martes, 23 de julio de 2019

¿POR QUÉ SI «HUÉRFANO» SE ESCRIBE CON «H», «ORFANATO», «ORFANDAD» SE ESCRIBEN SIN ELLA?




En la mayoría de las palabras que conforman nuestro idioma, la «h» se ha mantenido en nuestro sistema ortográfico por razones etimológicas o de uso tradicional consolidado. 

Pero hay un grupo de haches del español que responden a razones histórico-gráficas consolidadas por el uso y no por razones etimológicas: se trata de la «h» que se escribe siempre (salvo contadas excepciones) delante de los diptongos /ua/, /ue/, /ui/ tanto en posición inicial de palabra como en posición interior a comienzo de sílaba, esté o no justificada esa «h» por la etimología. 

Ejemplos: huelga, huella, huérfano, hueso, huerto, huir, deshuesar… 

¿Por qué se utilizaba esta «h» delante de la «u»?

Porque antiguamente la «u» y la «v» compartían el mismo grafema (se escribían de la misma forma) y fue necesario utilizar esa hache para indicar que las palabras comenzaban con «u» (valor vocálico) y no con «v» (valor consonántico).

Ejemplos: se colocaba la «h» para evitar que ueso se leyera como veso /béso/.
Y si la primera letra tenía valor consonántico («v»), obviamente no se colocaba la «h»: velo necesariamente debería leerse como /bélo/. 

El origen puramente gráfico del uso de la «h» ante los diptongos de /u/ más vocal, explica que se escriban con ella (con «h») palabras que no la tienen en su etimología.
Y uno de esos casos es la palabra que nos ocupa: «huérfano» (del latín orphãnus) no posee en su misma familia etimológica la «h»: «orfanato», «orfandad» justamente porque no presentan la «u» inicial. 

Otros ejemplos similares: 

«hueco» (del latín occãre) --- «oquedad» 
«hueso» (del latín ossum) --- «óseo», «osario», «osificar» 
«huevo» (del latín ovum) --- «ovario», «óvulo», «ovalado», «desovar» 

La misma explicación vale para las diferencias de igual tipo que se observan entre las formas de un mismo verbo:

«oler», «olía», «oleremos», «olió» --- pero --- «huelo», «huele», «huelas», «huelan»


PALABRAS QUE CONTIENEN LAS CINCO VOCALES



Estimados Señores: 

Acabo de ver en la televisión estatal a Lucía Echevarría diciendo que "murciélago" es la única palabra en el idioma español que contenía las cinco vocales. 

Mi estimada señora, piense un poco y controle su "euforia". Un "arquitecto", "escuálido", llamado "Aurelio " o "Eulalio", dice que lo más "auténtico" es tener un "abuelito" que lleve un traje "reticulado" y siga el "arquetipo" de aquel viejo "reumático" y "repudiado", que "consiguiera" en su tiempo, ser "esquilado" por un "comunicante", que cometía "adulterio" con una "encubridora" cerca del "estanquillo", sin usar "estimulador". 

Señora escritora, no sea "esquizofrénica" que parece colgada de un "eucaliptos", si el "peliagudo " "enunciado" de la "ecuación" la deja "irresoluta", olvide su "menstruación" y piense de modo "jerárquico". 

No se atragante con esta "perturbación", que no va con su "milonguera" y "meticulosa" "educación". Y repita conmigo, como diría Cantinflas: ¡Lo que es la falta de ignorancia! 
José Fernando Blanco Sánchez


Las palabras que contienen las cinco vocales sin que se repita ninguna de ellas se llaman panvocálicas o pentavocálicas.
A continuación te brindamos una extensa lista (incompleta, por cierto) de estas palabras, cuyo significado podrás buscar en el diccionario:

Abuelito 
Aceituno
Acuífero
Adoquines
Adulterio
Aguerrido
Aguileño
Albugíneo
Anticuerpo
Aperturismo
Arquetipo
Arquitecto
Audímetro
Auditemos
Aurífero
Aurígero
Auténtico

Barquillero
Birrectángulo
Bisabuelo
Blanquecino
Blanquinegro
Bribonzuela
Bufonería
Buhonería
Buscapleitos 

Caquéctico
Cauterio
Celulósica
Centrifugado
Centrifugador
Cincuentavo
Cincuentona
Cochiquera
Comunicable
Comunicante
Concienzuda
Concurrencia
Confluencia
Congruencia
Conquistable
Consecutiva
Conseguida
Contertulia
Contundencia
Corpulencia
Correduría
Cosquillear
Cruzamiento
Cuadernillo
Cuadriforme
Cuartelillo
Cuartillero
Cuellicorta
Cuellilargo
Cuestación
Cuestionar
Culteranismo
Curanderismo
Curiosear 

Degustación
Denticulado
Denudación
Denunciador
Depuración
Depurativo
Desahucio
Descontinuar
Descubridora
Descuidado
Desdibujado
Dominguera
Droguería
Duodécima
Duodecimal 

Ecuación
Educación
Educativo
Emulación
Emulsionar
Encubridora
Enjundiosa
Enlucidora
Enquistado
Ensuciado
Enturbiador
Entusiasmo
Enunciado
Equívoca
Equivocar
Erupcionar
Escorbútica
Escrutiñador
Escuálido
Escudriñador
Escultórica
Escupitajo
Esquiador
Esquilador
Esquinado
Esquinazo
Estimulador
Estuario
Estudiado
Estudiosa
Eucalipto
Eucrático
Eufonía
Eufónica
Euforia
Eufórica
Eutrofia
Eutrófica
Evolutiva
Exculpación
Exhaustivo
Exhumación
Exudación
Exultación

Fecundación
Ferruginosa
Feudalismo
Freudiano
Funerario

Galleguismo
Gesticulador
Guarnecido
Gubernativo
Guitarreo
Guitarrero
Guitarresco

Hipotenusa
Humectativo
Humilladero

Impetuosa
Incestuosa
Inconmutable
Interurbano
Irresoluta

Jerárquico

Leguminosa
Lengüicorta
Lengüilargo
Lloriquear
Luteranismo

Maniqueo
Manutención
Marisqueo
Meditabundo
Menstruación
Mensuración
Mensurativo
Metalúrgico
Meticulosa
Milonguera
Mordisquear
Mosquitera
Muestrario
Murciélago
Nebulizador
Nebulosidad
Neumático
Neumonía
Neumónica
Neurálgico
Neuroglia
Neurótica
Neutralismo
Niquelado
Niquelador
Numeración
Numerario

