sábado, 11 de julio de 2015

CALLE 13: Latinoamérica


de "Entren los que quieran" (2011)

Soy lo que dejaron, 
soy toda la sobra de lo que se robaron. 
Un pueblo escondido en la cima.
Mi piel es de cuero
por eso aguanta cualquier clima. 
Soy una fábrica de humo, 
mano de obra campesina para tu consumo.
Frente de frío en el medio del verano, 
el amor en los tiempos del cólera, mi hermano. 
El sol que nace y el día que muere
con los mejores atardeceres. 
Soy el desarrollo en carne viva, 
un discurso político sin saliva. 
Las caras más bonitas que he conocido, 
soy la fotografía de un desaparecido. 
La sangre dentro de tus venas, 
soy un pedazo de tierra que vale la pena. 
Soy una canasta con frijoles. 
Soy Maradona contra Inglaterra
anotándote dos goles. 
Soy lo que sostiene mi bandera, 
la espina dorsal del planeta es mi cordillera. 
Soy lo que me enseñó mi padre:
el que no quiere a su patria no quiere a su madre. 
Soy América Latina, 
un pueblo sin piernas pero que camina. 

Tú no puedes comprar al viento. 
Tú no puedes comprar al sol. 
Tú no puedes comprar la lluvia. 
Tú no puedes comprar el calor. 
Tú no puedes comprar las nubes. 
Tú no puedes comprar los colores. 
Tú no puedes comprar mi alegría. 
Tú no puedes comprar mis dolores. 

Tengo los lagos, tengo los ríos. 
Tengo mis dientes pa` cuando me sonrío. 
La nieve que maquilla mis montañas. 
Tengo el sol que me seca y la lluvia que me baña. 
Un desierto embriagado con peyote.
Un trago de pulque para cantar con los coyotes.
Todo lo que necesito…
Tengo a mis pulmones respirando azul clarito. 
La altura que sofoca. 
Soy las muelas de mi boca mascando coca. 
El otoño con sus hojas desmayadas. 
Los versos escritos bajo la noche estrellada. 
Una viña repleta de uvas. 
Un cañaveral bajo el sol en Cuba. 
Soy el mar Caribe que vigila las casitas, 
haciendo rituales de agua bendita. 
El viento que peina mi cabello. 
Soy todos los santos que cuelgan de mi cuello. 
El jugo de mi lucha no es artificial, 
porque el abono de mi tierra es natural. 

Tú no puedes comprar al viento. 
Tú no puedes comprar al sol. 
Tú no puedes comprar la lluvia. 
Tú no puedes comprar el calor. 
Tú no puedes comprar las nubes. 
Tú no puedes comprar los colores. 
Tú no puedes comprar mi alegría. 
Tú no puedes comprar mis dolores. 

Não se pode comprar o vento.
Não se pode comprar o sol. 
Não se pode comprar a chuva. 
Não se pode comprar o calor. 
Não se pode comprar as nuvens. 
Não se pode comprar as cores. 
Não se pode comprar minha alegría. 
Não se pode comprar minhas dores. 

Tú no puedes comprar al sol. 
Tú no puedes comprar la lluvia. 
(Vamos dibujando el camino, 
vamos caminando) 
No puedes comprar mi vida. 
Mi tierra no se vende. 

Trabajo en bruto pero con orgullo, 
Aquí se comparte: lo mío es tuyo. 
Este pueblo no se ahoga con marullos, 
Y si se derrumba yo lo reconstruyo. 
Tampoco pestañeo cuando te miro, 
Para que te acuerdes de mi apellido. 
La Operación Cóndor invadiendo mi nido, 
¡perdono pero nunca olvido! 

(Vamos caminando) 
Aquí se respira lucha. 
(Vamos caminando) 
Yo canto porque se escucha. 

Aquí estamos de pie 
¡Que viva Latinoamérica! 

No puedes comprar mi vida.

Calle 13



viernes, 17 de abril de 2015

ANDERSON IMBERT, Enrique: Héroes


Teseo, que acababa de matar al Minotauro, se disponía a salir del laberinto siguiendo el hilo que había desovillado cuando oyó pasos y se volvió. Era Ariadna, que venía por el corredor reovillando su hilo.
—Querido —le dijo Ariadna, simulando que no estaba enterada del amorío con otra, simulando que no advertía el desesperado gesto de “¿y ahora qué?” de Teseo—, aquí tienes el hilo todo ovilladito otra vez.

