoso, la tierra triunfante

que apenas me concierne. Pero la camisa

ya pierde su inocencia, reclama relaciones

y el perpetuo fracaso de la identidad

en el amanecer de este día laborable.

II

Desamparo ideológico del lunes:

en la madrugada invernal ha concluido

el aplazamiento. Perplejo

y desdichado a su manera, el pie

con que bajamos de la cama se detiene

a medio camino. En ese titubeo prenatal

también vacilan

el resto del cuerpo

y el ser en general con su condena.

La realidad privada paraliza su regreso

al viejo desastre, a la recurrente

y oscura oportunidad. ¿Qué clase de verdad

hay en esa negación? ¿Qué mano de la época

pone las opciones individuales en punto muerto?

En el cerebro cerrado circula

un gemido que nos detiene al borde

de la respiración universal del día.

Y entre la historia a punto de caer

en la taza de café y la vuelta del rostro

a la dorada aniquilación personal

comienza el lunes en todo el país


Joaquín Gianuzzi

(Argentina, 1924/2004)

viernes, 20 de mayo de 2011

STORNI, ALFONSINA: BIEN PUDIERA SER



Pudiera ser que todo lo que en verso he sentido

no fuera más que aquello que nunca pudo ser,

no fuera más que algo vedado y reprimido

de familia en familia, de mujer en mujer.

.

Dicen que en los solares de mi gente, medido

estaba todo aquello que se debiera hacer...

Dicen que silenciosas las mujeres han sido

de mi casa materna... Ah, bien pudiera ser...

.

A veces en mi madre apuntaron antojos

de liberarse, pero, se le subió a los ojos

una honda amargura, y en la sombra lloró.

.

Y todo ese mordiente, vencido, mutilado,

todo eso que se hallaba en su alma encerrado,

pienso que sin quererlo lo he libertado yo.
.

ALFONSINA STORNI

(Suiza. 1892/Argentina, 1938)

.

De: Irremediablemente

viernes, 13 de mayo de 2011

CONCIENCIA



En un mundo en el que en todas las épocas existieron conscientes e inconscientes, lo importante es saber mantener nuestra conciencia en paz.




Ahora bien: ¿por qué se escribe conscientes e inconscientes con “sc” y conciencia solo con “c”?
Conciencia deriva del latín “conscientĭa” pero en realidad, escribir conciencia o consciencia es igualmente correcto anque no siempre significan lo mismo.
En sentido moral (capacidad de distinguir entre el bien y el mal) solo se usa conciencia (sin “s”):


.
Ese pensamiento me causó un terrible cargo de conciencia.

.Pero en el sentido general de “percepción o conocimiento” se pueden utilizar ambas formas, aunque se prefiere siempre la más simple:

.
Tengo conciencia (consciencia) de mis limitaciones.

.Sin embargo no son aceptadas las formas conciente, inconciencia o inconciente, sino que las formas aceptadas se escriben con “s”: consciente, inconsciencia o inconsciente.
Por esta razón, no son pocos los estudiosos que consideran a esta conducta académica como contradictoria, porque si conciencia se escribe sin la “s”, todos sus derivados, por lógica, deberían escribirse sin “s”.

CONCIENCIAR - CONCIENTIZAR

Para la Real Academia Española se utiliza concienciar para lograr que alguien “sea consciente de algo”.
Pero en América, y especialmente en nuestro país, se utiliza también la forma concientizar, igualmente válida:

.
Necesitamos concientizar a la población.

.Los sustantivos respectivos son, entonces, concienciación y concientización.
.

.SF

viernes, 29 de abril de 2011

¿1 DE MAYO O 1º DE MAYO?




Cuando queremos escribir una fecha, en los países latinos lo hacemos en forma ascendente, es decir: día, mes, año.