Obsequiar
Ocurrencia
Ojituerta
Olisquear
Opulencia
Orquestina
Orquídea

Pacienzudo
Palitroque
Pandemónium
Paquidermo
Parquímetro
Patituerto
Pauperismo
Paupérrimo
Pecuario
Peliagudo
Perduración
Perjudicado/r
Permutación
Persuadido
Persuasión
Persuasivo
Perturbación
Piragüero
Porquería
Porqueriza
Precaución
Preciosura
Presunciosa
Progenitura
Pronunciable
Pulverizado/r
Purgamiento
Putrefacción 

Quebradizo
Quejicosa
Queratosis
Quijotesca
Quinceavo 

Raquídeo
Reconquista
Reconquistar
Reconstructiva
Recusación
Refugiado
Refundidora
Refutación
Regulación
Regulativo
Reproductiva
Republicano
Repudiado
Reputación
Resolutiva
Resucitado/r
Resudación
Reumático
Reumatismo
Riachuelo
Rubefacción
Rufianesco 

Salutífero
Sanguíneo
Secundario
Seguidora
Sensualismo
Sequoia
Seudónima
Simultáneo
Subdirectora
Sublevación
Subvencionar
Sucesoria
Sudorienta
Sudorífera
Sugeridora
Sugestionar
Superación
Superiora
Superlativo
Supersónica
Supervisora
Supletoria
Surrealismo
Suspensoria
Sustentación 

Taquillero
Taquímetro
Tertuliano
Teutónica
Tirabuzones
Truncamiento,
Tuberosidad
Tumefacción
Turbamiento

Ulceración
Ulcerativo
Ultraligero
Unipersonal
Untamiento
Urogenital

Vaquerizo
Ventrílocua
Venusiano
Vesiculosa
Vestuario
Vituperador
Volumetría
Volumétrica
Vomipurgante
Vulneración

Zurrapiento

NOMBRES PROPIOS 

Aurelio
Eufrasio
Eufronia
Eulalio
Eulogia
Eustasio
Gaudencio
Gualterio
Laudelino
Laurencio
Laurentino
«Manuelito»
«Miguelazo»

CIUDADES Y PAISES

Boceguillas
Bustarviejo
Castilnuevo
Enguídanos
Fuengirola
Goizueta
Hortiguela
Humilladero
Castilnuevo
Mirabueno
Mozambique
Orihuela
Puertomarín
Villarmuerto
Villoruela
San Fulgencio
Soriguera
Sorihuela
Valsequillo
Villarluengo

GENTILICIOS

Aquileo
Ariqueño
Bielorrusa
Borinqueña
Guadijeño
Guineano
Iroquesa
Menorquina
Sanluiseño o sanluisero

lunes, 29 de enero de 2018

ANÓNIMO: Al pie de la letra


Un día, un médico fue a visitar a un enfermo de un caserío de las afueras del pueblo. Detectada la enfermedad, el médico encargó a la mujer del enfermo que cada dos horas le diese una pastilla.
La mujer, preocupada, preguntó al médico:
-¿Pero cómo voy a hacerlo? ¡Si no tenemos ni un reloj en la casa!
-¿Ningún reloj? Veamos... ¡Ya está! Cuando le parezca que ya han pasado dos horas, le da la primera pastilla.
-¡Diablos! Qué difícil me lo hace, doctor. No sé si sabré hacerlo.
-Vamos, mujer, que no es tan complicado. Mire, cada vez que cante el gallo, le da una píldora.
Al día siguiente, el médico volvió a visitar al campesino enfermo y vio que había empeorado. Algo molesto, retó a la mujer:
-¿Por qué no ha hecho todo lo que le dije?
-¡Claro que lo he hecho! -afirmó ella-. Demasiado bien, incluso... Y por haberle hecho caso, mire lo que me ha pasado: a la tercera píldora que le he dado al gallo, me he quedado sin comida de Navidad.
-¡¿No me diga que le ha dado las pastillas al gallo?!...
-¡Claro! Yo hice lo que usted me dijo. Cada vez que el gallo cantaba le daba una píldora, y por culpa de sus recetas el pobre animal estiró la pata. ¡Y mi marido enfermo en cama!

Cuento popular extraído de ¡¿Ay, que risa! Barcelona, Editorial Grao.

domingo, 10 de septiembre de 2017

CORTÁZAR, Julio: Continuidad de los parques


Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

Argentino
(Bruselas, 1914/Francia, 1984)

jueves, 11 de agosto de 2016

PIGLIA, Ricardo: Echeverría y el lugar de la ficción


Una historia de la violencia argentina a través de la ficción. ¿Qué historia es esa? La reconstrucción de una trama donde se pueden descifrar o imaginar los rastros que dejan en la literatura las relaciones de poder, las formas de la violencia. Marcas en el cuerpo y en el lenguaje, antes que nada, que permiten reconstruir la figura del país que alucinan los escritores. Esa historia debe leerse a contraluz de la historia "verdadera" y como su pesadilla.

El origen. Se podría decir que la historia de la narrativa argentina empieza dos veces: en “El Matadero” y en la primera página del “Facundo”. Doble origen, digamos, doble comienzo para una misma historia. De hecho los dos textos narran lo mismo y nuestra literatura se abre con una escena básica, una escena de violencia contada dos veces. La anécdota con la que Sarmiento empieza el “Facundo” y el relato de Echeverría son dos versiones (una triunfal, otra paranoica) de una confrontación que ha sido narrada de distinto modo a lo largo de nuestra literatura por lo menos hasta Borges. Porque en ese enfrentamiento se anudan significaciones diferentes que se centran, por supuesto, en la fórmula central acuñada por Sarmiento de la lucha entre la civilización y la barbarie.

La primera página del Facundo. Sarmiento inicia el libro con una escena que condensa y sintetiza lo que gran parte de la literatura argentina no ha hecho más que desplegar, releer, volver a contar. ¿En qué consiste esa situación inicial? "A fines de 1840 salía yo de mi patria, desterrado por lástima, estropeado, lleno de cardenales, puntazos y golpes recibidos el día anterior en una de esas bacanales de soldadescas y mazorqueros. Al pasar por los baños de zonda, bajo las Armas de la Patria, escribí con carbón estas palabras: On ne tue point les idees. El gobierno a quien se comunicó el hecho, mandó una comisión encargada de descifrar el jeroglífico, que se decía contener desahogos innobles, insultos y amenazas. Oída la traducción. Y bien, dijeron ¿qué significa esto?". Anécdota a la vez cómica y patética, un hombre que se exilia y huye, escribe en francés una consigna política. Se podría decir que abandona su lengua materna del mismo modo que abandona su patria. Ese hombre con el cuerpo marcado por la violencia deja también su marca: escribe para no ser entendido. La oposición entre civilización y barbarie se cristaliza entre quienes pueden y quienes no pueden leer esa frase escrita en otro idioma: el contenido político de la frase está en el uso del francés. El relato de Sarmiento es la historia de una confrontación y de un triunfo: los bárbaros son incapaces de descifrar esas palabras y se ven obligados a llamar a un traductor. Por otro lado esa frase (que es una cita de Diderot, dicho sea de paso) se ha convertido en la más famosa de Sarmiento, traducida libremente por él y nacionalizada como: "Bárbaros, las ideas no se matan".