(Argentina, 1910/2000)

miércoles, 15 de abril de 2015

MITOS


Los mitos son narraciones protagonizadas por personajes de carácter divino o heroico, que dan una explicación al origen del mundo, del hombre y de fenómenos naturales. Transcurren fuera del tiempo histórico —o sea, impreciso, como lo es el tiempo de los dioses— y, en algunos casos, en lugares no determinados.
En la antigüedad los mitos ofrecían respuestas a preguntas ancestrales, entre otras, cómo se crearon el cielo y la tierra. Estos mitos se llaman “mitos de origen”, que parten de la nada o del caos previo a la creación, que es obra de uno o de varios seres superiores o dioses. El hombre quiere saber por qué se producen los diferentes fenómenos de la naturaleza, en qué se transforma lo que él ve que desaparece. Es decir, se originan porque un pueblo necesita suplir una carencia propia, relacionada con su historia como comunidad o con las fuerzas de la naturaleza.
Hoy en día, los acontecimientos se explican por medio de la ciencia (geografía, física, química, filosofía…) y el análisis histórico. Pero como en la antigüedad algunas de estas ciencias no existían o estaban poco desarrolladas, surgieron los mitos: relatos que daban cuenta imaginariamente de todo aquello que parecía no tener explicación. Los mitos surgieron como respuestas colectivas de un pueblo o comunidad frente a lo inexplicable. Circulaban oralmente entre los habitantes y pasaban de generación en generación. Por eso —por el paso del tiempo— existen diversas versiones escritas de un mismo mito.

¿Verdad o ficción?

Para los habitantes de los antiguos pueblos, los relatos míticos no eran historias imaginarias, sino que constituían la base de su religión, y por lo tanto, tenían carácter de verdad. En aquella época, los mitos eran la base de la religión de los pueblos.
Actualmente, esos relatos fueron ficcionalizados y pasaron a formar parte de la literatura, que crea belleza a través del uso expresivo de las palabras. Se utiliza la imaginación para crear ficción. Con las palabras que lo componen se crea belleza, por eso el mito es un relato con intencionalidad estética.

Personajes mitológicos

Los relatos míticos tienen como protagonistas a los dioses o héroes de un pueblo.
Los dioses superan a los hombres en belleza, fuerza y poder. Pero, al igual que los humanos, poseen virtudes, defectos y pasiones
Los héroes son inferiores a los dioses y superiores a los hombres. Nacen de la unión de un dios y una mujer o entre un hombre y una diosa. Se destacan por su fuerza o por su astucia y siempre sus hazañas superan a las posibilidades humanas. Otros seres sobrenaturales están dotados de extraños poderes, como ser los elfos (que pertenecen a la mitología escandinava o nórdica), los centauros o las sirenas.

Algunos mitos:

Lutey y la sirena (mitología celta)
Apolo y Dafne (mitología griega)
Teseo y el Minotauro (mitología griega)