.29 de abril de 2011

.Las fechas pueden escribirse enteramente con números (29/04/2011), combinando números y letras (29 de abril de 2011) o totalmente con letras (veintinueve de abril de dos mil once).
Aunque no es lo habitual escribir las fechas enteramente con letras, sí es normal hacerlo en documentos solemnes, escrituras públicas, cartas notariales o cheques bancarios:

.
A los veintinueve días del mes de abril del año dos mil once…

.¿Qué ocurre en estos casos cuando tenemos que referirnos al primer día del mes? Tanto la Ortografía de la lengua española como el Diccionario panhispánico de dudas de la Real Academia Española, son claros al respecto: el primer día del mes puede escribirse con el ordinal “primero”, que es de uso habitual en América, o con el cardinal “uno”, usado habitualmente en España. Es decir, en nuestro país, en nuestro continente, es correcto escribir

.
Al primer día del mes de abril del año dos mil once…

.Pero ocupémonos del caso específico del título de este post: ¿se dice o se escribe 1 de mayo o 1º de mayo?
Por lo expresado anteriormente, es correcto que digamos tanto 1 de mayo como 1º de mayo. Se podrá objetar: ¿entonces se dice indistintamente dos de mayo o segundo de mayo? No, ya que la R.A.E. solo hace esta aclaración para el primer día del mes, no para todos.

Si no pudiésemos decir 1º de mayo, ¿cómo denominaríamos entonces a la calle 1º de Mayo o a los edificios públicos (el teatro municipal de Santa Fe, por ejemplo) que lo llevan como nombre?
.Vale recordar también que los nombres de los meses (al igual que el de los días de la semana) se escriben con minúscula, salvo en ocasiones en que por razones ortográficas deban usarse indefectiblemente con mayúscula: a principio de oración (Enero es un mes caluroso), cuando se designa una fecha patria o una conmemoración importante (25 de Mayo) o cuando forma parte de un nombre propio (la calle 9 de Julio).

.SF

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Fuentes: Ortografía de la lengua española (R.A.E., 2010) – Diccionario panhispánico de dudas (R.A.E., 2005)

domingo, 17 de abril de 2011

GARCÍA LORCA, FEDERICO: Las seis cuerdas


La guitarra,

hace llorar a los sueños.

El sollozo de las almas

perdidas,

se escapa por su boca

redonda.

Y como la tarántula,

teje una gran estrella

para cazar suspiros,

que flotan en su negro

aljibe de madera.





(España, 1898/1936)

sábado, 16 de abril de 2011

A LOS ANÓNIMOS...


Tenemos la satisfacción de que el blog es visitado por mucha gente -sobre todo, alumnos- de todo el mundo. Y no exageramos. No solo lo advertimos por el ClustrMaps sino por la gran cantidad de comentarios recibidos. Agradecemos sinceramente a todos aquellos que nos leen y a los que también se animan a comentar.
Pero sentimos necesario manifestar un deseo muy particular: a todos aquellos que comentan desde el anonimato les pedimos que se animen a dejar aunque sea el nombre de pila y el lugar desde donde nos escriben. No pedimos ni apellidos ni documentos, pero sí que ese frìo ser anónimo se convierta en una personita de carne y hueso. Sigan leyéndonos, sigan comentando, y no duden en advertirnos -como ya lo hicieron varios- los errores o temas que no compartan. Nos ayudan a crecer. Y si quieren continuar en el anonimato, adelante nomás, están en todo su derecho. Gracias por el acompañamiento de siempre.

domingo, 20 de marzo de 2011

URTIZBEREA, Mex: Dentro de 50 años


Dentro de cincuenta años poco va a importar cuánta gente fue a la plaza, dará lo mismo quién ganó la batalla del rating este año, serán del olvido los bailes eróticos de Nazarena Vélez, los jugadores que no entraron en la lista para el mundial de Alemania, los legisladores que armaron su monobloque, y también El Código Da Vinci.

Lo que, definitivamente, sí estará presente es aquello que se haya hecho hoy por la educación.

Dentro de cincuenta años probablemente Kirchner sea el nombre de alguna avenida en Santa Cruz, Macri sea un apellido que se lea en una placa del club Boca Juniors o del Congreso, a Carrió se la podrá ver solo en fotos, a Ben Laden en una estampilla de correo privado de Medio Oriente y a Bush en una estatua en una plaza perdida de Texas.

Lo que sí podrá verse, en vivo y en directo, y será imposible no ver, es lo que hoy se haya hecho por la educación.