El lenguaje y el cuerpo. La historia que cuenta “El Matadero” es como la contracara atroz del mismo tema. O si ustedes quieren: “El Matadero” narra la misma confrontación pero de un modo paranoico y alucinante. En lugar de huir y de exiliarse, el unitario se acerca a los suburbios, se interna en territorio enemigo. La violencia de la que Sarmiento se zafa está ahora puesta en primer plano. Si en el relato que inicia el “Facundo” todo el poder está puesto en el uso simbólico del lenguaje extranjero y la violencia sobre los cuerpos es lo que ha quedado atrás, en el cuento de Echeverría todo está centrado en el cuerpo y el lenguaje (marcado por la violencia) acompaña y representa los acontecimientos. Por un lado un lenguaje "alto", engolado, casi ilegible: en la zona del unitario el castellano parece una lengua extranjera y estamos siempre tentados de traducirla. Y por otro lado una lengua "baja", popular, llena de matices y de flexiones orales. La escisión de los mundos enfrentados toca también al lenguaje. El registro de la lengua popular, que está manejado por el narrador como una prueba más de la bajeza y la animalidad de los "bárbaros", es un acontecimiento histórico y es lo que se ha mantenido vivo en “El Matadero”.

La verdad de la ficción. Hay una diferencia clave, diría, entre “El Matadero” y el comienzo del “Facundo”. En Sarmiento se trata de un relato verdadero, de un texto que toma la forma de una autobiografía; en el caso de “El Matadero” se trata de una pura ficción. Y justamente porque era una ficción pudo hacer entrar el mundo de los "bárbaros" y darles un lugar y hacerlos hablar. La ficción como tal en la Argentina nace, habría que decir, en el intento de representar el mundo del enemigo, del distinto, del otro (se llame bárbaro, gaucho, indio o inmigrante). Esa representación supone y exige la ficción. Para narrar a su grupo y a su clase desde adentro, para narrar el mundo de la civilización, el gran género narrativo del siglo XIX en la literatura argentina (el género narrativo por excelencia, habría que decir: que nace, por lo demás, con Sarmiento) es la autobiografía. La clase se cuenta a sí misma bajo la forma de la autobiografía y cuenta al otro con la ficción. Todo lo que hay de imaginación literaria en el “Facundo” viene de ese intento de hacer entrar el mundo de Facundo Quiroga y de los bárbaros. Sarmiento hace ficción pero la encubre y la disfraza en el discurso verdadero de la autobiografía o del relato histórico. Por eso su libro puede ser leído como una novela donde lo novelesco está disimulado, escondido, presente pero enmascarado.

Un texto inédito. En “El Matadero” está el origen de la prosa de ficción en la Argentina. Pero ese origen, podría decirse, es oscuro, desviado, casi clandestino. Escrito en 1838 el relato permaneció inédito hasta 1874 cuando Juan María Gutiérrez lo rescató entre los papeles póstumos de Echeverría (que había muerto en Montevideo, exiliado y en la miseria, en 1851). ¿Por qué no lo publicó Echeverría? Basta releerlo hoy para darse cuenta de que es muy superior a todo lo que Echeverría publicó en su vida (y superior a lo de todos sus contemporáneos, salvo Sarmiento). Habría que decir que Echeverría no lo publicó justamente porque era una ficción y la ficción no tenía lugar en la literatura argentina tal como la concebían Echeverría y Sarmiento. "Las mentiras de la imaginación" de las que habla Sarmiento deben ser dejadas a un lado para que la prosa logre toda su eficacia y la ficción aparecía como antagónica con un uso político de la literatura.

Una opción. El “Facundo” empieza donde termina “El Matadero”. Entre la cita en francés de Diderot de Sarmiento y la representación del lenguaje popular en “El matadero”, en la mezcla de lo que allí aparece escindido, en la relación y el antagonismo se define una larga tradición de la literatura argentina. Pero a la vez la importancia de esos dos relatos reside en que entre los dos plantean una opción fundamental frente a la violencia política y el poder: el exilio (con que se abre el “Facundo”) o la muerte (con la que se cierra “El matadero”). Esa opción fundante volvió a repetirse muchas veces en nuestra historia y se repitió, en nuestros días. Y en ese sentido podría decirse que la literatura tiene siempre una marca utópica, cifra el porvenir y actualiza constantemente los puntos clave de la política y de la cultura argentina. [1993]




martes, 2 de agosto de 2016

WELCH, Johnny: La marioneta (poema mal atribuido a Gabo)

Durante mucho tiempo, y aún ahora, ha estado circulando el texto "La marioneta" (también llamado "La marioneta de cartón"), texto que ha sido atribuido erróneamente a Gabriel "Gabo" García Márquez. En realidad, tanto "Gabo" como su verdadero autor, Johnny Welch, han hecho las aclaraciones pertinentes.
A continuación transcribimos una nota más que ilustrativa sobre la situación planteada sobre la autoría del poema "La marioneta", publicada en fecha 24.04.2014 en el revista colombiana "Semana".


¿Por qué a un cómico lo confunden con García Márquez?

Hay poemas que parecen tener vida propia. Y por algún motivo "La marioneta", del mexicano Johnny Welch, es uno de ellos.
Desde hace más de una década circula por internet bajo el nombre de Gabriel García Márquez y aunque Welch -y el propio Gabo- explicaron el error en varias ocasiones, el poema, como una hidra, resurge una y otra vez.
Es lo que ha ocurrido en la última semana, luego de la muerte del premio nobel de literatura colombiano. Versos de "La marioneta" han sido citados incontables veces -e incluso en diferentes versiones- en las redes sociales para despedir al escritor.
Y siempre se le atribuyen al García Márquez que, hace más de diez años, cuando supo que esto ocurría, tuvo una de sus legendarias salidas. En esos momentos se encontraba en Los Ángeles, bajo tratamiento por cáncer linfático y dijo que no se iba a morir de la enfermedad sino porque le estaban adjudicando un poema tan cursi.