miércoles, 1 de abril de 2015

FONTANARROSA, ROBERTO: Palabras iniciales

“Puto el que lee esto”.
Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.
Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. “Puto el que lee esto” y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento...” Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.
Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ese es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.
No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf... el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar. “Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos”. Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo.
El lector no es mi amigo. El lector es alguien que les debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. “Puto el que lee esto.” Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones.
“Es un golpe bajo”, dirá algún crítico amanerado, de esos que gustan de Graham Greene o Kundera, de los que se masturban con Marguerite Yourcenar, de los que leen Paris Review y están suscriptos en Le Monde Diplomatique. ¡Sí, señor —les contesto—, es un golpe bajo! Y voy a pegarles uno, cien mil golpes bajos, para que me presten atención de una vez por todas. Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben hoy por hoy en el mundo y que se suman a los que ya han escrito y escribirán. Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos. No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos y novelas, no. Todos aspiraron a la posteridad, todos querían la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerías. Nadie decidió, modesto, incinerarse con sus escritos. Decir: “Me voy con rumbo a la quinta del Ñato y me llevo conmigo todo lo que escribía, no los molesto más con mi producción”, no. Ahí están los libros de Molière, de Cervantes, de Mallea, de Corín Tellado, jodiendo, rompiendo las pelotas todavía en las mesas de saldos.
Sabios eran los faraones que se enterraban con todo lo que tenían: sus perros, sus esposas, sus caballos, sus joyas, sus armas, sus pergaminos llenos de dibujos pelotudos, todo. Igual ejemplo deberían seguir los escritores cuando emprenden el camino hacia las dos dimensiones, a mirar los rabanitos desde abajo, otra buena frase por cierto. “Me voy, me muero, cagué la fruta —podría ser el postrer anhelo—. Que entierren conmigo mis escritos, mis apuntes, mis poemas, que total yo no estaré allí cuando alguien los recite en voz alta al final de una cena en los boliches”. Que los quemen, qué tanto. Es lo que voy a hacer yo, téngalo por seguro, señor lector. Millones de libros, entonces, de escritores importantes y sesudos, de mediocres, tontos y banales, de señoras al pedo que decidían escribir sus consejos para cocinar, para hacer punto cruz, para enseñar cómo forrar una lata de bizcochos. Pelotudos mayores que dedicaron toda su vida, toda, al estudio exhaustivo de la vida de los caracoles, de los mamboretás, de los canguros, de los caballos enanos. Pensadores que creyeron que no podían abandonar este mundo sin dejar a las generaciones futuras su mensaje de luz y de esclarecimiento. Mecánicos dentales que supusieron urgente plasmar en un libro el porqué de la vital adhesividad de la pasta para las encías, señoras evolucionadas que pensaron que los niños no podrían llegar a desarrollarse sin leer cómo el gnomo Prilimplín vive en una estrella que cuelga de un sicomoro, historiadores que entienden imprescindible comunicar al mundo que el duque de La Rochefoucauld se hacía lavativas estomacales con agua alcanforada tres veces por día para aflojar el vientre, biólogos que se adentran tenazmente en la insondable vida del gusano de seda peruano, que cuando te descuidás te la agarra con la mano.
Allí, a ese mar de palabras, adjetivos, verbos y ditirambos, señores, hay que lanzar el nuevo libro, el nuevo relato, la nueva novela que hemos escrito desde los redaños mismos de nuestros riñones. Allí, a ese interminable mar de volúmenes flacos y gordos, altos y bajos, duros y blandos, hay que arrojar el propio, esperando que sobreviva. Un naufragio de millones y millones de víctimas, manoteando desesperadamente en el oleaje, tratando de atraer la atención del lector desaprensivo, bobo, tarado, que gira en torno a una mesa de saldos o novedades con paso tardío, distraído, pasando apenas la yema de sus dedos innobles sobre la cubierta de los libros, cautivado aquí y allá por una tapa más luminosa, un título más acertado, una faja más prometedora. Finge. El lector finge. Finge erudición y, quizás, interés. Está atento, si es hombre, a la minita que en la mesa vecina hojea
frívolamente el último best-seller, a la señora todavía pulposa que parece abismarse en una novedad de autoayuda. Si es mujer, a la faja con el comentario elogioso del gurú de turno. Si es niño, a la musiquita maricona que despide el libro apenas lo abre con sus deditos de enano.
Y el libro está solo, feroz y despiadadamente solo entre los tres millones de libros que compiten con él para venderse. Sabe, con la sabiduría que le da la palabra escrita, que su tiempo es muy corto. Una semana, tal vez. Dos, con suerte. Después, si su reclamo no fue atractivo, si su oferta no resultó seductora, saldrá de la mesa exclusiva de las novedades VIP diríamos, para aterrizar en algún exhibidor alternativo, luego en algún estante olvidado, después en una mesa de saldos y por último, en el húmedo y oscuro depósito de la librería, nicho final para el intento fracasado. Ya vienen otros —le advierten—, vendete bien que ya vienen otros a reemplazarte, a sacarte del lugar, a empujarte hacia el filo de la mesa para que te caigas y te hagas mierda contra el piso alfombrado.