Dentro de cincuenta años usted y yo seremos un recuerdo, o un olvido, pero no lo serán nuestros hijos ni nuestros nietos: para ellos será este país mal educado o bien educado, según lo que hoy se haga por la educación.

Dentro de cincuenta años no quedará ni rastro del debate sobre si está bien o mal que un niño use celular, si Maradona se droga o no se droga, si María Eugenia Ritó es mejor vedette que Emilia Attias.

Lo que sí podrá encontrarse en cada rincón del país son los rastros del debate que se necesita abrir hoy sobre la educación.

Dentro de cincuenta años no será más que un número lo que se invierte ahora en seguridad, no le servirá a nadie lo que se haya gastado en campañas políticas, no será ni recuerdo qué comportamiento tuvo la Bolsa este año o a cuánto cotizaba el dólar.

Lo que sí se notará visiblemente es lo que hoy se invierta para educación.

Dentro de cincuenta años usted y yo seremos el pasado, como lo serán Kirchner y Macri, Nazarena Vélez, Carrió y el autor de El Código Da Vinci, y María Eugenia Ritó y los jugadores del Mundial, pero no lo serán nuestros hijos ni nuestros nietos: a ellos les tocará un presente de país educado, según lo que se haga hoy por la educación.

Y quien haga hoy algo por ella, quien muestre verdadero interés y se ponga a trabajar ahora apasionadamente para mejorarla, extenderla, financiarla, multiplicarla, quien se desvele para que llegue a todas partes, para que nadie quede afuera por razones económicas o geográficas, para que tenga calidad y que la calidad sea gratis, quien entienda que un país mal educado es un país condenado a muerte, y modifique este destino, entonces su nombre no será del olvido: dentro de cincuenta años estará presente en todos los rincones del país, será recordado con admiración y respeto.

Y no será solo estatua, o calle, o foto, o estampilla.

Dedicado a todos los que se dedican a la silenciosa tarea de educar...
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MEX URTIZBEREA

Nació en Buenos Aires el 25 de octubre de 1960. Es músico, actor y humorista.

viernes, 25 de febrero de 2011

SOLO - SÓLO


La palabra solo puede ser un adjetivo o un adverbio:

Ejemplos:
No me gusta el café solo - Vive él solo en esa gran mansión - Solo nos llovió dos días - Contestá solo sí o no.

Se trata de una palabra grave terminada en vocal, por lo que, según las reglas generales de la acentuación, no debe llevar tilde.

En estas afirmaciones se sustenta uno de los cambios introducidos en la nueva “Ortografía de la lengua española” de la Real Academia Española (Madrid, Espasa Libros, 2010) al prescribir que “la palabra solo, tanto cuando es adverbio (Solo trabaja de lunes a viernes) como cuando es adjetivo (Está solo en casa todo el día) son voces que no deben llevar tilde según la regla de acentuación, por ser bisílabas llanas terminadas en vocal”.

Tradicionalmente, las reglas ortográficas venían prescribiendo el uso diacrítico de la tilde en el adverbio solo para poder diferenciarlo del adjetivo solo cuando en un mismo enunciado eran posibles ambas interpretaciones.
Por ejemplo:

Trabaja sólo los domingos. (Trabaja solamente los domingos)
Trabaja solo los domingos. (Trabaja sin compañía los domingos)

Sin embargo, la nueva “Ortografía” establece también que “a partir de ahora se podrá (y no ‘se deberá’) prescindir de la tilde en estas formas incluso en casos de doble interpretación. Las posibles ambigüedades son resueltas casi siempre por el propio contexto comunicativo (lingüístico o extralingüístico) en función del cual solo suele ser admisible una de las dos opciones interpretativas”.

Resumiendo, a partir de ahora no será obligación colocar tilde al adverbio solo para diferenciarlo del adjetivo solo, en virtud de que el contexto en que se utiliza un determinado enunciado con posibilidades de doble interpretación ayuda a su comprensión.
Así, los ejemplos citados más arriba (Trabaja sólo/solo los domingos) nunca aparecen aislados sino en una sucesión de enunciados que nos permitirán darnos cuenta de su verdadero significado:

—¿Qué días trabaja Pedro?
—Trabaja solo los domingos.


o

—¿Trabaja siempre solo?
—Trabaja solo los domingos.