La increíble y feliz historia de La Marioneta

En realidad nadie sabe cómo ni cuándo se empezó a decir que el poema lo había escrito Gabo. Pero toda la historia bien merece un lugar en los anales del realismo mágico.
Según le relató el propio Welch a mi colega Will Grant, la bola de nieve empezó durante una teletón en Santiago de Chile.
Welch, quien se define como "integrante del show business", es también escritor, cómico… y ventrílocuo.
Y en esa calidad fue invitado por el famoso presentador de televisión chileno Don Francisco a la teletón chilena.
"Sentí la necesidad de transmitirle al público algo serio, del alma, del corazón, así que un día decidí escribirlo. Y escribí La Marioneta".
A pesar de que su representante no estaba muy convencido, Welch incluyó el poema como parte de su repertorio en Santiago.

Entonces, algo extraordinario ocurrió.

"Al cierre leí el poema, era en un teatro, cadena nacional, hago el poema y veo que todo el teatro se empieza a llenar de pañuelos blancos, la gente empieza a llorar".
A su regreso a México lo invitaron a un programa de televisión donde recitó de nuevo el poema. "Ese día recibimos 500 llamadas pidiendo que se repitiera. Mi representante me dijo que tenía que escribir un libro. Lo hice y se vendió muy bien para ser México".
Si hubiera terminado allí, la historia ya sería extraordinaria. Pero faltaba más.

Internet

Algún tiempo después, Johnny se enteró de que el poema circulaba de manera anónima por internet. No le dio importancia, como tampoco se la dio cuando le contaron -poco después- que se lo atribuían a García Márquez.
"En ese momento no me provocó ninguna sensación porque lo que pensé es 'alguien lo subió a internet y se le ocurrió poner Gabriel García Márquez así como pudo poner Mario Benedetti'".
Sin embargo, un año después recibió una llamada de una tía, quien le dijo que estaban hablando de su poema por la radio. A partir de ese momento, la bola de nieve se hizo irrefrenable: empezó a recibir llamadas de los principales programas de radio y televisión solicitando entrevistas. ¿Qué había ocurrido?
"Unos días antes el periódico más importante de Perú, La República, saca un encabezado diciendo que el poema La Marioneta es la obra póstuma de García Márquez y que se lo está dejando a sus amigos en el momento en que está con un problema de cáncer en un hospital en Los Angeles".
Esto llevo a que García Márquez convocara a una rueda de prensa para aclarar el tema.
"Dijo: señores, yo quiero decirles que estoy vivo y que lo único que me podría matar es que digan que yo escribí algo tan cursi", recuerda Welch.

¿Le molestó que Gabo calificara su poema de "cursi"?

"No me molestó. Lo que respondí es que eran unas declaraciones muy válidas: 'Es alguien que es el escritor más importante del habla hispana y yo no escribo con el conocimiento, escribo con el corazón. Y si yo logro cambiar en una persona en el mundo un sentimiento de odio por uno de amor, el poema a cumplió su función'".

El maestro quiere conocerte

Otro año y medio pasó. Entonces, asegura Johnny Welch, recibió una llamada de Ignacio Solares, director de Difusión Cultural de la Universidad Nacional de México, la UNAM me dijo: "Johnny, ayer en una entrevista con el rector estaba el maestro García Márquez y pidió conocerte".
De esta manera, la historia dio el círculo completo. El cómico se descubrió sentando en la sala de su casa, conversando amigablemente con el gran Gabriel García Márquez. Y por supuesto, con el muñeco de ventrílocuo al lado.
"Nos sentamos a platicar y me dijo: 'Ve, Johnny, yo estaba con problemas de salud en Los Angeles y me empezaron a bombardear con un poema, no sabía de qué me hablaban. Alguien me dice: es un poema cursi que está girando en internet. Entonces yo cometí el error de hacer la rueda de prensa y decir 'un poema cursi', pero yo no lo había escuchado, lo escuché cuando lo hiciste en un programa".
Según Welch, Gabo remató con una frase increíble: "Y después de escucharlo decidí que era el momento de sentarme a escribir mis memorias'".
"Me dijo que si sabía que, antes de morir, al actor Anthony Quinn le preguntaron qué era ser padre después de los 80 y citó un párrafo de mi poema. Me dijo que el poema había sido traducido a todos los idiomas y le había dado la vuelta al mundo".
"Toda nuestra conversación fue llena de humor. Yo quería hablar en serio con él, aprender, y él sólo quería bromear. Me hizo sacar al muñeco y le hablaba al muñeco como si estuviera vivo, todo era muy en broma".
Y el final de la charla es digno de un relato de García Márquez.
"Hasta que llegó un momento en que le dije: 'Maestro, el hecho de que usted esté aquí frente a mí no puede ser una casualidad, son muchas casualidades'. Y me contestó: 'No Johnny, esto no es una casualidad, esta es una historia que tenía que ser'".

La marioneta

Si por un instante Dios se olvidara
de que soy una marioneta de trapo
y me regalara un trozo de vida,
posiblemente no diría todo lo que pienso,
pero en definitiva pensaría todo lo que digo.

Daría valor a las cosas, no por lo que valen,
sino por lo que significan.
Dormiría poco, soñaría más,
entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos,
perdemos sesenta segundos de luz.

Andaría cuando los demás se detienen,
Despertaría cuando los demás duermen.
Escucharía cuando los demás hablan,
y cómo disfrutaría de un buen helado de chocolate.

Si Dios me obsequiara un trozo de vida,
Vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol,
dejando descubierto, no solamente mi cuerpo sino mi alma.
Dios mío, si yo tuviera un corazón,
escribiría mi odio sobre hielo,
y esperaría a que saliera el sol.

Pintaría con un sueño de Van Gogh
sobre las estrellas un poema de Benedetti,
y una canción de Serrat sería la serenata
que les ofrecería a la luna.

Regaría con lágrimas las rosas,
para sentir el dolor de sus espinas,
y el encarnado beso de sus pétalo...
Dios mío, si yo tuviera un trozo de vida...

No dejaría pasar un solo día
sin decirle a la gente que quiero, que la quiero.
Convencería a cada mujer u hombre de que son mis favoritos
y viviría enamorado del amor.

A los hombres les probaría cuán equivocados están,
al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen,
sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse.
A un niño le daría alas,
pero le dejaría que él solo aprendiese a volar.

A los viejos les enseñaría que la muerte
no llega con la vejez sino con el olvido.
Tantas cosas he aprendido de ustedes, los hombres
He aprendido que todo el mundo quiere vivir
en la cima de la montaña,
Sin saber que la verdadera felicidad está
en la forma de subir la escarpada.

