...PERO SI LOS SIGUEN ENCERRANDO
EN ESCUELAS QUE LES INCULCAN LA MEDIOCRIDAD,
¡AY, NO VERÁN LA FORMA DE ZAFAR!...


miércoles 16 de noviembre de 2011

PROGRAMA 5º AÑO - 2011

Unidad 1: Política y ficción
El siglo XIX: La construcción del imaginario nacional. El Romanticismo en el Río de la Plata y la Generación del 37. Política y ficción. El nacimiento de la literatura argentina: “El matadero” de Esteban Echeverría. Los gauchos y la gauchesca en la formación de la identidad nacional: orígenes y evolución. La “vuelta” al género: Martín Fierro de José Hernández. Otras miradas: “Gobierno gaucho” de Estanislao del Campo. La tradición y el humor en los almanaques de Florencio Molina Campos. Intertextos: Amistades peligrosas: “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz” de Jorge Luis Borges, Capítulos VII y VIII (Primera parte) de El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes. Intertexto fílmico sugerido: “Tiempo de valientes” dirigida por Damián Szifrón (Argentina, 2005).

Unidad 2: Ficciones y fantasmas
El siglo XX: rupturas e innovaciones en la narrativa contemporánea. Texto y contexto en la literatura argentina. Buenos Aires/Interior: “Emma Zunz” de Jorge Luis Borges, “Como si estuvieras jugando” de Juan José Hernández; Humano/Animal: “Mariposas” de Samantha Schewblin, “Jirafas” de Griselda Gambaro; Aparecidos/Desaparecidos: “Cinegética” de Haroldo Conti, “Esa mujer” de Rodolfo Walsh, “Infierno grande” de Guillermo Martínez, Ciudad/Orillas: “Hoy temprano” de Pedro Mairal, Puerto Apache (frag.) de Juan Martini.

Unidad 3: La identidad multicultural como conflicto
El género dramático. Los orígenes del teatro en Occidente y en el Río de la Plata. Del circo criollo al espectáculo teatral en Argentina. La identidad multicultural como conflicto: inmigración, exilios y cruces lingüísticos. Formas del Realismo: del grotesco criollo a “Teatro Abierto”: “Babilonia” (frag.) de Armando Discépolo y “Gris de ausencia” (frag.) de Roberto Cossa. Intertexto fílmico sugerido: “Herencia”, dirigida por Paula Hernández (Argentina, 2002)

miércoles 9 de noviembre de 2011


Qué les pasa a los profesores que intentan ser innovadores

 Por Miguel Angel Santos Guerra / Pedagogo de la Universidad de Málaga (*)


La micropolítica de las organizaciones escolares va configurando posiciones y relaciones de los diferentes miembros de la comunidad a lo largo del tiempo. No todos desempeñan el mismo papel. Simplificando las cosas voy a referirme a un tipo de profesores y profesoras que llamaré tipo A. Son personas comprometidas con la institución, que buscan de forma permanente y esforzada su mejora. Otro tipo, al que llamaré B, no se preocupa excesivamente de mejorar las cosas. Son profesionales del cumplimiento: es decir, del cumplo y miento. Son mercenarios que se ocupan de poner la mano al final del mes, aunque no hayan puesto pasión en la tarea ni les haya importando un comino la suerte que corran sus alumnos/as. Obedecen a una ley: “Pudiendo no hacer nada, ¿por qué motivo tengo que hacer algo?”.
Cuando un profesor tipo A, le propone a otro, tipo B, emprender un proyecto para la mejora de la institución, es probable que el B se sienta interpelado y vea puesta en evidencia su desgano y su desaliento. Por eso es fácil que reaccione no sumándose a la causa ni argumentando con rigor sobre la inutilidad de la propuesta sino destruyendo a quien la hace. Muerto el perro, se acabó la rabia. Es decir que, descalificando a quien quiere hacer algo, desmantela también lo que el innovador o innovadora deseaba hacer.
Seis argumentos. He descrito la friolera de 25 cuchillos que usan los B para matar a los A. Me referiré solamente a seis.
Uno de los cuchillos es el siguiente: “No hagas caso al A, que tiene problemas afectivos. No es que no que quiera estar mucho tiempo en el Colegio, es que no quiere ir a casa. Porque se está separando, porque no tiene hijos, porque vive solo”. Es decir que, como es un tarado, hará propuestas que estarán también taradas.
Otro cuchillo es de la marca “¿qué es lo que vas a salir ganando?”. Como no ve motivos claros (lo van a pagar, lo van a certificar, va a servir para ascender) le atribuye al A intenciones torcidas: “Con tal de sobresalir es capaz de trabajar más, es un adulador de la dirección, es un trepa”.
Un tercer cuchillo es de la armería del etiquetado. La puñalada consiste en colgar una etiqueta del cuello de quien hace la propuesta: “No le hagas caso, es de Izquierda Unida, es de UGT”. El caso es que esa etiqueta tenga un efecto negativo.
Hay un cuchillo de doble filo que se identifica por la edad. Si quien hace la propuesta es un jovencito (si es una jovencita, la ironía suele ser mayor), el interpelado dice: “¿Cuántos años tienes, hijo? Hace falta savia nueva”. Me preocupa más el cuchillo que representa a la edad adulta. Cuando un veterano tipo A le propone a un joven, tipo B, embarcarse en un proyecto comprometido y el joven dice: “Este señor no ha entendido nada, está muy verde, con la edad que tiene se diría que no ha madurado”.
El quinto cuchillo se refiere a la ironía: “Qué, dice el B, ¿te van a hacer un monumento? ¿vas a heredar la escuela? ¿te van a hacer un homenaje? ¿te van a dar la tiza de oro (expresión muy utilizada en la Argentina)?”.
Y finalmente, haré alusión a la invocación de la experiencia con ánimo destructivo. “Eso ya lo intentamos el año pasado y no valió para nada. Bueno, peor que eso, desencadenó un conflicto tremendo. Mejor no hacer nada”.
Ya sé que estoy simplificando. Probablemente no haya personajes que se puedan catalogar de forma tan dicotómica. Quizá en una mañana una persona pueda pasar de A a B y de B a A tres veces. Por otra parte, están por las instituciones otros personajes: el C, el D, el E. Y siempre se plantea la pregunta: ¿quién nos sirve de modelo? El riesgo es responderse que el modelo es el B porque no está tarado, no es un joven iluso, no es de Izquierda Unida, no quiere que le hagan un monumento y ha aprendido de las experiencias anteriores. Si además el Director/a es un B y el inspector/a un B, el A lo tiene muy difícil.
La tentación. Le pasa al A que no sólo que no le felicitan por lo que hace ni le agradecen los esfuerzos. Le castigan de muchas formas por su compromiso. Le pasa al A lo que le pasó a aquel soldado del que cuentan que cavó una trinchera tan profunda, tan profunda, que le declararon desertor. De modo que la tentación del A es dejar de serlo. Así de claro, porque si deja de ser generoso y entusiasta será menos feliz.
Hay unos chalecos y pantalones que protegen contra las cuchilladas. Se fabrican con la profesionalidad entusiasta. Y, si alguna se recibe, los mejores docentes y los amigos tienen unas pócimas eficaces para la curación. Se elaboran con solidaridad y buen ejemplo.
Consejo final. José María Cabodevilla contaba que en una oficina de Correos un cartero vio una carta con una dirección sorprendente: “San Antonio de Padua. El Cielo.” Abren la carta y se encuentran con la petición de un parado que le pide a San Antonio la cantidad de 100 euros porque tiene un hijo enfermo y, con la crisis, no dispone de dinero. El cartero propone que ponga algo cada uno. Juntan 80 euros y se los mandan. Semanas después llega a la oficina de Correos otra carta con la misma dirección. La abren. Es aquel obrero que da las gracias a San Antonio y le pide que, cuando mande otra vez dinero a sus devotos, no se le ocurra hacerlo a través de las oficinas de correos porque los muy ladrones le han robado veinte euros de los que él le mandó. Los carteros se han quedado sin dinero y se han ganado un insulto. Su tentación consiste en dejar de ser generosos.
He leído en la última novela de Katherine Pancol “Las ardillas de Central Park están tristes los lunes” (que da continuidad a “Los ojos amarillos de los cocodrilos” y “El vals lento de las tortugas”) este pensamiento sobrecogedor que ella sitúa en la Francia del siglo XII: “Dios creó a los profesores y Satán a los colegas”.
Creo que es bueno ser A y jubilarse de A. Porque se es más feliz. Algunos me preguntan, qué es lo que se puede hacer con los B. Siempre digo que hay que invitarles a la fiesta de los A. Porque los A lo pasan mejor. Y si no se dejan invitar siempre se puede hacer con ellos lo que decía Voltaire: “No hay mayor venganza sobre nuestros enemigos que la de que nos vean felices”.
(*) Artículo del blog El Adarve, publicado con autorización del autor.