Profesores: a no corregir más la falta de tilde en el adverbio solo (con valor de solamente)porque —a pesar de que no se comprenda— estará bien escrito.

(Fuente: “Ortografía de la lengua española” de la Real Academia Española. Madrid, Espasa Libros, 2010. pp. 269-270)
SF

jueves, 10 de febrero de 2011

PIZARNIK, Alejandra: Mendiga voz

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Y aún me atrevo a amar
el sonido de la luz en una hora muerta,
el color del tiempo en un mundo abandonado.
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En mi mirada lo he perdido todo.
Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.
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(Argentina, 1936/1972)

PIZARNIK, Alejandra: 11

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ahora
en esta hora inocente
yo y la que fui nos sentamos
en el umbral de mi mirada
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(de "Árbol de Diana", 1962)
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(Argentina, 1936/1972)

sábado, 15 de enero de 2011

BORGES, Jorge Luis: Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829/1874)


I'm looking for the face I hadBefore the world was made.
Yeats: The Winding Stair.
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El seis de febrero de 1829, los montoneros que, hostigados ya por Lavalle, marchaban desde el Sur para incorporarse a las divisiones de López, hicieron alto en una estancia cuyo nombre ignoraban, a tres o cuatro leguas del Pergamino; hacia el alba, uno de los hombres tuvo una pesadilla tenaz: en la penumbra del galpón, el confuso grito despertó a la mujer que dormía con él. Nadie sabe lo que soñó, pues al otro día, a las cuatro, los montoneros fueron desbaratados por la caballería de Suárez y la persecución duró nueve leguas, hasta los pajonales ya lóbregos, y el hombre pereció en una zanja, partido el cráneo por un sable de las guerras del Perú y del Brasil. La mujer se llamaba Isidora Cruz; el hijo que tuvo recibió el nombre de Tadeo Isidoro.
Mi propósito no es repetir su historia. De los días y noches que la componen, solo me interesa una noche; del resto no referiré sino lo indispensable para que esa noche se entienda. La aventura consta en un libro insigne; es decir, en un libro cuya materia puede ser todo para todos (1 Corintios 9:22), pues es capaz de casi inagotables repeticiones, versiones, perversiones. Quienes han comentado, y son muchos, la historia de Tadeo Isidoro, destacan el influjo de la llanura sobre su formación, pero gauchos idénticos a él nacieron y murieron en las selváticas riberas del Paraná y en las cuchillas orientales. Vivió, eso sí, en un mundo de barbarie monótona. Cuando, en 1874, murió de una viruela negra, no había visto jamás una montaña ni un pico de gas ni un molino. Tampoco una ciudad. En 1849, fue a Buenos Aires con una tropa del establecimiento de Francisco Xavier Acevedo; los troperos entraron en la ciudad para vaciar el cinto: Cruz, receloso, no salió de una fonda en el vecindario de los corrales. Pasó ahí muchos días, taciturno, durmiendo en la tierra, mateando, levantándose al alba y recogiéndose a la oración. Comprendió (más allá de las palabras y aun del entendimiento) que nada tenía que ver con él la ciudad. Uno de los peones, borracho, se burló de él. Cruz no le replicó, pero en las noches del regreso, junto al fogón, el otro menudeaba las burlas, y entonces Cruz (que antes no había demostrado rencor, ni siquiera disgusto) lo tendió de una puñalada. Prófugo, hubo de guarecerse en un fachinal: noches después, el grito de un chajá le advirtió que lo había cercado la policía. Probó el cuchillo en una mata: poro que no le estorbaran en la de a pie, se quitó las espuelas. Prefirió pelear a entregarse. Fue