He aprendido que cuando un recién nacido
aprieta con su pequeño puño,
por vez primera, el dedo de su padre,
lo tiene atrapado por siempre.

He aprendido que un hombre
sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo,
cuando ha de ayudarle a levantarse.
Son tantas cosas las que he podido aprender de ustedes,
pero realmente de mucho no habrán de servir,
porque cuando me guarden dentro de esa maleta,
infelizmente me estaré muriendo

lunes, 30 de mayo de 2016

RULFO, Juan: Es que somos muy pobres


Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejabán, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada.
Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río.
El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.
Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones y parecía que había seguido lloviendo sin parar. Se notaba en que el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta.
A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas. Iba subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la Tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y venía caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente.
Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe desde cuándo, el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque ahora ya no se ve ningún tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la creciente esta que vemos es la más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años.
Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero de agua que cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente. Allí nos estuvimos horas y horas sin cansarnos viendo la cosa aquella. Después nos subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y sólo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la barranca, donde también hay gente mirando el río y contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se había llevado a la Serpentina, la vaca esa que era de mi hermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y que tenía una oreja blanca y otra colorada y muy bonitos ojos.
No acabo de saber por qué se le ocurriría a la Serpentina pasar el río este, cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo más seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó despertarla cuando le abría la puerta del corral porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar a las vacas cuando duermen.
Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada y acalambrada entre aquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo que le ayudaran. Bramó como sólo Dios sabe cómo.
Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había visto también al becerrito que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había visto. Sólo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de donde él estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árboles con todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podía fijarse si eran animales o troncos los que arrastraba.
Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su madre río abajo. Si así fue, que Dios los ampare a los dos.
La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes.
Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron pronto y entendían muy bien los chiflidos, cuando las llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta de día. Iban cada rato por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en el corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima.
Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; pero más tarde ya no pudo aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no sé para dónde; pero andan de pirujas.
Por eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere vaya a resultar como sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse mientras le da por crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quién se hiciera el ánimo de casarse con ella, sólo por llevarse también aquella vaca tan bonita.
La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.
Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el temor de Dios y eran muy obedientes y no le cometían irreverencias a nadie. Todos fueron por el estilo. Quién sabe de dónde les vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le da vueltas a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de nacerle una hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez que piensa en ellas, llora y dice: "Que Dios las ampare a las dos."
Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que va como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención.
-Sí -dice-, le llenará los ojos a cualquiera dondequiera que la vean. Y acabará mal; como que estoy viendo que acabará mal.
Ésa es la mortificación de mi papá.
Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río. Está aquí a mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella.
Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición. 

(México, 1918/1986)


sábado, 5 de marzo de 2016

DÉDALO E ÍCARO


Dédalo era el arquitecto, artesano e inventor muy hábil que vivía en Atenas. Aprendió su arte de la misma diosa Atenea. Era famoso por construir el laberinto de Creta e inventar naves que navegaban bajo el mar. Se casó con una mujer de Creta, Ariadna y tuvo dos hijos llamados Ícaro y Yápige.
Su sobrino Talos era su discípulo, gozaba del don de la creación, era la clase de hijo con que Dédalo soñaba. Pero pronto resultó más inteligente que el mismo Dédalo, porque con solo doce años de edad invento la sierra, inspirándose en la espina de los peces; sintió mucha envidia de él tras compararlo con su hijo.
Una noche subieron el tejado y desde allí; divisando Atenas, veían las aves e imaginaban distintos mecanismos para volar. Ícaro se marchó cansado, y después de engañar Dédalo a Talos, lo mató empujándole desde lo alto del tejado de la Acrópolis. Al darse cuenta del gran error que había cometido, para evitar ser castigado por los atenienses, huyeron a la isla de Creta, donde el rey Minos los recibió muy amistosamente y les encargó muchos trabajos.
El rey Minos, que había ofendido al rey Poseidón, recibió como venganza que la reina Pasifae, su esposa, se enamorara de un toro. Fruto de este amor nació el Minotauro, un monstruo mitad hombre y mitad toro.
Durante la estancia de Dédalo e Ícaro en Creta, el rey Minos les reveló que tenía que encerrar al Minotauro. Para encerrarlo, Minos ordenó a Dédalo construir un laberinto formado por muchísimos pasadizos dispuestos de una forma tan complicada que era imposible encontrar la salida. Pero Minos, para que nadie supiera como salir de él, encerró también a Dédalo y a su hijo Ícaro.
Estuvieron allí encerrados durante mucho tiempo. Desesperados por salir, se le ocurrió a Dédalo la idea de fabricar unas alas, con plumas de pájaros y cera de abejas, con las que podrían escapar volando del laberinto de Creta.
Antes de salir, Dédalo le advirtió a su hijo Ícaro que no volara demasiado alto, porque si se acercaba al Sol, la cera de sus alas se derretiría y tampoco demasiado bajo porque las alas se les mojarían y se harían demasiado pesadas para poder volar.
Empezaron el viaje y al principio Ícaro obedeció sus consejos, volaba al lado suyo, pero después empezó a volar cada vez más alto y olvidándose de los consejos de su padre, se acercó tanto al Sol que se derritió la cera que sujetaba las plumas de sus alas, cayó al mar y se ahogó.
Dédalo recogió a su hijo y lo enterró en una pequeña isla que mas tarde recibió el nombre de Icaria.
Después de la muerte de Ícaro, Dédalo llegó a la isla de Sicilia, donde vivió hasta su muerte en la corte del rey Cócalo.