No desaparecerá tu libro, sin embargo, no, tenelo por seguro. Sea como fuere, es un símbolo de la cultura, un icono de la erudición, vale por mil alpargatas, tiene mayor peso específico que una empanada, una corbata o una licuadora. Irá, eso sí, con otros millones, al depósito oscuro y maloliente de la librería. No te extrañe incluso que vuelva un día, como el hijo pródigo, a la misma editorial donde lo hicieron. Y quede allí, al igual que esos residuos radioactivos que deben pasar una eternidad bajo tierra, encerrados en cilindros de baquelita, teflón y plastilina para que no contaminen el ambiente, hasta que puedan convertirse en abono para las macetas de las casas solariegas.
De última, reaparecerá de nuevo, Lázaro impreso, en la mano de algún boliviano indocumentado, junto a otros dos libros y una birome, como oferta por única vez y en carácter de exclusividad, a bordo de un ómnibus de línea o un tren suburbano, todo por el irrisorio precio de un peso. Entonces, caballeros, no esperen de mí una lucha limpia. No la esperen. Les voy a pegar abajo, mis amigos, debajo del cinturón, justo a los huevos, les voy a meter los dedos en los ojos y les voy a rozar con mi cabeza la herida abierta de la ceja.
“Puto el que lee esto”.
John Irving es una mentira, pero al menos no juega a ser repugnante como Bukowski ni atildadamente pederasta como James Baldwin. Y dice algo interesante uno de sus personajes por ahí, creo que en El mundo según Garp: “Por una sola cosa un lector continúa leyendo. Porque quiere saber cómo termina la historia”. Buena, John, me gusta eso. Te están contando algo, querido lector, de eso se trata. Tu amigo Chiquito te está contando, por ejemplo en el club, cómo al imbécil de Ernesto le rompieron el culo a patadas cuando se puso pesado con la mujer de Rodríguez. Vos te tenés que ir, porque tenés que trabajar, porque dejaste la comida en el horno, o el auto mal estacionado, o porque tu propia mujer te va a armar un quilombo de órdago si de nuevo llegás tarde como la vez pasada. Pero te quedás, carajo. Te quedás porque si hay algo que tiene de bueno el sorete de Chiquito es que cuenta bien, cuenta como los dioses y ahora te está explicando cómo el boludo de Ernesto le rozaba las tetas a la mujer de Rodríguez cada vez que se inclinaba a servirle vino y él pensaba que Rodríguez no lo veía. No te podés ir a tu casa antes de que Chiquito termine con su relato, entendelo. Mirás el reloj como buen dominado que sos, le pedís a Chiquito que la haga corta, calculás que ya te habrá llevado el auto la grúa, que ya se te habrá carbonizado la comida en el horno, pero te quedás ahí porque querés eso que el maricón de John Irving decía con tanta gracia: querés saber cómo termina la historia, querido, eso querés.
Entonces yo, que soy un literato, que he leído a más de un clásico, que he publicado más de tres libros, que escribo desde el fondo mismo de las pelotas, que me desgarro en cada narración, que estudio concienzudamente cómo se describe y cómo se lee, que me he quemado las pestañas releyendo a Ezra Pound, que puedo puntuar de memoria y con los ojos cerrados y en la oscuridad más pura un texto de setenta y ocho mil caracteres, que puedo dictaminar sin vacilación alguna cuándo me enfrento con un sujeto o con un predicado, yo, señores, premio Cinta de Plata 1989 al relato costumbrista, pese a todo, debo compartir cartel francés con cualquier boludo. Mi libro tendrá, como cualquier hijo de vecino, que zambullirse en las mesas de novedades junto a otros millones y millones de pares, junto al tratado ilustrado de cómo cultivar la calabaza y al horóscopo coreano de Sabrina Pérez, junto a las cien advertencias gastronómicas indispensables de Titina della Poronga y las memorias del actor iletrado que no puede hacer la O ni con el culo de un vaso, pero que se las contó a un periodista que le hace las veces de ghost writer. Y no estaré allí yo para ayudarlo, para decirle al lector pelotudo que recorre con su vista las cubiertas con un gesto de desdén obtuso en su carita: “Este es el libro. Este es el libro que debe comprar usted para que cambie su vida, caballero, para que se le abra el intelecto como una sandía, para que se ilustre, para que mejore su aliento de origen bucal, estimule su apetito sexual y se encame esta misma noche con esa potra soñada que nunca le ha dado bola”.
Y allí estará la frase, la que vale, la que pega. El derechazo letal del Negro Monzón en el entrecejo mismo del tano petulante, el trompadón insigne que sacude la cabeza hacia atrás y hacia adelante como perrito de taxi y un montón de gotitas de sudor, de agua y desinfectante que se desprenden del bocho de ese gringo que se cae como si lo hubiese reventado un rayo. “Puto el que lee esto”. Aunque después el relato sea un cuentito de burros maricones como el de Platero y yo, con el Angelus que impregna todo de un color malva plañidero. Aunque la novela después sea la historia de un seminarista que vuelve del convento. Aunque el volumen sea después un recetario de cocina que incluya alimentos macrobióticos.
No esperen, de mí, ética alguna. Solo puedo prometerles, como el gran estadista, sangre, sudor y lágrimas en mis escritos. El apetito por más y la ansiedad por saber qué es lo que va a pasar. Porque digo que es puto el que lee esto y lo sostengo. Y paso a contarles por qué lo afirmo, por qué tengo autoridad para decirlo y por qué conozco tanto sobre su intimidad, amigo lector, mucho más de lo que usted nunca hubiese temido imaginar. Sí, a usted le digo. Al que sostiene este libro ahora y aquí, el que está temiendo, en suma, aparecer en el renglón siguiente con nombre y apellido. Nombre y apellido. Con todas las letras y hasta con el apodo. A usted le digo.

