domingo, 1 de noviembre de 2009

EL AMOR VIAJA POR MAIL

La tecnología inmoló a las cartas de amor. La agonía comenzó en 1876, cuando Alexander Graham Bell presentó en público su último invento: el teléfono. Había nacido un revolucionario artefacto que lograba que uno y otro se contactaran de inmediato, sin que importara a qué distancia estaban.
El comienzo de la comunicación telefónica significaba el fin de la comunicación postal. Rainer María Rilke lo anticipó en una carta fechada a fines de 1908. Y no se equivocó. Escribir cartas en cualquiera de sus variantes, desde las comerciales hasta las románticas, pasó a ser una costumbre del pasado. El teléfono lograba que tanto el saldo de las cuentas corrientes como las pasiones desmedidas se confesaran en un abrir y cerrar de ojos.
A mediados de este siglo ya no había quién escribiera cartas de amor. A fines de este siglo, cuando ese hábito ya se creía perdido, las cartas de amor regresaron con el arrebato y el fervor de antaño. Y los méritos de ese retorno son de Internet.
La historia del mundo también se puede cifrar en su correspondencia, desde las epístolas de San Pedro a los romanos hasta la carta que Franz Kafka nunca le envió a su padre.
Las cartas de amor son parte de esa historia. Ahí están las que Albert Einstein le escribía a Mileva Maric, las que Jean Paul Sartre desde su confinamiento alemán le enviaba a Simone de Beauvoir y las que Juan Domingo Perón, desde la cárcel de Martín García, le remitía a Evita.
Por sus propias cartas, sabemos de las aventuras románticas de Domingo Faustino Sarmiento, de Leopoldo Lugones, de Roberto Arlt y de Jorge Luis Borges. ¿Qué habría pasado si esas palabras se hubieran dicho por teléfono? Una vigorosa parte de la historia se habría perdido para siempre.
A pesar de esa pérdida, los enamorados eligieron el teléfono. Fue natural que sucediera así. El mensaje telefónico brindaba una inmediatez que de ninguna manera podía lograr el más eficaz de los correos. Cada vez que alguien leía tengo ganas de verte, de inmediato se preguntaba si aún persistían esas ganas: la carta había demorado una semana en llegar a destino. El teléfono anuló ese contratiempo. Todas las palabras de amor que se oían del otro lado de la línea correspondían al momento en que se estaban pronunciando.
Pero a las palabras se las lleva el viento. No es lo mismo oír te quiero por teléfono que leer te quiero en una carta. La primera expresión llega de inmediato pero se pierde en cuanto se pronuncia; la segunda tarda unos días, aunque una vez que llega se queda para siempre. Sobrevive incluso a quien la escribió y a quien la leyó. Por hablar en lugar de escribir, quedó silenciada para el futuro buena parte de la actual historia romántica.
Internet enmendó tamaño disparate. Gracias al correo electrónico es posible seducir otra vez por medio de la palabra escrita. Las palabras de amor, escoltadas con versos de Pablo Neruda o de T.S. Eliot, llegan a destino con la velocidad de la comunicación telefónica, y allí se quedan.
Aquellas viejas cartas se guardaban en un cofre con la secreta fantasía de que alguna vez las conocieran otros; muchas habían sido escritas exclusivamente para eso. Estos e-mails se pueden guardar en un disquete con la misma secreta fantasía.
Pero no sólo en velocidad el correo electrónico supera al tradicional. Además, destierra la excusa de que la carta nunca llegó a destino. El e-mail llega invariablemente, sólo retorna si la dirección es incorrecta.
Sin embargo, a la hora de confesar pasiones incontroladas es preciso controlar cómo se envía: el e-mail puede salir con copias. Mortifica que esas palabras tan especiales, escritas exclusivamente para la mujer amada, le lleguen también a un agente de bolsa, a un escribano o a cualquier otra dirección que figure en la libreta electrónica del imprudente enamorado.
Todas las cartas de amor son ridículas / no serían cartas de amor si no fuesen ridículas, postula Fernando Pessoa en un poema. Algunos versos después, reconoce: Pero, al fin, / sólo las criaturas que nunca escribieron / cartas de amor / son / ridículas. El e-mail hace posible que nuevamente se escriban ridículas cartas de amor; acaso una eficaz manera de que dejemos de ser, de una vez por todas, criaturas ridículas.
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