Mafalda


jueves, 3 de marzo de 2016

ECO Y NARCISO


Eco era una ninfa que habitaba en el bosque junto a otras ninfas amigas y le gustaba cazar por lo que era una de las favoritas de la diosa Artemisa...
Pero Eco tenía un grave defecto: era muy conversadora y además en cualquier conversación o discusión, siempre quería tener la última palabra.
Cierto día, la diosa Hera salió en busca de su marido Zeus, al que le gustaba divertirse entre las ninfas. Cuando Hera llegó al bosque de las ninfas, Eco, la entretuvo con su conversación mientras las ninfas huían del lugar.
Cuando Hera descubrió su trampa la condenó diciendo:
-Por haberme engañado y a partir de este momento, perderás el uso de la lengua. Y ya que te gusta tanto tener la última palabra, solo podrás responder con la última palabra que escuches ¡Jamás podrás volver a hablar en primer lugar!
Narciso era un joven cuya madre, ansiosa por averiguar el destino de su hijo, consultó al adivino ciego Tiresias:
-¿Vivirá hasta la ancianidad?» -le preguntó.
-Hasta tanto no se conozca a sí mismo -replicó Tiresias.
De modo que la madre se aseguró de que el hijo no viera nunca su imagen en el espejo. Al crecer, el chico resultó ser extraordinariamente hermoso y despertaba amor en todos cuantos lo conocían. Aunque nunca había visto su cara, podía adivinar a través de las reacciones ajenas que era bello; pero nunca se sentía seguro, de modo que para ganar confianza y seguridad en sí mismo dependía de que los demás le dijeran cuán bello era. En consecuencia, se convirtió en un joven absorbido por su propia persona.
Eco, con su maldición a cuestas se dedicó a la cacería recorriendo montes y bosques. Un día vio a un hermoso joven llamado Narciso y se enamoró perdidamente de él. Deseó fervientemente poder conversar con él, pero tenía la palabra vedada. Entonces comenzó a perseguirlo esperando que Narciso le hablara en algún momento.
En cierto momento, en que Narciso estaba solo en el bosque y escuchó un crujir de ramas a sus espaldas, gritó:
-¿Hay alguien aquí?
Eco respondió:
-Aquí.
Como Narciso no vio a nadie volvió a gritar:
-Ven.
Y Eco contestó:
-Ven.
Como nadie se acercaba, Narciso dijo:
-¿Por qué huyes de mí? Unámonos.
La ninfa, loca de amor se lanzó entre sus brazos diciendo:
-Unámonos.
Narciso dio un salto hacia atrás diciendo:
-¡Aléjate de mi! ¡Prefiero morirme a pertenecerte!
Ante el fuerte rechazo de Narciso, Eco sintió una vergüenza tan grande que llorando se recluyó en las cavernas y en los picos de las montañas. La tristeza consumió su cuerpo hasta pulverizarlo. Solo quedó su voz para responder con la última palabra a cualquiera que le hable y por eso desde entonces cuando hablamos en cavernas y montañas escuchamos cómo Eco nos responde siempre, pero solo a nuestra última palabra.......
Narciso no solo rechazó a Eco, sino que su crueldad se manifestó también entre otras ninfas que se enamoraron de él. Una de esas ninfas, que había intentado ganar su amor sin lograrlo le suplicó a la diosa Hera que Narciso sintiera algún día lo que era amar sin ser correspondido y la diosa respondió favorablemente a su súplica.
Escondida en el bosque, había una fuente de agua cristalina. Tan clara y mansa era la fuente que parecía un espejo. Un día Narciso se acercó a beber y al ver su propia imagen reflejada pensó que era un espíritu del agua que habitaba en ese lugar. Quedó extasiado al ver ese rostro perfecto. Los rubios cabellos ondulados, el azul profundo de sus ojos y se enamoró perdidamente de esa imagen. Deseó alejarse, pero la atracción que ejercía sobre él era tan fuerte que no lograba separase, sino que por el contrario deseó besar y abrazar con todas sus fuerzas esa imagen que veía. Se había enamorado de sí mismo.
Desesperado, Narciso comenzó a hablarle:
-¿Por qué huyes de mí, hermoso espíritu de las aguas? Si sonrío, sonríes. Si estiro mis brazos hacia ti, tú también los estiras. No comprendo. Todas las ninfas me aman, pero no quieres acercarte.
Mientras hablaba una lágrima cayó de sus ojos. La imagen reflejada se nubló y Narciso suplicó:
-Te ruego que te quedes junto a mí. Ya que me resulta imposible tocarte, deja que te contemple.
Narciso continuó prendado de sí mismo, ni comía, ni bebía por no apartarse de la imagen que lo enamoraba hasta que terminó consumiéndose y murió.
Las ninfas quisieron darle sepultura, pero no encontraron el cuerpo en ninguna parte. En su lugar apareció una flor hermosa de hojas blancas que para conservar su recuerdo lleva el nombre de Narciso.

KOSPI (leyenda tehuelche sobre cómo nacieron las flores)




Según cuenta la leyenda, hace miles de años, las plantas aún no tenían flores. Fue entonces donde nace la historia de Kospi, una hermosa niña Tehuelche que logró el milagro...
Hace mucho, muchísimo tiempo, las plantas aún no tenían flores. En ese entonces vivía en el sur una bella niña tehuelche llamada Kospi, de suaves cabellos y dulces ojos negros. Una tarde de tormenta, cuando el fulgor del relámpago iluminaba todos los rincones de la tierra, Karut (el trueno), la contempló asomada a la entrada del Kau (toldo) de sus padres...
La vio tan hermosa, y a pesar de que él era rústico, hosco y bruto, se enamoró locamente de ella. Ante el temor de que la linda niña lo rechazara, la raptó y huyó lejos, retumbando sobre el cielo, hasta desaparecer de la vista de los aterrados padres de la chica. Al llegar a la alta y nevada cordillera, la escondió en el fondo de un glaciar.
Encerrada allí, fue tanto el dolor y la pena que sintió que de a poco fue enfriándose hasta que se convirtió en un témpano de hielo, fundiéndose con el resto del glaciar. Tiempo después, Karut quiso visitarla y al comprobar su desaparición, se enfureció terriblemente lanzando bramidos de desesperación.
Tanto ruido rodó hasta el océano y atrajo muchas nubes que empezaron a llover y llover sobre el glaciar hasta derretirlo completamente. Así, Kospi se transformó en agua y corrió de prisa montaña abajo en torrente impetuoso. Luego se deslizó por los verdes valles y empapó la tierra.
Al llegar la primavera, su corazón sintió ansias de ver la luz, de sentir la cálida caricia del viento y de extasiarse contemplando el cielo estrellado por las noches. Trepó despacio por la raíz y tallo de las plantas y asomó su preciosa cabecita en las puntas de las ramas, bajo la forma de coloridos pétalos... Habían nacido las flores.
Entonces todo fue más alegre y bello en el mundo. Por ese motivo es que los tehuelches llamaron Kospi a los pétalos de las flores.