martes 8 de noviembre de 2011

RESULTADOS 5º CONCURSO LITERARIO PROVINCIAL PARA ALUMNOS ADULTOS (E.E.M.P.A.) 2011


Aquí están los ganadores del Quinto Concurso Literario para Alumnos Adultos de Poesía y Cuento breve, edición 2011.
El jurado estuvo integrado en esta oportunidad por los profesores Clemir Bainotti, Rodrigo Granero y Adrián Benelli, quienes seleccionaron (entre los ciento once trabajos recibidos de más de treinta escuelas de toda la provincia) los siguientes trabajos para ser premiados:
Género Cuento Breve: 1er. premio para la obra “Exilio hacia el seguir del viento”, seudónimo “Benja”, autor: FABIO TRONCOSO, de la E.E.M.P.A. Nº 1251 “Emilio Cayetano Atorresi” de Carcarañá. 1ª Mención para la obra “El Negro Cucha”, seudónimo “Zingarella”, autora: GLADYS NOEMÍ GEROSA, de la E.E.M.P.A. Nº 1285 de Recreo. 2ª Mención para la obra “La confesión”, seudónimo “Abeja”, autores: SILVINA PAULA CALVO, ALEXIS NICOLÁS BERTHOLT y MARÍA GIMENA SCHNIDRIG, del Anexo Nuevo Torino de la E.E.M.P.A. Nº 1278 de Humboldt.
Género poesía: 1er. premio para la obra “Montañas y frío”, seudónimo “Luna”, autora: MARÍA ADELA SCHAMNE, exalumna de la E.E.M.P.A. Nº 1007 “Libertad” de Rafaela. 1ª Mención para la obra “Tristeza”, seudónimo “Doble R”, autor: RICARDO DANIEL SIERRA, de la E.E.M.P.A. Nº 1249 “Ricardo José García” de Correa. 2ª Mención para la obra “Un bisturí sobre la carta”, seudónimo “Benja”, autor: FABIO TRONCOSO, de la E.E.M.P.A. Nº 1251 “Emilio Cayetano Atorresi” de Carcarañá.
El acto de entrega de premios se realizará el próximo viernes 11 de noviembre de 2011 a las 20.30 en el establecimiento de la escuela organizadora, sito en calle Córdoba 306 (esquina Las Heras) de la ciudad de Rafaela.

sábado 1 de octubre de 2011

FERNÁNDEZ MORENO, CÉSAR: EL ESTADIO


se apagaron las luces del estadio

y era un vibrante anillo de cemento y de sangre

un plato volador bajado de los astros

de la noche recién surcada

todavía humeante

y posado recién sobre un desconocido planeta verde

se encendieron las luces

y los cien mil viajeros descubrieron maravillados

que los veintidós habitantes del nuevo planeta

usaban alegres camisetas de colores

y corrían detrás de una esferita blanca

chocando a veces entre sí

pero luego seguían corriendo hasta abrazarse.


César Fernández Moreno

Argentina, 1919/1985

lunes 11 de julio de 2011

BELLESSI, DIANA: Love Story



Estábamos

tomando mate en su rancho

bajo un mediodía de oro

en las riberas, San Pedro

era y ella

doña Aurorita López

Iban y venían tramos

de vida con el amargo

Los vecinos,

la miseria, el que está

en el río come, dijo,

Dios y Evita y qué ojos tiene

m′hijita

hasta que el relato ancló

en su hombre escuchando manso

mientras hacía el estofado

Supe ser

Buenamoza dijo y aquí

amarró su barco un hijo

del gringo Ford. Me propuso

matrimonio

Consulté a mi padre y él

que sabía yo esperaba

al que hoy es mi marido

sirviendo

de soldado allá en el sur,

me miró de frente y dijo:

"Sepa usted y para siempre,

el corazón es una achura

que no se vende"

DIANA BELLESSI

(Argentina, 1946)

miércoles 22 de junio de 2011

GIANUZZI, JOAQUÍN: PERPLEJIDADES DEL AMANECER

El dormitorio en Arles
(Vincent Van Gogh - Países Bajos 1853/Francia 1890)

I

Un minuto de fe para buscar a tientas

la camisa más despierta. Una especie

de convicción para sentirme apto.

En la oscuridad menguante, el dormitorio

huele a existencia en bruto,

a ropa fría, a zapatos caídos

con toda la neura encima. Esto insiste

en tener algo que ver contigo.

Desde la calle

los ruidos ciegos y la jadeante

respiración de la materia manufacturada

suben con sus propias razones para vivir.

He allí lo espumoso, la tierra triunfante

que apenas me concierne. Pero la camisa

ya pierde su inocencia, reclama relaciones

y el perpetuo fracaso de la identidad

en el amanecer de este día laborable.

II

Desamparo ideológico del lunes:

en la madrugada invernal ha concluido

el aplazamiento. Perplejo

y desdichado a su manera, el pie

con que bajamos de la cama se detiene

a medio camino. En ese titubeo prenatal

también vacilan

el resto del cuerpo

y el ser en general con su condena.

La realidad privada paraliza su regreso

al viejo desastre, a la recurrente

y oscura oportunidad. ¿Qué clase de verdad

hay en esa negación? ¿Qué mano de la época

pone las opciones individuales en punto muerto?

En el cerebro cerrado circula

un gemido que nos detiene al borde

de la respiración universal del día.

Y entre la historia a punto de caer

en la taza de café y la vuelta del rostro

a la dorada aniquilación personal

comienza el lunes en todo el país


Joaquín Gianuzzi

(Argentina, 1924/2004)

viernes 20 de mayo de 2011

STORNI, ALFONSINA: BIEN PUDIERA SER



Pudiera ser que todo lo que en verso he sentido

no fuera más que aquello que nunca pudo ser,

no fuera más que algo vedado y reprimido

de familia en familia, de mujer en mujer.

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Dicen que en los solares de mi gente, medido

estaba todo aquello que se debiera hacer...

Dicen que silenciosas las mujeres han sido

de mi casa materna... Ah, bien pudiera ser...

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A veces en mi madre apuntaron antojos

de liberarse, pero, se le subió a los ojos

una honda amargura, y en la sombra lloró.

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Y todo ese mordiente, vencido, mutilado,

todo eso que se hallaba en su alma encerrado,

pienso que sin quererlo lo he libertado yo.
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ALFONSINA STORNI

(Suiza. 1892/Argentina, 1938)

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De: Irremediablemente

viernes 13 de mayo de 2011

CONCIENCIA



En un mundo en el que en todas las épocas existieron conscientes e inconscientes, lo importante es saber mantener nuestra conciencia en paz.


Ahora bien: ¿por qué se escribe conscientes e inconscientes con “sc” y conciencia solo con “c”?
Conciencia deriva del latín “conscientĭa” pero en realidad, escribir conciencia o consciencia es igualmente correcto anque no siempre significan lo mismo.
En sentido moral (capacidad de distinguir entre el bien y el mal) solo se usa conciencia (sin “s”):

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Ese pensamiento me causó un terrible cargo de conciencia.

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Pero en el sentido general de “percepción o conocimiento” se pueden utilizar ambas formas, aunque se prefiere siempre la más simple:

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Tengo conciencia (consciencia) de mis limitaciones.