(Rosario, Argentina, 1944/2007)

 Fuente: Página/12

sábado, 7 de febrero de 2015

LOS CIEN MEJORES CUENTOS DE LA LITERATURA UNIVERSAL

Según:

Un maravilloso regalo espero lo disfruten


A la deriva – Horacio Quiroga
Aceite de perro – Ambrose Bierce
Ante la ley – Franz Kafka
Bartleby el escribiente – Herman Melville
Bola de sebo – Guy de Mauppassant
Casa tomada – Julio Cortázar
Cómo se salvó Wang Fo – Marguerite Yourcenar
Continuidad de los parques – Julio Cortázar
Corazones solitarios – Rubem Fonseca
Dejar a Matilde – Alberto Moravia
Diles que no me maten – Juan Rulfo
El ahogado más hermoso del mundo – Gabriel García Márquez
El Aleph – Jorges Luis Borges
El almohadón de plumas – Horacio Quiroga
El artista del trapecio – Franz Kafka
El banquete – Julio Ramón Ribeyro
El barril amontillado – Edgar Allan Poe
El capote – Nikolai Gogol
El color que cayó del espacio – H.P. Lovecraft
El corazón delator – Edgar Allan Poe
El cuentista – Saki
El destino de un hombre - Mijail Sholojov
El día no restituido – Giovanni Papini
El diamante tan grande como el Ritz – Francis Scott Fitzgerald
El episodio de Kugelmass – Woody Allen
El escarabajo de oro – Edgar Allan Poe
El extraño caso de Benjamin Button – Francis Scott Fitzgerald
El gato negro – Edgar Allan Poe
El gigante egoísta – Oscar Wilde
El golpe de gracia – Ambrose Bierce
El guardagujas – Juan José Arreola
El horla – Guy de Maupassannt
El inmortal – Jorge Luis Borges
El jorobadito – Roberto Arlt
El nadador – John Cheever
El perseguidor – Julio Cortázar
El pirata de la costa – Francis Scott Fitzgerald
El pozo y el péndulo – Edgar Allan Poe
El príncipe feliz – Oscar Wilde
El rastro de tu sangre en la nieve – Gabriel García Márquez
El ruido del trueno – Ray Bradbury
El traje nuevo del emperador – Hans Christian Andersen
En el bosque – Ryonuosuke Akutakawa
En memoria de Paulina – Adolfo Bioy Casares
Encender una hoguera – Jack London
Enoch Soames – Max Beerbohm
Esa mujer – Rodolfo Walsh
Exilio – Edmond Hamilton
Funes el memorioso – Jorge Luis Borges
Harrison Bergeron – Kurt Vonnegut
La caída de la casa de Usher – Edgar Allan Poe
La capa – Dino Buzzati
La casa inundada – Felisberto Hernández
La colonia penitenciaria – Franz Kafka
La condena – Franz Kafka
La dama del perrito – Anton Chejov
La gallina degollada – Horacio Quiroga
La ley del talión – Yasutaka Tsutsui
La llamada de Cthulhu – H.P. Lovecraft
La lluvia de fuego – Leopoldo Lugones
La lotería – Shirley Jackson
La metamorfosis – Franz Kafka
La noche boca arriba – Julio Cortázar
La pata de mono – W.W. Jacobs
La perla – Yukio Mishima
La primera nevada – Julio Ramón Ribeyro
La tempestad de nieve – Alexander Puchkin
La tristeza – Anton Chejov
La última pregunta – Isaac Asimov
Las babas del diablo – Julio Cortázar
Las nieves del Kilimajaro – Ernest Hemingway
Las ruinas circulares – Jorge Luis Borges
Los asesinatos de la Rue Morgue – Edgar Allan Poe
Los asesinos – Ernest Hemigway
Los muertos – James Joyce
Macario – Juan Rulfo
Margarita o el poder de Farmacopea – Adolfo Bioy Casares
Markheim – Robert Louis Stevenson
Mecánica popular – Raymond Carver
Misa de gallo – J.M. Machado de Assis
Mr. Taylor – Augusto Monterroso
No hay camino al paraiso – Charles Bukowski
Parábola del trueque – Juan José Arreola
Paseo nocturno – Rubem Fonseca
Regreso a Babilonia – Francis Scott Fitzgerald
Solo vine a hablar por teléfono – Gabriel García Márquez
Tlön, Uqbar, Orbis Tertius – Jorge Luis Borges
Tobermory – Saki
Un marido sin vocación – Enrique Jardiel Poncela
Una rosa para Emilia – William Faulkner
Vecinos – Raymond Carver
Vendrán lluvias suaves – Ray Bradbury

Fuente:

viernes, 2 de enero de 2015

FELIPE, León: Vencidos

Por la manchega llanura 
se vuelve a ver la figura 
de Don Quijote pasar.

Y ahora ociosa y abollada
va en el rucio la armadura, 
y va ocioso el caballero,
sin peto y sin espaldar.

Va cargado de amargura, 
que allá encontró sepultura 
su amoroso batallar. 

Va cargado de amargura, 
que allá «quedó su ventura» 
en la playa de Barcino, frente al mar.

Por la manchega llanura 
se vuelve a ver la figura 
de Don Quijote pasar. 

Va cargado de amargura, 
va, vencido, el caballero
de retorno a su lugar. 

¡Cuántas veces, Don Quijote,
por esa misma llanura, 
en horas de desaliento
así te miro pasar! 
Y cuántas veces te grito:
¡Hazme un sitio en tu montura 
y llévame a tu lugar!

Hazme un sitio en tu montura, 
caballero derrotado.
Hazme un sitio en tu montura 
que yo también voy cargado de amargura 
y no puedo batallar.

Ponme a la grupa contigo, 
caballero del honor, 
ponme a la grupa contigo, 
y llévame a ser contigo pastor.

Por la manchega llanura 
se vuelve a ver la figura 
de Don Quijote pasar...

(España, 1884/1968)



martes, 12 de agosto de 2014

HIMNO A SAN MARTÍN (interpretrado por PEDRO AZNAR)


Yerga el Ande su cumbre más alta, 
dé la mar el metal de su voz 
y entre cielos y nieves eternas 
se alza el trono del Libertador. 