LEYENDA DEL URATAÚ




Sucedió lo que vamos a contar hace muchos siglos. Vivía entonces establecida no lejos del Iguazú, una poderosa tribu guaraní.
Era Ñeambiú la más hermosa don­cella de su parcialidad, y tan gentil de trato como exquisita de espíritu, que todos a su alrededor la amaban. Ñeambiú correspondía con idéntica vehe­mencia el cariño hondo y apasionado de Cuimbae, mocetón gallardo y valiente, que el padre de ella, el poderoso cacique guaraní, trajo cautivo al regreso de su última expedición victoriosa contra los tupíes.
Idolatraban sus padres a Ñeambiú, su hija única; arrancarla de su lado era arrancarles el corazón; por eso se nega­ban a consentir la boda, alegando que Cuimbae pertenecía a la raza de los tupíes, sus más sañudos enemigos. Ñeambiú, para no disgustar a sus padres, ocultaba su pena y lloraba a solas; una vez, sin embargo, les enrostró su crueldad con esa que llamaban hija del alma y que era ¡ay! la hija de la des­gracia.
Un día Ñeambiú desapareció de la casa de sus padres. Alarmados estos, corrieron a donde estaba Cuimbae, sospechando que de concierto con él hubiese tomado Ñeambiú la extrema determinación de escaparse. Cuimbae ignoraba el suceso; y no podía ni siquiera concebir que una joven tan discreta y amorosa como Ñeambiú hubiera salido fugada de la casa paterna. Pero Cuim­bae contó que había tenido la noche anterior un sueño terrible: Una mujer muy fiera, que representaba la des­gracia, se había llevado a Ñeambiú a los montes del Iguazú, donde mora entre los cuadrúpedos y las aves, que ni la ofenden ni huyen de su presencia.
Como en los montes habita Caaporá, un monstruo con facha humana, que hace desgraciados a quienes por acaso le miran, exclamó el infortunado padre con delirio:
—¡Al Iguazú! ¡A buscar a mi hija, que se la ha llevado Caaporá!
Tras él salió presurosa toda la indiada, repitiendo:
—¡Al Iguazú! ¡A buscar a Ñeambiú, que se la ha llevado Caaporá! ¡A buscar a Ñeambiú!
El clamoreo de los pájaros carpinteros, los ipecúes, alborotados por la presencia de gente, sacó de su refugio a la fugitiva, y hallose esta al punto rodeada por los solícitos enviados del cacique, quienes cariñosamente trataron por todos los medios de persuadirla a regresar junto a sus padres. Ñeambiú no respondía palabra; por el exceso de penar sin esperanza, había perdido la sensibilidad, y con ella el habla. Muda e impertérrita, volvió las espaldas y se internó de nuevo por entre el monte. Las amigas de Ñeambiú, que mucho la querían, viendo frustrada la empresa de los fieles del cacique, decidieron ir juntas todas en busca de la buena Ñeambiú. ¿Y si topaban con Caaporá? Menores serían sin duda los males que si no iban, porque el diablo Añanga, que siempre está alerta para, con el menor pretexto, hacer daño, las castigaría terriblemente por haber dejado de socorrer a la in­fortunada amiga. Fueron, y regresaron desconsoladas: Ñeambiú escuchó sus palabras dulces y cariñosas, impasible y helada. La desdicha de Ñeambiú parecía irremediable.
Consultose entonces, como se hacía siempre en tales casos, al adivino de la tribu, Aguará-Payé, un hombre feísimo, y tan sagaz, que bien merecía su nombre de «Aguará», que quiere decir zorro. Iba cerrando la noche, hora la más a propósito para consultar los oráculos. Aguará-Payé tomó dos enormes mates, llenos el uno con infusión de yerba caá, y el otro con chicha. Apenas hubo be­bido la chicha, empezó a tambalearse y, haciendo visajes espantosos, cayó como muerto. Vuelto en sí Aguará-Payé, dijo:
—Ñeambiú está para siempre in­sensible y muda; es preciso abandonarla a su destino.
—¡No! ¡no! —contestaron los padres de Ñeambiú—. ¡Antes morir que abandonarla! ¡Al Iguazú! ¡Ai Iguazú!
—¡Al Iguazú! —repitieron sus secuaces. —¡Al Iguazú!
Fueron al Iguazú.
Comprendieron todos que Ñeambiú necesitaba un profundo sacudimiento moral. Le anunciaron sucesivamente la muerte de algunas personas de su amistad, la muerte de sus mejores amigas, la muerte de sus padres… Ñeambiú escuchaba muda, impasible, fría. Mudo también seguía Aguará-Payé la triste escena.
—Haz que sienta —le ordenó el cacique.
Obedeciendo la orden, Aguará-Pay: adelantose pausadamente y dijo con lentitud a Ñeambiú:
—Cuimbae ha muerto…
Estremeciose toda íntegra Ñeambiú. Exhalando continuos lamentos des­garradores, desapareció instantánea­mente a los asombrados ojos de los que la rodeaban, quienes, transidos de dolor, quedaron convertidos en sauces llorones. Ñeambiú, convertida a su vez en urutaú, elije la rama más vieja y deshojada de aquellos sauces para llorar eternamente su desventura.
Desde entonces el urutaú o ave fantasma —que vive en el Brasil, Paraguay, Argentina, etc.— llora todas las noches. Su voz es un alarido muy melancólico, tan alto y vigoroso, que se oye a media legua de distancia, y lo repite con pausas durante la noche entera. Pocos lo han visto en los montes, porque de día se mantiene inmóvil sobre las ramas secas y tronchadas de los árboles donde anida, confundiéndose por su color con ellas, y porque solo vuela buscando su alimento durante el crepúsculo y a la luz de la luna.

(Respecto al urutaú hay también la creencia, firmemente arraigada en la gente ignorante, de que llora la ausencia del sol, porque su alarido comienza cuando el sol se pone, y acaba cuando este sale.)

miércoles, 2 de marzo de 2016

POLIFONÍA E INTERTEXTUALIDAD



Los textos literarios suelen ser profundamente polifónicos, es decir, constituidos por muchas voces (enunciados y discursos) sociales que lo vuelven más rico y productivo. 


Por otra parte, la intertextualidad es la relación que se establece entre un texto y otro/s del mismo o distinto género. Se trata de un vínculo creativo, lúdico, crítico que pone en diálogo diversos textos y discursos.