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Sin embargo no son aceptadas las formas conciente, inconciencia o inconciente, sino que las formas aceptadas se escriben con “s”: consciente, inconsciencia o inconsciente.
Por esta razón, no son pocos los estudiosos que consideran a esta conducta académica como contradictoria, porque si conciencia se escribe sin la “s”, todos sus derivados, por lógica, deberían escribirse sin “s”.

CONCIENCIAR - CONCIENTIZAR

Para la Real Academia Española se utiliza concienciar para lograr que alguien “sea consciente de algo”.
Pero en América, y especialmente en nuestro país, se utiliza también la forma concientizar, igualmente válida:

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Necesitamos concientizar a la población.

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Los sustantivos respectivos son, entonces, concienciación y concientización.
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SF

viernes 29 de abril de 2011

¿1 DE MAYO O 1º DE MAYO?




Cuando queremos escribir una fecha, en los países latinos lo hacemos en forma ascendente, es decir: día, mes, año.

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29 de abril de 2011

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Las fechas pueden escribirse enteramente con números (29/04/2011), combinando números y letras (29 de abril de 2011) o totalmente con letras (veintinueve de abril de dos mil once).
Aunque no es lo habitual escribir las fechas enteramente con letras, sí es normal hacerlo en documentos solemnes, escrituras públicas, cartas notariales o cheques bancarios:

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A los veintinueve días del mes de abril del año dos mil once…

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¿Qué ocurre en estos casos cuando tenemos que referirnos al primer día del mes? Tanto la Ortografía de la lengua española como el Diccionario panhispánico de dudas de la Real Academia Española, son claros al respecto: el primer día del mes puede escribirse con el ordinal “primero”, que es de uso habitual en América, o con el cardinal “uno”, usado habitualmente en España. Es decir, en nuestro país, en nuestro continente, es correcto escribir

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Al primer día del mes de abril del año dos mil once…

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Pero ocupémonos del caso específico del título de este post: ¿se dice o se escribe 1 de mayo o 1º de mayo?
Por lo expresado anteriormente, es correcto que digamos tanto 1 de mayo como 1º de mayo. Se podrá objetar: ¿entonces se dice indistintamente dos de mayo o segundo de mayo? No, ya que la R.A.E. solo hace esta aclaración para el primer día del mes, no para todos.

Si no pudiésemos decir 1º de mayo, ¿cómo denominaríamos entonces a la calle 1º de Mayo o a los edificios públicos (el teatro municipal de Santa Fe, por ejemplo) que lo llevan como nombre?
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Vale recordar también que los nombres de los meses (al igual que el de los días de la semana) se escriben con minúscula, salvo en ocasiones en que por razones ortográficas deban usarse indefectiblemente con mayúscula: a principio de oración (Enero es un mes caluroso), cuando se designa una fecha patria o una conmemoración importante (25 de Mayo) o cuando forma parte de un nombre propio (la calle 9 de Julio).

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SF

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Fuentes: Ortografía de la lengua española (R.A.E., 2010) – Diccionario panhispánico de dudas (R.A.E., 2005)

domingo 17 de abril de 2011

PROGRAMA LENGUA 4º AÑO 2011

Unidad 1: El discurso literario -La literatura: aproximaciones a su definición. El concepto de ficción. La polisemia. -Los géneros literarios: narrativo, lírico, dramático. “Al abrigo” de Juan José Saer; “Las seis cuerdas” de Federico García Lorca, “Bien pudiera ser” de Alfonsina Storni, “Los heraldos negros” de César Vallejo; “No hay que complicar la felicidad” de Marco Denevi.


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Unidad 2: Voces originarias -La literatura latinoamericana: encuentros y desencuentros. Polifonía e intertextualidad. -Los pueblos originarios: mitos y composiciones poéticas. “De cómo Ñamandú creó todas las cosas” (mito de creación del pueblo guaraní) y “Los hombres de maíz” (mito cosmogónico del pueblo maya-quiché). “Todo esto pasó con nosotros” (composición anónima maya) y “No había entonces enfermedad…” (poema anónimo maya del Chilam Balam) -Intertextos. La parodia y los procedimientos humorísticos en “La pésima suerte de Güiratá (falsa leyenda guaraní)” de Ricardo Mariño. “Las palabras” de Pablo Neruda, “Los indios/2” y “Cinco siglos de prohibición del arcoiris en el cielo americano” de Eduardo Galeano, “Discurso de un jefe indio frente a la conquista” (texto argumentativo).


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Unidad 3: Voces que cuentan -El Realismo y la literatura fantástica. El llamado “boom” latinoamericano: “Es que somos muy pobres” de Juan Rulfo, “La noche boca arriba” de Julio Cortázar, “Beatriz (la polución)" de Mario Benedetti, “Algo muy grave va a suceder en este pueblo” de Gabriel García Márquez, “Contar un cuento” de Augusto Roa Bastos, “El cerdito” de Juan Carlos Onetti. -Intertexto fílmico: “El amor en los tiempos del cólera” (2007) de Mike Newell, basada en la novela de Gabriel García Márquez.


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Unidad 4: Voces que cantan -Poesía y compromiso social: texto y contexto. Ritmo y musicalidad. Estrategias connotativas: recursos poéticos. “Versos sencillos” de José Martí, “El juego en que andamos” de Juan Gelman, “Considerando en frío imparcialmente…” de César Vallejo, “Tú me quieres blanca” de Alfonsina Storni. -La canción como resistencia: “Gente necesaria” y “Cielo blanco” de Hamlet Lima Quintana, “Rosa de Hiroshima” y “Ausencia” de Vinicius da Moraes, “Como la cigarra” de María Elena Walsh, “Gracias a la vida” de Violeta Parra, “Canción de las simples cosas” de César Isella y Armando Tejada Gómez, “La maza” y “Te doy una canción” de Silvio Rodríguez; “La memoria” de León Gieco.

GARCÍA LORCA, FEDERICO: Las seis cuerdas


La guitarra,

hace llorar a los sueños.

El sollozo de las almas

perdidas,

se escapa por su boca

redonda.

Y como la tarántula,

teje una gran estrella

para cazar suspiros,

que flotan en su negro

aljibe de madera.





(España, 1898/1936)

sábado 16 de abril de 2011

A LOS ANÓNIMOS...


Tenemos la satisfacción de que el blog es visitado por mucha gente -sobre todo, alumnos- de todo el mundo. Y no exageramos. No solo lo advertimos por el ClustrMaps sino por la gran cantidad de comentarios recibidos. Agradecemos sinceramente a todos aquellos que nos leen y a los que también se animan a comentar.
Pero sentimos necesario manifestar un deseo muy particular: a todos aquellos que comentan desde el anonimato les pedimos que se animen a dejar aunque sea el nombre de pila y el lugar desde donde nos escriben. No pedimos ni apellidos ni documentos, pero sí que ese frìo ser anónimo se convierta en una personita de carne y hueso. Sigan leyéndonos, sigan comentando, y no duden en advertirnos -como ya lo hicieron varios- los errores o temas que no compartan. Nos ayudan a crecer. Y si quieren continuar en el anonimato, adelante nomás, están en todo su derecho. Gracias por el acompañamiento de siempre.

domingo 20 de marzo de 2011

URTIZBEREA, Mex: Dentro de 50 años


Dentro de cincuenta años poco va a importar cuánta gente fue a la plaza, dará lo mismo quién ganó la batalla del rating este año, serán del olvido los bailes eróticos de Nazarena Vélez, los jugadores que no entraron en la lista para el mundial de Alemania, los legisladores que armaron su monobloque, y también El Código Da Vinci.

Lo que, definitivamente, sí estará presente es aquello que se haya hecho hoy por la educación.

Dentro de cincuenta años probablemente Kirchner sea el nombre de alguna avenida en Santa Cruz, Macri sea un apellido que se lea en una placa del club Boca Juniors o del Congreso, a Carrió se la podrá ver solo en fotos, a Ben Laden en una estampilla de correo privado de Medio Oriente y a Bush en una estatua en una plaza perdida de Texas.

Lo que sí podrá verse, en vivo y en directo, y será imposible no ver, es lo que hoy se haya hecho por la educación.