Suenen claras trompetas de gloria 
y levanten un himno triunfal, 
que la luz de la historia agiganta 
la figura del Gran Capitán. 

De las tierras del Plata a Mendoza, 
de Santiago a la Lima gentil,
fue sembrando en la ruta laureles 
a su paso triunfal, San Martín. 

San Martín, el Señor en la Guerra, 
por secreto designio de Dios, 
grande fue cuando el sol lo alumbraba 
y más grande en la puesta del sol. 

¡Padre augusto del pueblo argentino, 
héroe magno de la libertad! 
A su sombra la patria se agranda 
en virtud, en trabajo y en paz. 

¡San Martín! ¡San Martín! Que tu nombre 
honra y prez de los pueblos del sur 
aseguren por siempre los rumbos 
de la patria que alumbra tu luz. 

Música: Arturo Luzzatti 
Letra: Segundo M. Argarañaz

jueves, 17 de julio de 2014

LUTEY Y LA SIRENA (leyenda celta)


En otros tiempos, los pescadores de Cornualles solían peinar las algas acumuladas en la playa por si entre ellas había objetos valiosos arrastrados a tierra desde los muchos naufragios que eran el tributo impuesto por aquella cruel costa rocosa.
Un día, Lutey de Cury, que está próximo a Lizard Point, descubrió una adorable sirena varada en uno de los muchos charcos que forma la marea entre las rocas.
Era una preciosa criatura y le fue fácil convencer a Lutey para que la devolviese al mar en retirada. Apretándose contra él, le ofreció cumplirle tres deseos por su bondad, y Lutey, que era una buena persona, pidió primero tener la facultad de romper los embrujos; después, la facultad de obligar a los espíritus protectores de las brujas a hacer el bien a los demás, y tercero, que estas dos facultades las heredaran sus descendientes.
La sirena le concedió gustosa estos deseos, y en vista de que había elegido sabia y desinteresadamente, le añadió dos dones: primero, que nadie de su familia estaría necesitado jamás, y segundo, la forma de llamarla utilizando su peine mágico siempre que la necesitase. Le dio las gracias sinceramente y, llevándola en brazos sin esfuerzo, se encaminó hacia el mar.
Ahora bien, Lutey era un hombre bien parecido y fuerte. Y la sirena comenzó a sentir deseos de volverle a ver. Ella era una criatura realmente encantadora, con una pálida cabellera de tonos plateados, ojos grandes y verdes y una ronca voz líquida de gran dulzura. Cuando, por fin, llegaron a la orilla del mar, ella comenzó a suplicarle que se adentrase un poco más en el agua agarrándose a su cuello cuando se disponía a soltarla. Su voz era tan suave y tan dulce el movimiento de su cuerpo elástico entre sus brazos, que Lutey avanzó en el mar y se hubiera perdido para siempre si no hubiera sido porque su perro ladró furiosamente desde la ribera y le recordó a su esposa e hijos amados. Pero entonces la sirena se aferró a él con más fuerza queriendo arrastrarle hacia la mar gruesa, hasta que, al fin, Lutey desenvainó su cuchillo y la amenazó con él.
Era el cuchillo de hierro, metal repulsivo para los sirénidos, por lo que ella se lanzó rápidamente al mar gritando:

“¡Adiós, adiós!
¡Que sigas bien, mi amor!
Nueve años esperaré por ti
y te llevaré en mi corazón, amor.
¡Entonces, volveré!”.

Se realizaron todos los deseos de Lutey y su familia y sus descendientes se hicieron famosos sanadores. Pero también se cumplió la promesa de la sirena, ya que volvió a los nueve años del día en que la arrojó de sí. Pescando estaba con uno de sus hijos, cuando se alzó sobre las aguas verdes como sus ojos líquidos, agitó su sedosa cabellera y le hizo señas. Lutey se volvió hacia su hijo y le dijo: “Ya es la hora. Tengo que pagar mi deuda”. Pero no parecía nada triste al lanzarse al verde abismo con su amor de voz de plata.
También se dice que, desde entonces, cada nueve años se pierde en el mar un Lutey de Cury. Pero si se marcharon tan gozosamente como el primer Lutey, eso nadie lo sabe.