El lector debe activar sus competencias literarias y culturales para distinguir las diferentes voces que entraman al texto literario y advertir las relaciones intertextuales que enriquecen a la literatura. Esta relación creativa no es solo patrimonio de la literatura, también es planteada en el periodismo, la publicidad, la pintura, el cine, los programas de TV, las series, los dibujos animados (Los Simpsons, por ejemplo, la proponen habitualmente con un sentido crítico y humorístico).
Edvard Munch: "El grito"

Stanley Kubrick: "La naranja mecánica"
(Filme basado en la novela de Anthony Burguess)

MITOS Y LEYENDAS


Los mitos y leyendas son narraciones de origen y transmisión oral, tradicionales y anónimas (el primer autor no trascendió, ya que eran recreados en diferentes versiones y circulaban de generación en generación). Con estos relatos los distintos pueblos han intentado responder a las preguntas más antiguas del ser humano: el origen del universo, del hombre, de los seres y fenómenos de la naturaleza. Como se transmiten oralmente, suelen encontrarse diferentes versiones de una misma historia.
Los mitos son relatos sagrados y ancestrales, ligados a la religión de las comunidades primitivas. Se ubican, por eso, en un tiempo originario (anterior al tiempo histórico), remoto y circular, el de los orígenes del mundo y del pueblo que los crea. Sus personajes centrales son dioses, semidioses, héroes y seres fabulosos o monstruos (minotauro, Medusa, Pegaso, Cíclope, entre otros), es decir, tienen carácter sobrenatural. Temáticamente pueden ser clasificados en mitos de la creación, entre los que se destacan: 1) los cosmogónicos (creación del universo, del mundo); 2) los antropogónicos (creación del hombre); 3) los teogónicos (origen y nacimiento de los dioses). Por su parte, los mitos heroicos narran las hazañas de un héroe sometido a diversas pruebas que debe vencer para alcanzar sus metas y demostrar su superioridad.
Las leyendas no son sagradas, se pueden ubicar en cualquier momento histórico, incluso en la actualidad. Muchas veces están fechadas, ligadas a algún acontecimiento o personaje histórico, y tienen estrecha relación con el territorio que ocupa la comunidad que la produjo. Además, cumplen una función moralizante para el pueblo en el que tienen vigencia: las actitudes de los personajes tienen un premio o un castigo que funciona como ejemplo a imitar o a repudiar por los miembros de la comunidad. Las metamorfosis de los protagonistas suelen expresar la intervención de los dioses con ese fin. La función de la leyenda es explicar, mediante un relato, un suceso extraño o una particularidad del mundo exterior.

Como ya dijimos, el autor real y original de estas narraciones es anónimo. Con el paso del tiempo y las generaciones fueron reversionadas por diversos miembros de la comunidad hasta pasar a la escritura. El narrador (la voz y la mirada dentro del relato) representa la voz colectiva y ancestral por eso cuenta en 3ª persona, desde un punto de vista externo y omnisciente (sabe todo, al igual que un dios).


martes, 1 de marzo de 2016

BENEDETTI, Mario: No te salves



No te salves

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
                                            no te salves

no te llenes de calma
no reserves del mundo
solo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios 
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
                                          pese a todo

no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
                                            entonces

no te quedes conmigo.


(Uruguay, 1920/2009)


VALLEJO, César: Los heraldos negros



Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! 
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, 
la resaca de todo lo sufrido 
se empozara en el alma... ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras 
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. 
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas; 
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma 
de alguna fe adorable que el Destino blasfema. 
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones 
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre... Pobre... ¡pobre! Vuelve los ojos, como 
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; 
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido 
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!

(Perú, 1892/1938)


MARTÍ, José: Versos sencillos


I

Yo soy un hombre sincero
de donde crece la palma
y antes de morirme quiero
echar mis versos del alma.

Yo vengo de todas partes,
y hacia todas partes voy:
arte soy entre las artes,
en los montes, monte soy.

Yo sé los nombres extraños
de las yerbas y las flores,
y de mortales engaños,
y de sublimes dolores.

Yo he visto en la noche oscura
llover sobre mi cabeza
los rayos de lumbre pura
de la divina belleza.

Alas nacer vi en los hombros
de las mujeres hermosas:
y salir de los escombros,
volando las mariposas.

He visto vivir a un hombre
con el puñal al costado,
sin decir jamás el nombre
de aquella que lo ha matado.

Rápida como un reflejo,
dos veces vi el alma, dos:
cuando murió el pobre viejo,
cuando ella me dijo adiós.

Temblé una vez -en la reja,
a la entrada de la viña-,
cuando la bárbara abeja
picó en la frente a mi niña.

Gocé una vez, de tal suerte
que gocé cual nunca: cuando
la sentencia de mi muerte
leyó el alcalde llorando.

Oigo un suspiro, a través
de las tierras y la mar,
y no es un suspiro. -es
que mi hijo va a despertar.

Si dicen que del joyero
tome la joya mejor,
tomo a un amigo sincero
y pongo a un lado el amor.

Yo he visto al águila herida
volar al azul sereno,
y morir en su guarida
la víbora del veneno.

Yo sé bien que cuando el mundo
cede, lívido, al descanso,
sobre el silencio profundo
murmura el arroyo manso.

Yo he puesto la mano osada
de horror y júbilo yerta,
sobre la estrella apagada
que cayó frente a mi puerta.

Oculto en mi pecho bravo
la pena que me lo hiere:
el hijo de un pueblo esclavo
vive por él, calla y muere.

Todo es hermoso y constante,
todo es música y razón,
y todo, como el diamante,
antes que luz es carbón.

Yo sé que el necio se entierra
con gran lujo y con gran llanto,
y que no hay fruta en la tierra
como la del camposanto.

Callo, y entiendo, y me quito
la pompa del rimador:
cuelgo de un árbol marchito
mi muceta de doctor.



[...]

IX

Quiero, a la sombra de un ala,
contar este cuento en flor:
la niña de Guatemala,
la que se murió de amor.

Eran de lirios los ramos,
y las orlas de reseda
y de jazmín: la enterramos
en una caja de seda.

... Ella dio al desmemoriado
una almohadilla de olor:
él volvió, volvió casado:
ella se murió de amor.

Iban cargándola en andas
obispos y embajadores:
detrás iba el pueblo en tandas,
todo cargado de flores.

Ella, por volverlo a ver,
salió a verlo al mirador:
él volvió con su mujer:
ella se murió de amor.

Como de bronce candente
al beso de despedida
era su frente ¡la frente
que más he amado en la vida!

Se entró de tarde en el río,
la sacó muerta el doctor:
dicen que murió de frío:
yo sé que murió de amor.

Allí, en la bóveda helada,
la pusieron en dos bancos;
besé su mano afilada,
besé sus zapatos blancos.

Callado, al oscurecer,
me llamó el enterrador:
¡nunca más he vuelto a ver
a la que murió de amor!

[...]

XXIII

Yo quiero salir del mundo
por la puerta natural:
en un carro de hojas verdes
a morir me han de llevar.

No me pongan en lo oscuro
a morir como un traidor;
yo soy bueno, y como bueno
moriré de cara al sol!


[...]


XXXIX


Cultivo una rosa blanca
en julio como en enero,
para el amigo sincero
que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo;
cultivo la rosa blanca.


José Martí
(Cuba, 1853/1895)

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