Dentro de cincuenta años usted y yo seremos un recuerdo, o un olvido, pero no lo serán nuestros hijos ni nuestros nietos: para ellos será este país mal educado o bien educado, según lo que hoy se haga por la educación.

Dentro de cincuenta años no quedará ni rastro del debate sobre si está bien o mal que un niño use celular, si Maradona se droga o no se droga, si María Eugenia Ritó es mejor vedette que Emilia Attias.

Lo que sí podrá encontrarse en cada rincón del país son los rastros del debate que se necesita abrir hoy sobre la educación.

Dentro de cincuenta años no será más que un número lo que se invierte ahora en seguridad, no le servirá a nadie lo que se haya gastado en campañas políticas, no será ni recuerdo qué comportamiento tuvo la Bolsa este año o a cuánto cotizaba el dólar.

Lo que sí se notará visiblemente es lo que hoy se invierta para educación.

Dentro de cincuenta años usted y yo seremos el pasado, como lo serán Kirchner y Macri, Nazarena Vélez, Carrió y el autor de El Código Da Vinci, y María Eugenia Ritó y los jugadores del Mundial, pero no lo serán nuestros hijos ni nuestros nietos: a ellos les tocará un presente de país educado, según lo que se haga hoy por la educación.

Y quien haga hoy algo por ella, quien muestre verdadero interés y se ponga a trabajar ahora apasionadamente para mejorarla, extenderla, financiarla, multiplicarla, quien se desvele para que llegue a todas partes, para que nadie quede afuera por razones económicas o geográficas, para que tenga calidad y que la calidad sea gratis, quien entienda que un país mal educado es un país condenado a muerte, y modifique este destino, entonces su nombre no será del olvido: dentro de cincuenta años estará presente en todos los rincones del país, será recordado con admiración y respeto.

Y no será solo estatua, o calle, o foto, o estampilla.

Dedicado a todos los que se dedican a la silenciosa tarea de educar...
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MEX URTIZBEREA

Nació en Buenos Aires el 25 de octubre de 1960. Es músico, actor y humorista.

viernes 25 de febrero de 2011

SOLO - SÓLO

La palabra solo puede ser un adjetivo o un adverbio:

Ejemplos:
No me gusta el café solo - Vive él solo en esa gran mansión - Solo nos llovió dos días - Contestá solo sí o no.

Se trata de una palabra grave terminada en vocal, por lo que, según las reglas generales de la acentuación, no debe llevar tilde.

En estas afirmaciones se sustenta uno de los cambios introducidos en la nueva “Ortografía de la lengua española” de la Real Academia Española (Madrid, Espasa Libros, 2010) al prescribir que “la palabra solo, tanto cuando es adverbio (Solo trabaja de lunes a viernes) como cuando es adjetivo (Está solo en casa todo el día) son voces que no deben llevar tilde según la regla de acentuación, por ser bisílabas llanas terminadas en vocal”.

Tradicionalmente, las reglas ortográficas venían prescribiendo el uso diacrítico de la tilde en el adverbio solo para poder diferenciarlo del adjetivo solo cuando en un mismo enunciado eran posibles ambas interpretaciones.
Por ejemplo:

Trabaja sólo los domingos. (Trabaja solamente los domingos)
Trabaja solo los domingos. (Trabaja sin compañía los domingos)

Sin embargo, la nueva “Ortografía” establece también que “a partir de ahora se podrá (y no ‘se deberá’) prescindir de la tilde en estas formas incluso en casos de doble interpretación. Las posibles ambigüedades son resueltas casi siempre por el propio contexto comunicativo (lingüístico o extralingüístico) en función del cual solo suele ser admisible una de las dos opciones interpretativas”.

Resumiendo, a partir de ahora no será obligación colocar tilde al adverbio solo para diferenciarlo del adjetivo solo, en virtud de que el contexto en que se utiliza un determinado enunciado con posibilidades de doble interpretación ayuda a su comprensión.
Así, los ejemplos citados más arriba (Trabaja sólo/solo los domingos) nunca aparecen aislados sino en una sucesión de enunciados que nos permitirán darnos cuenta de su verdadero significado:

—¿Qué días trabaja Pedro?
—Trabaja solo los domingos.

o

—¿Trabaja siempre solo?
—Trabaja solo los domingos.


Profesores: a no corregir más la falta de tilde en el adverbio solo (con valor de solamente)porque —a pesar de que no se comprenda— estará bien escrito.

(Fuente: “Ortografía de la lengua española” de la Real Academia Española. Madrid, Espasa Libros, 2010. pp. 269-270)
SF

jueves 10 de febrero de 2011

PIZARNIK, Alejandra: Mendiga voz

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Y aún me atrevo a amar
el sonido de la luz en una hora muerta,
el color del tiempo en un mundo abandonado.
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En mi mirada lo he perdido todo.
Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.
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(Argentina, 1936/1972)

PIZARNIK, Alejandra: 11

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ahora
en esta hora inocente
yo y la que fui nos sentamos
en el umbral de mi mirada
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(de "Árbol de Diana", 1962)
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(Argentina, 1936/1972)

sábado 15 de enero de 2011

BORGES, Jorge Luis: Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829/1874)