(Leyenda celta)

ANDERSON IMBERT, Enrique: Cassette



Año: 2132. Lugar: aula de cibernética. Personaje: un niño de nueve años.
Se llama Blas. Por el potencial de su genotipo ha sido escogido para la clase Alfa. O sea, que cuando crezca pasará a integrar ese medio por ciento de la población mundial que se encarga del progreso. Entretanto, lo educan con rigor. La educación, en los primeros grados, se limita al presente: que Blas comprenda el método de la ciencia y se familiarice con el uso de los aparatos de comunicación. Después, en los grados intermedios, será una educación para el futuro: que descubra, que invente. La educación en el conocimiento del pasado todavía no es materia para su clase Alfa: a lo más, le cuentan una que otra anécdota en la historia de la tecnología.
Está en penitencia. Su tutor lo ha encerrado para que no se distraiga y termine el deber de una vez. Blas sigue con la vista una nube que pasa. Ha aparecido por la derecha de la ventana y muy airosa se dirige hacia la izquierda. Quizás es la misma nube que otro niño, antes que él naciera, siguió con la vista en una mañana como esta y al seguirla pensaba en un niño de una época anterior que también la miró y en tanto la miraba creía recordar a otro niño que en otra vida... Y la nube ha desaparecido. 
Ganas de estudiar, Blas no tiene. Abre su cartera y saca, no el dispositivo calculador, sino un juguete. Es una cassette. 
Empieza a ver una aventura de cosmonautas. Cambia y se pone a escuchar un concierto de música estocástica. Mientras ve y oye, la imaginación se le escapa hacia aquellas gentes primitivas del siglo XX a las que justamente ayer se refirió el tutor en un momento de distracción. 
¡Cómo se habrán aburrido, sin esa cassette! 
"Allá, en los comienzos de la revolución tecnológica —había comentado el tutor— los pasatiempos se sucedían como lentos caracoles. Un pasatiempo cada cincuenta años: de la pianola a la grabadora, de la radio a la televisión, del cine mudo y monocromo al cine parlante y policromo.
¡Pobres! ¡Sin esta cassette cómo se habrán aburrido! 
Blas, en su vertiginoso siglo XXII, tiene a su alcance miles de entretenimientos. Su vida no transcurre en una ciudad sino en el centro del universo. La cassette admite los más remotos sonidos e imágenes; transmite noticias desde satélites que viajan por el sistema solar; emite cuerpos en relieve; permite que él converse, viéndose las caras, con un colono de Marte; remite sus preguntas a una máquina computadora cuya memoria almacena datos fonéticamente articulados y él oye las respuestas.
(Voces, voces, voces, nada más que voces pues en el año 2132 el lenguaje es únicamente oral: las informaciones importantes se difunden mediante fotografías, diagramas, guiños eléctricos, signos matemáticos.)
En vez de terminar el deber Blas juega con la cassette. Es un paralepípedo de 20 X 12 X 3 que, no obstante su pequeñez, le ofrece un variadísimo repertorio de diversiones.
Sí, pero él se aburre. Esas diversiones ya están programadas. Un gobierno de tecnócratas resuelve qué es lo que debe ver y oír. Blas da vueltas a la cassette entre las manos. La enciende, la apaga. ¡Ah, podrán presentarle cosas para que él piense sobre ellas pero no obligarlo a que piense así o asá!
Ahora, por la derecha de la ventana, reaparece la nube. No es nube, es él, él mismo que anda por el aire. En todo caso, es alguien como él, exactamente como él. De pronto a Blas se le iluminan los ojos: 
—¿No sería posible —se dice mejorar esta cassette, hacerla más simple, más cómoda, más personal, más íntima, más libre, sobre todo más libre? 
Una cassette también portátil, pero que no dependa de ninguna energía microelectrónica: que funcione sin necesidad de oprimir botones; que se encienda apenas se la toque con la mirada y se apague en cuanto se le quite la vista de encima; que permita seleccionar cualquier tema y seguir su desarrollo hacia adelante, hacia atrás repitiendo un pasaje agradable o saltándose uno fastidioso... Todo esto sin molestar a nadie, aunque se esté rodeado de muchas personas, pues nadie, sino quien use tal cassette, podría participar en la fiesta. Tan perfecta sería esa cassette que operaría directamente dentro de la mente. Si reprodujera, por ejemplo, la conversación entre una mujer de la Tierra y el piloto de un navío sideral que acaba de llegar de la nebulosa Andrómeda, tal cassette la proyectaría en una pantalla de nervios. La cabeza se llenaría de seres vivos. Entonces uno percibiría la entonación de cada voz, la expresión de cada rostro, la descripción de cada paisaje, la intención de cada signo... Porque claro, también habría que inventar un código de signos. No como esos de la matemática sino signos que transcriban vocablos: palabras impresas en láminas cosidas en un volumen manual. Se obtendría así una portentosa colaboración entre un artista solitario que crea formas simbólicas y otro artista solitario que las recrea...
—¡Esto sí que será una despampanante novedad! —exclama el niño—. El tutor me va a preguntar: "¿Terminaste ya tu deber?" "No", le voy a contestar. Y cuando rabioso por mi desparpajo, se disponga a castigarme otra vez, ¡zas! lo dejo con la boca abierta: "¡Señor, mire en cambio qué proyectazo le traigo!"...

(Blas nunca ha oído hablar de su tocayo Blas Pascal, a quien el padre encerró para que no se distrajera con las ciencias y estudiase las lenguas. Blas no sabe que así como en 1632 aquel otro Blas de nueve años, dibujando con tiza en la pared, reinventó la Geometría de Euclides, él, en 2132, acaba de reinventar el libro.)