herido en el antebrazo, en el hombro, en la mano izquierda; malhirió a los más bravos de la partida; cuando la sangre le corrió entre los dedos, peleó con más coraje que nunca; hacia el alba, mareado por la pérdida de sangre, lo desarmaron. El ejército, entonces, desempeñaba una función penal; Cruz fue destinado a un fortín de la frontera Norte. Como soldado raso, participó en las guerras civiles; a veces combatió por su provincia natal, a veces en contra. El veintitrés de enero de 1856, en las Lagunas de Cardoso, fue uno de los treinta cristianos que, al mando del sargento mayor Eusebio Laprida, pelearon contra doscientos indios. En esa acción recibió una herida de lanza.
En su oscura y valerosa historia abundan los hiatos. Hacia 1868 lo sabemos de nuevo en el Pergamino: casado o amancebado, padre de un hijo, dueño de una fracción de campo. En 1869 fue nombrado sargento de la policía rural. Había corregido el pasado; en aquel tiempo debió de considerarse feliz, aunque profundamente no lo era. (Lo esperaba, secreta en el porvenir, una lúcida noche fundamental: la noche en que por fin vio su propia cara, la noche que por fin oyó su nombre. Bien entendida, esa noche agota su historia; mejor dicho, un instante de esa noche, un acto de esa noche, porque los actos son nuestro símbolo.) Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es. Cuéntase que Alejandro de Macedonia vio reflejado su futuro de hierro en la fabulosa historia de Aquiles; Carlos XII de Suecia, en la de Alejandro. A Tadeo Isidoro Cruz, que no sabía leer, ese conocimiento no le fue revelado en un libro; se vio a sí mismo en un entrevero y un hombre. Los hechos ocurrieron así:
En los últimos días del mes de junio de 1870, recibió la orden de apresar a un malevo, que debía dos muertes a la justicia. Era este un desertor de las fuerzas que en la frontera Sur mandaba el coronel Benito Machado. En una borrachera, había asesinado a un moreno en un lupanar; en otra, a un vecino del partido de Rojas; el informe agregaba que procedía de la Laguna Colorada. En este lugar, hacía cuarenta años, habíanse congregado los montoneros para la desventura que dio sus carne a los pájaros y a los perros; de ahí salió Manuel Mesa, que fue ejecutado en la plaza de la Victoria, mientras los tambores sonaban para que no se oyera su ira; de ahí, el desconocido que engendró a Cruz y que pereció en una zanja, partido el cráneo por un sable de las batallas del Perú y del Brasil. Cruz había olvidado el nombre del lugar; con leve pero inexplicable inquietud lo reconoció... El criminal, acosado por los soldados, urdió a caballo un largo laberinto de idas y de venidas; estos, sin embargo lo acorralaron la noche del doce de julio. Se había guarecido en un pajonal. La tiniebla era casi indescifrable; Cruz y ¡os suyos, cautelosos y a pie, avanzaron hacia las matas en cuya hondura trémula acechaba o dormía el hombre secreto. Gritó un chajá; Tadeo Isidoro Cruz tuvo la impresión de haber vivido ya ese momento. El criminal salió de la guarida para pelearlos. Cruz lo entrevió, terrible; la crecida melena y la barba gris parecían comerle la cara. Un motivo notorio me veda referir la pelea. Básteme recordar que el desertor malhirió o mató a varios de los hombres de Cruz. Este, mientras combatía en la oscuridad (mientras su cuerpo combatía en la oscuridad), empezó a comprender. Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro. Comprendió que las jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. Comprendió su íntimo destino de lobo, no de perro gregario; comprendió que el otro era él. Amanecía en la desaforada llanura; Cruz arrojó por tierra el quepis, gritó que no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra los soldados junto al desertor Martín Fierro.