I'm looking for the face I hadBefore the world was made.
Yeats: The Winding Stair.
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El seis de febrero de 1829, los montoneros que, hostigados ya por Lavalle, marchaban desde el Sur para incorporarse a las divisiones de López, hicieron alto en una estancia cuyo nombre ignoraban, a tres o cuatro leguas del Pergamino; hacia el alba, uno de los hombres tuvo una pesadilla tenaz: en la penumbra del galpón, el confuso grito despertó a la mujer que dormía con él. Nadie sabe lo que soñó, pues al otro día, a las cuatro, los montoneros fueron desbaratados por la caballería de Suárez y la persecución duró nueve leguas, hasta los pajonales ya lóbregos, y el hombre pereció en una zanja, partido el cráneo por un sable de las guerras del Perú y del Brasil. La mujer se llamaba Isidora Cruz; el hijo que tuvo recibió el nombre de Tadeo Isidoro.
Mi propósito no es repetir su historia. De los días y noches que la componen, solo me interesa una noche; del resto no referiré sino lo indispensable para que esa noche se entienda. La aventura consta en un libro insigne; es decir, en un libro cuya materia puede ser todo para todos (1 Corintios 9:22), pues es capaz de casi inagotables repeticiones, versiones, perversiones. Quienes han comentado, y son muchos, la historia de Tadeo Isidoro, destacan el influjo de la llanura sobre su formación, pero gauchos idénticos a él nacieron y murieron en las selváticas riberas del Paraná y en las cuchillas orientales. Vivió, eso sí, en un mundo de barbarie monótona. Cuando, en 1874, murió de una viruela negra, no había visto jamás una montaña ni un pico de gas ni un molino. Tampoco una ciudad. En 1849, fue a Buenos Aires con una tropa del establecimiento de Francisco Xavier Acevedo; los troperos entraron en la ciudad para vaciar el cinto: Cruz, receloso, no salió de una fonda en el vecindario de los corrales. Pasó ahí muchos días, taciturno, durmiendo en la tierra, mateando, levantándose al alba y recogiéndose a la oración. Comprendió (más allá de las palabras y aun del entendimiento) que nada tenía que ver con él la ciudad. Uno de los peones, borracho, se burló de él. Cruz no le replicó, pero en las noches del regreso, junto al fogón, el otro menudeaba las burlas, y entonces Cruz (que antes no había demostrado rencor, ni siquiera disgusto) lo tendió de una puñalada. Prófugo, hubo de guarecerse en un fachinal: noches después, el grito de un chajá le advirtió que lo había cercado la policía. Probó el cuchillo en una mata: poro que no le estorbaran en la de a pie, se quitó las espuelas. Prefirió pelear a entregarse. Fue herido en el antebrazo, en el hombro, en la mano izquierda; malhirió a los más bravos de la partida; cuando la sangre le corrió entre los dedos, peleó con más coraje que nunca; hacia el alba, mareado por la pérdida de sangre, lo desarmaron. El ejército, entonces, desempeñaba una función penal; Cruz fue destinado a un fortín de la frontera Norte. Como soldado raso, participó en las guerras civiles; a veces combatió por su provincia natal, a veces en contra. El veintitrés de enero de 1856, en las Lagunas de Cardoso, fue uno de los treinta cristianos que, al mando del sargento mayor Eusebio Laprida, pelearon contra doscientos indios. En esa acción recibió una herida de lanza.
En su oscura y valerosa historia abundan los hiatos. Hacia 1868 lo sabemos de nuevo en el Pergamino: casado o amancebado, padre de un hijo, dueño de una fracción de campo. En 1869 fue nombrado sargento de la policía rural. Había corregido el pasado; en aquel tiempo debió de considerarse feliz, aunque profundamente no lo era. (Lo esperaba, secreta en el porvenir, una lúcida noche fundamental: la noche en que por fin vio su propia cara, la noche que por fin oyó su nombre. Bien entendida, esa noche agota su historia; mejor dicho, un instante de esa noche, un acto de esa noche, porque los actos son nuestro símbolo.) Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es. Cuéntase que Alejandro de Macedonia vio reflejado su futuro de hierro en la fabulosa historia de Aquiles; Carlos XII de Suecia, en la de Alejandro. A Tadeo Isidoro Cruz, que no sabía leer, ese conocimiento no le fue revelado en un libro; se vio a sí mismo en un entrevero y un hombre. Los hechos ocurrieron así:
En los últimos días del mes de junio de 1870, recibió la orden de apresar a un malevo, que debía dos muertes a la justicia. Era este un desertor de las fuerzas que en la frontera Sur mandaba el coronel Benito Machado. En una borrachera, había asesinado a un moreno en un lupanar; en otra, a un vecino del partido de Rojas; el informe agregaba que procedía de la Laguna Colorada. En este lugar, hacía cuarenta años, habíanse congregado los montoneros para la desventura que dio sus carne a los pájaros y a los perros; de ahí salió Manuel Mesa, que fue ejecutado en la plaza de la Victoria, mientras los tambores sonaban para que no se oyera su ira; de ahí, el desconocido que engendró a Cruz y que pereció en una zanja, partido el cráneo por un sable de las batallas del Perú y del Brasil. Cruz había olvidado el nombre del lugar; con leve pero inexplicable inquietud lo reconoció... El criminal, acosado por los soldados, urdió a caballo un largo laberinto de idas y de venidas; estos, sin embargo lo acorralaron la noche del doce de julio. Se había guarecido en un pajonal. La tiniebla era casi indescifrable; Cruz y ¡os suyos, cautelosos y a pie, avanzaron hacia las matas en cuya hondura trémula acechaba o dormía el hombre secreto. Gritó un chajá; Tadeo Isidoro Cruz tuvo la impresión de haber vivido ya ese momento. El criminal salió de la guarida para pelearlos. Cruz lo entrevió, terrible; la crecida melena y la barba gris parecían comerle la cara. Un motivo notorio me veda referir la pelea. Básteme recordar que el desertor malhirió o mató a varios de los hombres de Cruz. Este, mientras combatía en la oscuridad (mientras su cuerpo combatía en la oscuridad), empezó a comprender. Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro. Comprendió que las jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. Comprendió su íntimo destino de lobo, no de perro gregario; comprendió que el otro era él. Amanecía en la desaforada llanura; Cruz arrojó por tierra el quepis, gritó que no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra los soldados junto al desertor Martín Fierro.

jueves 13 de enero de 2011

CORTÁZAR, Julio: Grafiti


A Antoni Tàpies
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Tantas cosas que empiezan y acaso acaban como un juego, supongo que te hizo gracia encontrar un dibujo al lado del tuyo, lo atribuiste a una casualidad o a un capricho y sólo la segunda vez te diste cuenta que era intencionado y entonces lo miraste despacio, incluso volviste más tarde para mirarlo de nuevo, tomando las precauciones de siempre: la calle en su momento más solitario, acercarse con indiferencia y nunca mirar los grafitis de frente sino desde la otra acera o en diagonal, fingiendo interés por la vidriera de al lado, yéndote en seguida.
Tu propio juego había empezado por aburrimiento, no era en verdad una protesta contra el estado de cosas en la ciudad, el toque de queda, la prohibición amenazante de pegar carteles o escribir en los muros. Simplemente te divertía hacer dibujos con tizas de colores (no te gustaba el término grafiti, tan de crítico de arte) y de cuando en cuando venir a verlos y hasta con un poco de suerte asistir a la llegada del camión municipal y a los insultos inútiles de los empleados mientras borraban los dibujos. Poco les importaba que no fueran dibujos políticos, la prohibición abarcaba cualquier cosa, y si algún niño se hubiera atrevido a dibujar una casa o un perro, lo mismo lo hubieran borrado entre palabrotas y amenazas. En la ciudad ya no se sabía demasiado de qué lado estaba verdaderamente el miedo; quizás por eso te divertía dominar el tuyo y cada tanto elegir el lugar y la hora propicios para hacer un dibujo.
Nunca habías corrido peligro porque sabías elegir bien, y en el tiempo que transcurría hasta que llegaban los camiones de limpieza se abría para vos algo como un espacio más limpio donde casi cabía la esperanza. Mirando desde lejos tu dibujo podías ver a la gente que le echaba una ojeada al pasar, nadie se detenía por supuesto pero nadie dejaba de mirar el dibujo, a veces una rápida composición abstracta en dos colores, un perfil de pájaro o dos figuras enlazadas. Una sola vez escribiste una frase, con tiza negra: A mí también me duele. No duró dos horas, y esta vez la policía en persona la hizo desaparecer. Después solamente seguiste haciendo dibujos.
Cuando el otro apareció al lado del tuyo casi tuviste miedo, de golpe el peligro se volvía doble, alguien se animaba como vos a divertirse al borde de la cárcel o algo peor, y ese alguien como si fuera poco era una mujer. Vos mismo no podías probártelo, había algo diferente y mejor que las pruebas más rotundas: un trazo, una predilección por las tizas cálidas, un aura. A lo mejor como andabas solo te imaginaste por compensación; la admiraste, tuviste miedo por ella, esperaste que fuera la única vez, casi te delataste cuando ella volvió a dibujar al lado de otro dibujo tuyo, unas ganas de reír, de quedarte ahí delante como si los policías fueran ciegos o idiotas.
Empezó un tiempo diferente, más sigiloso, más bello y amenazante a la vez. Descuidando tu empleo salías en cualquier momento con la esperanza de sorprenderla, elegiste para tus dibujos esas calles que podías recorrer de un solo rápido itinerario; volviste al alba, al anochecer, a las tres de la mañana. Fue un tiempo de contradicción insoportable, la decepción de encontrar un nuevo dibujo de ella junto a alguno de los tuyos y la calle vacía, y la de no encontrar nada y sentir la calle aún más vacía. Una noche viste su primer dibujo solo; lo había hecho con tizas rojas y azules en una puerta de garage, aprovechando la textura de las maderas carcomidas y las cabezas de los clavos. Era más que nunca ella, el trazo, los colores, pero además sentiste que ese dibujo valía como un pedido o una interrogación, una manera de llamarte. Volviste al alba, después que las patrullas relegaron en su sordo drenaje, y en el resto de la puerta dibujaste un rápido paisaje con velas y tajamares; de no mirarlo bien se hubiera dicho un juego de líneas al azar, pero ella sabría mirarlo. Esa noche escapaste por poco de una pareja de policías, en tu departamento bebiste ginebra tras ginebra y le hablaste, le dijiste todo lo que te venía a la boca como otro dibujo sonoro, otro puerto con velas, la imaginaste morena y silenciosa, le elegiste labios y senos, la quisiste un poco.
Casi en seguida se te ocurrió que ella buscaría una respuesta, que volvería a su dibujo como vos volvías ahora a los tuyos, y aunque el peligro era cada vez mayor después de los atentados en el mercado te atreviste a acercarte al garage, a rondar la manzana, a tomar interminables cervezas en el café de la esquina. Era absurdo porque ella no se detendría después de ver tu dibujo, cualquiera de las muchas mujeres que iban y venían podía ser ella. Al amanecer del segundo día elegiste un paredón gris y dibujaste un triángulo blanco rodeado de manchas como hojas de roble; desde el mismo café de la esquina podías ver el paredón (ya habían limpiado la puerta del garage y una patrulla volvía y volvía rabiosa), al anochecer te alejaste un poco pero eligiendo diferentes puntos de mira, desplazándote de un sitio a otro, comprando mínimas cosas en las tiendas para no llamar demasiado la atención. Ya era noche cerrada cuando oíste la sirena y los proyectores te barrieron los ojos. Había un confuso amontonamiento junto al paredón, corriste contra toda sensatez y solo te ayudó el azar de un auto dando vuelta a la esquina y frenando al ver el carro celular, su bulto te protegió y viste la lucha, un pelo negro tironeado por manos enguantadas, los puntapiés y los alaridos, la visión entrecortada de unos pantalones azules antes de que la tiraran en el carro y se la llevaran.
Mucho después (era horrible temblar así, era horrible pensar que eso pasaba por culpa de tu dibujo en el paredón gris) te mezclaste con otras gentes y alcanzaste a ver un esbozo en azul, los trazos de ese naranja que era como su nombre o su boca, ella así en ese dibujo truncado que los policías habían borroneado antes de llevársela; quedaba lo bastante como para comprender que había querido responder a tu triángulo con otra figura, un círculo o acaso un espiral, una forma llena y hermosa, algo como un sí o un siempre o un ahora.
Lo sabías muy bien, te sobraría tiempo para imaginar los detalles de lo que estaría sucediendo en el cuartel central; en la ciudad todo eso rezumaba poco a poco, la gente estaba al tanto del destino de los prisioneros, y si a veces volvían a ver a uno que otro, hubieran preferido no verlos y que al igual que la mayoría se perdieran en ese silencio que nadie se atrevía a quebrar. Lo sabías de sobra, esa noche la ginebra no te ayudaría más a morderte las manos, a pisotear tizas de colores antes de perderte en la borrachera y en el llanto.
Sí, pero los días pasaban y ya no sabías vivir de otra manera. Volviste a abandonar tu trabajo para dar vueltas por las calles, mirar fugitivamente las paredes y las puertas donde ella y vos habían dibujado. Todo limpio, todo claro; nada, ni siquiera una flor dibujada por la inocencia de un colegial que roba una tiza en la clase y no resiste el placer de usarla. Tampoco vos pudiste resistir, y un mes después te levantaste al amanecer y volviste a la calle del garage. No había patrullas, las paredes estaban perfectamente limpias; un gato te miró cauteloso desde un portal cuando sacaste las tizas y en el mismo lugar, allí donde ella había dejado su dibujo, llenaste las maderas con un grito verde, una roja llamarada de reconocimiento y de amor, envolviste tu dibujo con un óvalo que era también tu boca y la suya y la esperanza. Los pasos en la esquina te lanzaron a una carrera afelpada, al refugio de una pila de cajones vacíos; un borracho vacilante se acercó canturreando, quiso patear al gato y cayó boca abajo a los pies del dibujo. Te fuiste lentamente, ya seguro, y con el primer sol dormiste como no habías dormido en mucho tiempo.
Esa misma mañana miraste desde lejos: no lo habían borrado todavía. Volviste al mediodía: casi inconcebiblemente seguía ahí. La agitación en los suburbios (habías escuchado los noticiosos) alejaban a la patrulla de su rutina; al anochecer volviste a verlo como tanta gente lo había visto a lo largo del día. Esperaste hasta las tres de la mañana para regresar, la calle estaba vacía y negra. Desde lejos descubriste otro dibujo, sólo vos podrías haberlo distinguido tan pequeño en lo alto y a la izquierda del tuyo. Te acercaste con algo que era sed y horror al mismo tiempo, viste el óvalo naranja y las manchas violetas de donde parecía saltar una cara tumefacta, un ojo colgando, una boca aplastada a puñetazos. Ya sé, ya sé ¿pero qué otra cosa hubiera podido dibujarte? ¿Qué mensaje hubiera tenido sentido ahora? De alguna manera tenía que decirte adiós y a la vez pedirte que siguieras. Algo tenía que dejarte antes de volverme a mi refugio donde ya no había ningún espejo, solamente un hueco para esconderme hasta el fin en la más completa oscuridad, recordando tantas cosas y a veces, así como había imaginado tu vida, imaginando que hacías otros dibujos, que salías por la noche para hacer otros dibujos.
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(Argentina, 1914/1984)