jueves, 13 de enero de 2011

CORTÁZAR, Julio: Grafiti


A Antoni Tàpies
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Tantas cosas que empiezan y acaso acaban como un juego, supongo que te hizo gracia encontrar un dibujo al lado del tuyo, lo atribuiste a una casualidad o a un capricho y sólo la segunda vez te diste cuenta que era intencionado y entonces lo miraste despacio, incluso volviste más tarde para mirarlo de nuevo, tomando las precauciones de siempre: la calle en su momento más solitario, acercarse con indiferencia y nunca mirar los grafitis de frente sino desde la otra acera o en diagonal, fingiendo interés por la vidriera de al lado, yéndote en seguida.
Tu propio juego había empezado por aburrimiento, no era en verdad una protesta contra el estado de cosas en la ciudad, el toque de queda, la prohibición amenazante de pegar carteles o escribir en los muros. Simplemente te divertía hacer dibujos con tizas de colores (no te gustaba el término grafiti, tan de crítico de arte) y de cuando en cuando venir a verlos y hasta con un poco de suerte asistir a la llegada del camión municipal y a los insultos inútiles de los empleados mientras borraban los dibujos. Poco les importaba que no fueran dibujos políticos, la prohibición abarcaba cualquier cosa, y si algún niño se hubiera atrevido a dibujar una casa o un perro, lo mismo lo hubieran borrado entre palabrotas y amenazas. En la ciudad ya no se sabía demasiado de qué lado estaba verdaderamente el miedo; quizás por eso te divertía dominar el tuyo y cada tanto elegir el lugar y la hora propicios para hacer un dibujo.
Nunca habías corrido peligro porque sabías elegir bien, y en el tiempo que transcurría hasta que llegaban los camiones de limpieza se abría para vos algo como un espacio más limpio donde casi cabía la esperanza. Mirando desde lejos tu dibujo podías ver a la gente que le echaba una ojeada al pasar, nadie se detenía por supuesto pero nadie dejaba de mirar el dibujo, a veces una rápida composición abstracta en dos colores, un perfil de pájaro o dos figuras enlazadas. Una sola vez escribiste una frase, con tiza negra: A mí también me duele. No duró dos horas, y esta vez la policía en persona la hizo desaparecer. Después solamente seguiste haciendo dibujos.
Cuando el otro apareció al lado del tuyo casi tuviste miedo, de golpe el peligro se volvía doble, alguien se animaba como vos a divertirse al borde de la cárcel o algo peor, y ese alguien como si fuera poco era una mujer. Vos mismo no podías probártelo, había algo diferente y mejor que las pruebas más rotundas: un trazo, una predilección por las tizas cálidas, un aura. A lo mejor como andabas solo te imaginaste por compensación; la admiraste, tuviste miedo por ella, esperaste que fuera la única vez, casi te delataste cuando ella volvió a dibujar al lado de otro dibujo tuyo, unas ganas de reír, de quedarte ahí delante como si los policías fueran ciegos o idiotas.
Empezó un tiempo diferente, más sigiloso, más bello y amenazante a la vez. Descuidando tu empleo salías en cualquier momento con la esperanza de sorprenderla, elegiste para tus dibujos esas calles que podías recorrer de un solo rápido itinerario; volviste al alba, al anochecer, a las tres de la mañana. Fue un tiempo de contradicción insoportable, la decepción de encontrar un nuevo dibujo de ella junto a alguno de los tuyos y la calle vacía, y la de no encontrar nada y sentir la calle aún más vacía. Una noche viste su primer dibujo solo; lo había hecho con tizas rojas y azules en una puerta de garage, aprovechando la textura de las maderas carcomidas y las cabezas de los clavos. Era más que nunca ella, el trazo, los colores, pero además sentiste que ese dibujo valía como un pedido o una interrogación, una manera de llamarte. Volviste al alba, después que las patrullas relegaron en su sordo drenaje, y en el resto de la puerta dibujaste un rápido paisaje con velas y tajamares; de no mirarlo bien se hubiera dicho un juego de líneas al azar, pero ella sabría mirarlo. Esa noche escapaste por poco de una pareja de policías, en tu departamento bebiste ginebra tras ginebra y le hablaste, le dijiste todo lo que te venía a la boca como otro dibujo sonoro, otro puerto con velas, la imaginaste morena y silenciosa, le elegiste labios y senos, la quisiste un poco.