sábado 23 de octubre de 2010

IPARRAGUIRRE, Sylvia: El dueño del fuego


La mañana ya había empezado con un pequeño malestar. O por lo menos esto es lo que la ordenada mente de la doctora Dusseldorff pensaría más tarde al salir del aula. El edificio era antiguo y frío; altísimas persianas de hierro dejaban pasar como a desgano esa ambigua claridad del invierno que obligaba a encender las luces, a no mirarse las caras, a hablar sin levantar la voz. En un rincón, el portero forcejeaba con la estufa a kerosene. Los asistentes a la clase de etnolinguística de la doctora Dusseldorff, en efecto, hablaban sin mirarse, en voz muy
-¡Coño! -dijo el portero. La estufa exhibía un mecherito desarticulado y anacrónico. Una llama azul aparecía y desaparecía con pequeñas explosiones intermitentes. De golpe se apagó. Todos miraron a la doctora. El portero se levantó y dijo-: Ya vuelvo, voy hasta mi casa y traigo la mía. No se nos vaya a enfermar el aborigen. El pronombre reflexivo o algo en el acento espafiol del portero provocó discretas sonrisas entre los linguistas y antropólogos. La clase, Lengua y Cultura del Chaco Argentino, debía comenzar en unos minutos. Se contaba con un indio: el toba Marcelino Romero. No podía tardar. Considerando que viajaba desde Villa Insuperable, el trayecto le llevaba poco más de una hora.
A las diez y media en punto apareció en la puerta del aula. Era bajo y corpulento con una convencionalmente inexpresiva cara de indio. El pelo, renegrido y largo, contenido detrás de las orejas. Su aspecto era muy pulcro; llevaba medias y alpargatas. Murmuró un saludo y se dirigió a su asiento, a un costado del escritorio de la doctora. Sobre el pizarrón, un cuadro repetía en griego y castellano, la leyenda. "El hombre es la medida de todas las cosas". La doctora salió del aula. Cuando volvió, escoltada por el portero y el antropólogo de la cátedra, ya era, definitivamente, la doctora y profesora Brigitta Inge Dusseldorff, de la Universidad de Mainz, especialista en lenguas amerindias, cuya tesis Einige linguistiche indizien des Kurtunwandels in NordostNeuquinea (München, 1965) había impresionado vivamente a especialistas de todo el mundo. Otro de sus trabajos, Der Kulturwandel bei de Indianen des Gran Chaco (Sudamerika) seit der Konkista-Zeit (Mainz, 1969), era fervientemente citado por los alumnos de la Facultad quienes deseaban desentrañar algún día sus profundos conceptos. La doctora Dusseldorff era alta, huesuda, de pelo muy corto; anteojos y pies enormes. La universidad argentina se conmovía con su presencia. El portero, un paso detrás de ella, no le llegaba al hombro.
-Gracias -dijo en correctísimo castellano-. Puede retirarse.
Todos se acomodaron en sus asientos; el antropólogo también. La clase comenzaba.
-La clase anterior -dijo la doctora a quien le gustaba ir directamente al punto-, habíamos llegado hasta la parte de caza y pesca, armas e implementos, ¿verdad?
Todos dieron cabezadas afirmativas.
-Bien, hoy no usaremos cintas grabadas dijo la doctora-. Vamos a retomar con el propio informante la parte correspondiente a pesca, Por favor, señor Marcelino, ¿cómo se dice "pescar"?
El indio los miró, después miró inexpresivamente la pared y dijo: -Sokoenagan.
-Muy bien. Así que esto es "pescar".
El indio sacudió la cabeza. -No -dijo-. Yo voy a pescar.
-Ah, bien, la primera persona verbal. Entonces, usted va a pescar. -Lo señaló pero el indio no dijo nada-. Bien, pero, ¿cómo se dice "pescar"?, solamente eso.
-Sokoenagan -dijo el indio.
La doctora quedó con el bolígrafo en alto.
-Intentemos con la tercera persona. ¿Cómo decimos "él pesca"?
-Niemayó-rokoenagan -dijo el indio.
-Perfectamente -dijo la doctora y se explayó en consideraciones fonéticas. Durante los siguientes veinte minutos la clase avanzó muy lentamente.
-Recapitulemos -dijo, por fin, la doctora-. Pescar: sokoenagan; yo pesco: sokoenagan; tú pescas: aratá-sokoenagan; él pesca: niemayé-rokoenagan. Existe una glotalización con valor distintivo en...
El indio decía que no con la cabeza. Parecía que lo recapitulado no era correcto.
-¿Cómo? Dijo la doctora.
-Está sentada, todavía no fue -dijo el indio. Hubo un breve silencio.
-Un tiempo continuo o un elemento espacial en la conjugación -avisó la doctora a la clase-. Explíquese -dijo severamente. Por un momento pareció que iba a agregar "buen hombre" pero no fue así.
-Está sentado, pero todavía no fue a pescar. Está pensando -dijo el indio-, está pensando en ir a pescar. Lo estoy viendo cerca.
Alumnos y profesores se movieron inquietos. El informante no facilitaba las cosas hoy. Una de las alumnas intervino con evidentes deseos de coincidir con la doctora Dusseldorff. Era la alumna más adelantada. Había tenido la oportunidad de hablar a solas con la doctora y se había mencionado la posibilidad de una beca; hasta, quizás, un viaje a Alemania.
-¿Podrá ser, tal vez, un subsistema de presencia/ausencia del objeto nombrado?
-No creo que sea el caso dijo, con frialdad, la doctora.
El antropólogo, joven, pálido, de traje y bufanda, con experiencia de campo, intervino:
-Permítame, doctora. -Era un hombre que sabía manejarse con los indios.- ¿Qué querés decir cuando decís que lo estás viendo, Marcelino? -El antropólogo tuteaba al toba aunque debía tener veinte años menos. La doctora aprobó con una inclinación de cabeza la eficaz intervención masculina.
-Si no lo veo, digo de una manera distinta -dijo el indio. Y agregó:- Pero no pesca; va a ir a pescar.
Hubo un suspiro de alivio general. El antropólogo daba explicaciones a unas alumnas sentadas a su alrededor. Fumaba elegantemente. Conocía las últimas corrientes teóricas; sin embargo, añoraba la época de la Antropología Clásica y soñaba con reeditar a uno de aquellos refinados y eruditos dandies ingleses, capaces de internarse en lo más profundo y salvaje de la jungla, todo por la ciencia. El mismo ya había estado en el Impenetrable. Esto le otorgaba una secreta superioridad sobre la doctora, que sólo había trabajado con estadísticas, lenguajes procesados y computadoras. Los murmullos se generalizaron.
-Muy bien, Marcelino -dijo el antropólogo. Su tono contenía un premio.
La clase continuó. El indio permanecía sentado, inmóvil; la espalda, recta, no tocaba el respaldo de la silla.
-Pasemos a la caza -dijo la doctora, acomodándose los anteojos. El antropólogo sintió nuevamente que le correspondía tomar la palabra.
-Vos salías a cazar con tu abuelo, ¿no, Marcelino?
-Sí -dijo el indio.
-¿Había algún rito... -el antropólogo titubeó-, quiero decir, alguna reunión alguna ceremonia, antes de que fueran a cazar? Tu abuelo, ¿qué decía de esto?
-No -dijo el indio y miró vagamente a su alrededor.
Se produjo un corto silencio. La doctora intervino. Manifestó su interés en preguntar sobre la terminología referida a la caza. El antropólogo estuvo totalmente de acuerdo. Pero antes de que la doctora pudiese formular la primera pregunta, el toba, inesperadamente, comenzó a hablar. Hablaba en voz baja, con la mirada clavada en el piso. Explicó la enfermedad que se podía contraer por maleficio del animal perseguido. El se había enfermado de ese modo. La ciudad se parecía a la selva, dijo. Allá había que cuidarse de los bichos; acá hay que cuidarse de la gente. Recordó a su padre y a su abuelo, cuando lo llevaban a cazar. Ellos le habían enseñado cómo hacerlo. Pero él, después, había querido venirse. Salir del Chaco, de la tierra firme, y venirse, porque se había peleado con el capataz que era paraguayo y les daba trabajo nada más que a los paraguayos. No a los hermanos tobas, no a los argentinos.
La última palabra sonó extraña en el aula. Los presentes miraban al indio como si acabara de decir algo fuera de lugar, o como si empezaran a descubrir en él una cualidad que antes no habían percibido. En el aire flotaba una observación notable: ese indio era argentino.
-Me fui un domingo a hablarle -proseguía el toba. No había variado su actitud y su mirada permanecía fija en el suelo-. Y me pelié.
Trabajábamos toda la semana, no había domingo.
Estudiando su cuaderno de notas, la doctora dijo:
-Creo que nos vamos del tema. No se trata de historia personal sino de reconstrucción cultural. Miró al antropólogo que acudió otra vez en su auxilio.
-Está bien, Marcelino -dijo el antropólogo con cierta advertencia en el tono de su voz; tenía experiencia de campo y sabía cómo hablar con los indios-, está muy bien -ahora parecía dirigirse a una criatura-, pero queremos que nos cuentes cuando ibas a cazar; qué armas usabas, cómo se llamaban, ¿te acordás? Vos tenías dieciocho años cuando te viniste del Chaco.
-Sí, me vine -dijo el indio-. Yo no quise entrar en la transculturación. -Como llevadas por un mismo impulso, todas las cabezas se inclinaron; se tomó nota de esta palabra tan correctamente asimilada por el toba-. Yo reboté porque me pelié con el capataz. Llovía y mi abuelo y yo habíamos cargado todo el domingo. Mi abuelo y yo, entreverados con los otros, cargamos los vagones con los fardos, aunque llovía. Entonces me pelié y me vine a la ciudad, al Hotel de Inmigrantes; pero la pieza era muy chica, todo era muy chico. Uno quiere ver campo y no. Ve nada más que ciudad, por todos lados.
La clase estaba en suspenso. La doctora, impaciente, miró al indio y dijo con tono autoritario:
-Vamos a continuar con implementos y armas, pero antes probaremos con dos palabras para retomar la parte fonética. -Miró otra vez al indio.¿Cómo se dice "pez"?
El indio suspiró y se apoyó en el respaldo de la silla; después, metió las manos en los bolsillos del pantalón y cruzó una pierna sobre otra. No pareció un gesto oportuno en el contexto de la clase. Miró de frente a la doctora.
-Naiaq -dijo.
-Bien, entonces podríamos establecer: sokoenagan naiaq: yo pesco un pez. Observen que hay dos nasales en contacto -dijo con algo que podía parecerse al entusiasmo, la doctora.
-Si el pez está ahí y yo lo veo, sí -interrumpió el indio-, si no, no. -Todos lo miraron.- Hay otra forma -concluyó, finalmente, el toba.
-¿Cuál?-preguntó la doctora Dusseldorff. Sus ojos se habían achicado detrás de los enormes anteojos.
-Lacheogé-mnaiaq-ñiemayé-dokoeratak -dijo el indio. Algunos de los presentes creyeron advertir una sombra de sonrisa en su cara pétrea, pero sus ojos estaban serios y fijos.
-Parece que el informante no está bien dispuesto hoy para la parte linguística. Si quierre, profesorr podemos continuarr con implementos y armas -dijo la doctora, marcando tremendamente las erres.
Todos se relajaron. Sería lo mejor. La clase en pleno se daba cuenta de que la doctora estaba ligeramente fastidiada. Cuando esto ocurría, su lengua materna subía a la superficie. El informante debía colaborar, de otro modo era imposible organizar adecuadamente la parte fonética.
-Un merecido receso, doctora -dijo, sonriente, el antropólogo. Todos rieron. Una de las alumnas se ofreció para traer café. El antropólogo y la doctora se retiraron a un rincón, a hablar en voz baja. Dos estudiantes se acercaron al indio que permanecía sentado en su silla.
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-Andá al punto, Marcelino, no te vayas por las ramas que esto va a durar todo el día. -Le ofrecieron un cigarrillo y el toba aceptó, pero no se levantó de su silla. Cada tanto, un rápido parpadeo le modificaba la expresión.
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-Así que la ciudad no te gusta -le dijo uno de los estudiantes-, sin embargo vos acá podés trabajar y mantener a tu familia, ¿no Marcelino? Estás mejor que en el Chaco.
El indio dijo que sí con la cabeza. Miraba la punta del cigarrillo: -Pero cuando uno quiere ver campo, ve nada más que ciudad -dijo-, por todos lados ciudad.
Diez minutos más tarde, el antropólogo golpeó las manos académicamente.
-Continuamos -dijo.
Mientras todos se ubicaban, él mismo salió y se dirigió a Arqueología. Cuando volvió a entrar traía dos arcos, varias flechas, tres lanzas de diferentes tamaños y un lazo hecho de fibras vegetales con complicados nudos en los extremos.
-Bueno, Marcelino -dijo el antropólogo, colocándose frente al toba-, reconocés estos elementos, estas armas... sostenía el arco y las flechas delante de los ojos del indio. Desde la silla, el toba miró los objetos. Levantó una mano y tocó con la punta de los dedos el arco. Bajó la mano.
-Sí-dijo-, sí.
-¿Alguno te llama la atención en forma especial? -continuó preguntando el antropólogo.
El indio tomó una de las flechas, la más chica, sin plumas en el extremo. -Esta es una flecha para pescar.
-Perfectamente. ¿Se utiliza con este arco? La clase pasada dijiste que tu abuelo tenía todas estas cosas guardadas en su casa.
De repente, el indio se puso de pie y se inclinó sobre el antropólogo. Todos se sorprendieron; el antropólogo dio un brusco paso hacia atrás. E1 indio le habló en voz baja.
-Por supuesto, Marcelino -el antropólogo intentaba reír- por supuesto. -Marcelino pide permiso para quitarse el saco y estar más cómodo para reconocer el arco -informó a la clase.
Se oyeron unas risas aisladas, nerviosas. La doctora, completamente seria, anotaba algo en su libreta de apuntes. El indio colocó cuidadosamente el saco en el respaldo de la silla. Después tomó el arco. En las manos del indio, el arco dejó de ser una pieza de museo y se volvió un objeto vivo. Sus manos, anchas y morenas, lo recorrían parte por parte. No había ninguna afectación en ese reconocimiento. Su disposición era la de alguien que sabe muy bien lo que va a hacer. Con una mano sostuvo el arco y con la otra tomó las flechas.
-Esta es de caza -dijo sin dirigirse a nadie. Paradójicamente se veía mucho más corpulento sin el saco. Su cuello y sus hombros eran poderosos. En su frente, inclinada para observar mejor los objetos, se marcaba una vena desde el entrecejo hasta el nacimiento del pelo. Todos lo miraban con curiosidad. No parecía el mismo que hacía unos minutos contestaba pasivamente las preguntas de la doctora-. Y ésta es la de guerra. Al decirlo el indio miró al antropólogo. La flecha que sostenía era la más grande, con un penacho de plumas de colores en el extremo.- Mi abuelo decía que Peritnalik nos mandaba a la guerra a los hermanos. -Miró otra vez al antropólogo y después a todos; antes de que el antropólogo hablara, dijo.- Peritnalik, Dios, El Gran Padre, el que manda los espíritus a la llanura del indio.
Algunos tomaban notas. La mayoría clavaba una mirada ansiosa en el toba. No podía decirse que estuviera haciendo nada impropio, pero algo había en su manera de pararse y de tomar el arco que sobrepasaba los límites de una clase en el Instituto. El antropólogo se había sentado cerca de la puerta, a un costado del indio, y lo observaba. Trataba de aparentar interés pero era evidente que estaba algo desconcertado e incómodo.
El toba, con una destreza sorprendente, tensó la cuerda y la amarró al extremo del arco. Todos los ojos estaban fijos en sus manos. Una ligera inquietud se pintó en las caras. En realidad, nadie conocía bien a ese indio. Habían dado con él por casualidad y había resultado particularmente oportuno para ilustrar las clases de la doctora Dusseldorff. Como para retomar el hilo perdido de la clase, el antropólogo preguntó:
-Cómo se dice "flecha", Marcelino.
El indio levantó bruscamente la cabeza. Hichqená -dijo.
-Podemos establecer una comparación con la terminología mataca que...
El antropólogo debió interrumpirse. El indio, con las piernas separadas y firmemente plantado, tensaba el arco como probándolo. Una parte de su pelo, renegrido y duro -de tipo mongólico, pensó automáticamente el antropólogo- se había deslizado de atrás de su oreja y le caía sobre la cara. La mano oscura alrededor de la madera se veía enorme. Una energía insospechada hasta entonces -en las clases anteriores el indio había permanecido siempre respetuosamente sentado en su silla- irradió de su cuerpo, una fuerza recíproca entre su brazo y la tensión del arco, una especie de potencia masculina, en fin, que fastidiaba especialmente a la doctora Dusseldorff, habituada a las jerarquías asexuadas de la ciencia. Con voz gutural, el toba dijo:
-Kal'lok-y repitió más fuerte-, Kal'lok. Nadie anotaba ya las palabras. Con una agilidad que dejó a todos en suspenso, el indio se agachó y tomó una flecha, la más larga, con el penacho de plumas. El antropólogo se levantó de su silla. Estaba pálido. La doctora había dejado su cuaderno de notas sobre el escritorio.
-Creo que no es necesario... -empezó a decir.
-¡Ena...! ¡Ená...! ¡Peritnalik! -la voz profunda del toba rebotó en las paredes.
Varios cuadernos de notas cayeron al suelo. El indio había colocado la flecha de guerra en el arco y volvía a tensar la cuerda. Había quedado de perfil a la clase y en esa actitud era muy fácil imaginar su torso desnudo, como en un sobrerrelieve. La flecha ocupaba exactamente el vacío de la tensión. Su punta alcanzó casi la altura de los ojos del antropólogo. La doctora tenía la boca abierta.
-Hanak ená ña'alwá ekorapigem ramayé mnorék, ramayé lacheogé, ramayé pé habiák... murmuró la voz ronca del indio. Estaba inmóvil. Sólo sus ojos describieron, lentamente, un semicírculo que los abarcó a todos. Algunas cabezas iniciaron el movimiento de ocultarse tras la espalda de los que tenían delante. En el fondo del aula, una chica se puso de pie.
-Kal'lok -dijo el indio.
El silencio pesó como una losa.
El toba bajó, despacio, el brazo y destensó el arco. Con delicadeza sacó la flecha y la colocó junto a las otras. Apoyó el arco en el respaldo de la silla. Retiro el saco y se lo colgó del antebrazo.
El aula, de a poco, empezó a cobrar vida. Hubo carraspeos, personas que se inclinaban buscando en el suelo sus cuadernos de notas, algunas toses aisladas. El antropólogo, todavía pálido, encendió un cigarrillo y se aproximó al indio.
-Perfectamente, Marcelino, perfectamente -dijo.
Esto devolvió a la clase su capacidad de expresión. En general, se intentaba averiguar quién había tomado notas. Recorrió el aula la información de que lo dicho por el toba había sido una oración a Peritnalik. Algo como "...el dueño del fuego, el dueño de la noche y de la selva..." y también algo más, pero no se podía asegurar.
Rápidamente, se reunió el dinero con que se pagaba la colaboración de Marcelino Romero. Uno de los alumnos se lo entregó sin mirarlo.
El antropólogo y la doctora Dusseldorff salieron últimos. La clase no había sido satisfactoria. Consideraban, académicamente, la posibilidad de conseguir otro informante. Tal vez un mataco con mayor disposición. La buena disposición es fundamental para los fines científicos.
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de "En el invierno de las ciudades"de Sylvia Iparraguirre. Publicado por Ed. Galerna, 1988. ©.
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Argentina, 1947