Casi en seguida se te ocurrió que ella buscaría una respuesta, que volvería a su dibujo como vos volvías ahora a los tuyos, y aunque el peligro era cada vez mayor después de los atentados en el mercado te atreviste a acercarte al garage, a rondar la manzana, a tomar interminables cervezas en el café de la esquina. Era absurdo porque ella no se detendría después de ver tu dibujo, cualquiera de las muchas mujeres que iban y venían podía ser ella. Al amanecer del segundo día elegiste un paredón gris y dibujaste un triángulo blanco rodeado de manchas como hojas de roble; desde el mismo café de la esquina podías ver el paredón (ya habían limpiado la puerta del garage y una patrulla volvía y volvía rabiosa), al anochecer te alejaste un poco pero eligiendo diferentes puntos de mira, desplazándote de un sitio a otro, comprando mínimas cosas en las tiendas para no llamar demasiado la atención. Ya era noche cerrada cuando oíste la sirena y los proyectores te barrieron los ojos. Había un confuso amontonamiento junto al paredón, corriste contra toda sensatez y solo te ayudó el azar de un auto dando vuelta a la esquina y frenando al ver el carro celular, su bulto te protegió y viste la lucha, un pelo negro tironeado por manos enguantadas, los puntapiés y los alaridos, la visión entrecortada de unos pantalones azules antes de que la tiraran en el carro y se la llevaran.
Mucho después (era horrible temblar así, era horrible pensar que eso pasaba por culpa de tu dibujo en el paredón gris) te mezclaste con otras gentes y alcanzaste a ver un esbozo en azul, los trazos de ese naranja que era como su nombre o su boca, ella así en ese dibujo truncado que los policías habían borroneado antes de llevársela; quedaba lo bastante como para comprender que había querido responder a tu triángulo con otra figura, un círculo o acaso un espiral, una forma llena y hermosa, algo como un sí o un siempre o un ahora.
Lo sabías muy bien, te sobraría tiempo para imaginar los detalles de lo que estaría sucediendo en el cuartel central; en la ciudad todo eso rezumaba poco a poco, la gente estaba al tanto del destino de los prisioneros, y si a veces volvían a ver a uno que otro, hubieran preferido no verlos y que al igual que la mayoría se perdieran en ese silencio que nadie se atrevía a quebrar. Lo sabías de sobra, esa noche la ginebra no te ayudaría más a morderte las manos, a pisotear tizas de colores antes de perderte en la borrachera y en el llanto.
Sí, pero los días pasaban y ya no sabías vivir de otra manera. Volviste a abandonar tu trabajo para dar vueltas por las calles, mirar fugitivamente las paredes y las puertas donde ella y vos habían dibujado. Todo limpio, todo claro; nada, ni siquiera una flor dibujada por la inocencia de un colegial que roba una tiza en la clase y no resiste el placer de usarla. Tampoco vos pudiste resistir, y un mes después te levantaste al amanecer y volviste a la calle del garage. No había patrullas, las paredes estaban perfectamente limpias; un gato te miró cauteloso desde un portal cuando sacaste las tizas y en el mismo lugar, allí donde ella había dejado su dibujo, llenaste las maderas con un grito verde, una roja llamarada de reconocimiento y de amor, envolviste tu dibujo con un óvalo que era también tu boca y la suya y la esperanza. Los pasos en la esquina te lanzaron a una carrera afelpada, al refugio de una pila de cajones vacíos; un borracho vacilante se acercó canturreando, quiso patear al gato y cayó boca abajo a los pies del dibujo. Te fuiste lentamente, ya seguro, y con el primer sol dormiste como no habías dormido en mucho tiempo.
Esa misma mañana miraste desde lejos: no lo habían borrado todavía. Volviste al mediodía: casi inconcebiblemente seguía ahí. La agitación en los suburbios (habías escuchado los noticiosos) alejaban a la patrulla de su rutina; al anochecer volviste a verlo como tanta gente lo había visto a lo largo del día. Esperaste hasta las tres de la mañana para regresar, la calle estaba vacía y negra. Desde lejos descubriste otro dibujo, sólo vos podrías haberlo distinguido tan pequeño en lo alto y a la izquierda del tuyo. Te acercaste con algo que era sed y horror al mismo tiempo, viste el óvalo naranja y las manchas violetas de donde parecía saltar una cara tumefacta, un ojo colgando, una boca aplastada a puñetazos. Ya sé, ya sé ¿pero qué otra cosa hubiera podido dibujarte? ¿Qué mensaje hubiera tenido sentido ahora? De alguna manera tenía que decirte adiós y a la vez pedirte que siguieras. Algo tenía que dejarte antes de volverme a mi refugio donde ya no había ningún espejo, solamente un hueco para esconderme hasta el fin en la más completa oscuridad, recordando tantas cosas y a veces, así como había imaginado tu vida, imaginando que hacías otros dibujos, que salías por la noche para hacer otros dibujos.
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(Argentina, 1914/1984)