(Argentina, 1910/2000)

GÜIRALDES, Ricardo: El pozo


Sobre el brocal desdentado del viejo pozo, una cruz de palo roída por la carcoma miraba en el fondo su imagen simple.
Todo una historia trágica.
Hacía mucho tiempo, cuando fue recién herida la tierra y pura el agua como sangre cristalina, un caminante sudoroso se sentó en el borde de piedra para descansar su cuerpo y refrescar la frente con el aliento que subía del tranquilo redondel.
Allí le sorprendieron: el cansancio, la noche y el sueño; su espalda resbaló al apoyo y el hombre se hundió, golpeando blandamente en las paredes hasta romper la quietud del disco puro.
Ni tiempo para dar un grito o retenerse en las salientes, que le rechazaban brutalmente después del choque. Había rodado llevando consigo algunos pelmazos de tierra pegajosa.
Aturdido por el golpe, se debatió sin rumbo en el estrecho cilindro líquido hasta encontrar la superficie. Sus dedos espasmódicos, en el ansia agónica de sostenerse, horadaron el barro rojizo. Luego quedó exánime, solo emergida la cabeza, todo el esfuerzo de su ser concentrado en recuperar el ritmo perdido de su respiración.
Con su mano libre tanteó el cuerpo, en que el dolor nacía con la vida.
Miró hacia arriba; el mismo redondel de antes, más lejano, sin embargo, y en cuyo centro la noche hacía nacer una estrella tímidamente.
Los ojos se hipnotizaron en la contemplación del astro pequeño, que dejaba, hasta el fondo, caer su punto de luz.
Unas voces pasaron no lejos, desfiguradas, tenues; un frío le mordió del agua y gritó un grito que, a fuerza de terror, se le quedó en la boca.
Hizo un movimiento y el líquido onduló en torno, denso como mercurio. Un pavor místico contrajo sus músculos, e impelido por pesa nueva y angustiosa fuerza, comenzó el ascenso, arrastrándose a lo largo del estrecho tubo húmedo; unos dolores punzantes abriéndole las carnes, mirando el fin siempre lejano como en las pesadillas.
Más de una vez, la tierra insegura cedió a su peso, crepitando abajo en lluvia fina; entonces suspendía su acción tendido de terror, vacío el pecho, y esperaba inmóvil la vuelta de sus fuerzas.
Sin embargo, un mundo insospechado de energías nacía a cada paso, y como por impulso adquirido maquinalmente, mientras se sucedían las impresiones de esperanza y desaliento, llegó al brocal, exhausto, incapaz de saborear el fin de sus martirios.
Allí quedaba, medio cuerpo de fuera, anulada la voluntad por el cansancio, viendo delante suyo la forma de un Aguaribay como cosa irreal...
Alguien pasó ante su vista, algún paisano del lugar seguramente, y el moribundo alcanzó a esbozar un llamado. Pero el movimiento de auxilio que esperaba fue hostil. El gaucho, luego de santiguarse, resbalaba del cinto su facón, cuya empuñadura, en cruz, tendió hacia el maldito.
El infeliz comprendió, hizo el último y sobrehumano esfuerzo para hablar; pero una enorme piedra vino a golpearle en la frente, y aquella visión de infierno desapareció como sorbida por la tierra.
Ahora, todo el pago conoce el pozo maldito; y sobre su brocal, desdentado por los años de abandono, una cruz de madera semipodrida defiende a los cristianos contra las apariciones del malo.

(Argentina, 1886/1927)

ASIMOV, Isaac: Cómo se divertían


Margie incluso lo escribió aquella noche en su diario, en la página encabezada con la fecha 17 de mayo de 2157. «¡Hoy, Tommy ha encontrado un libro auténtico!». Era un libro muy antiguo. El abuelo de Margie le había dicho una vez que, siendo pequeño, su abuelo le contó que hubo un tiempo en que todas las historias se imprimían en papel.
Volvieron las páginas, amarillas y rugosas, y se sintieron tremendamente divertidos al leer palabras que permanecían inmóviles, en vez de moverse como debieran, sobre una pantalla. Y cuando se volvía a la página anterior, en ella seguían las mismas palabras que se habían leído por primera vez.
—¡Será posible! —comentó Tommy—. ¡Vaya despilfarro! Una vez acabado el libro, solo sirve para tirarlo, creo yo. Nuestra pantalla de televisión habrá contenido ya un millón de libros, y todavía le queda sitio para muchos más. Nunca se me ocurriría tirarla.
—Ni a mí la mía —asintió Margie.
Tenía once años y no había visto tantos libros de texto como Tommy, que ya había cumplido los trece.
—¿Dónde lo encontraste? —preguntó la chiquilla.
—En mi casa —respondió él sin mirarla, ocupado en leer—. En el desván.
—¿Y de qué trata?
—De la escuela.
Margie hizo un mohín de disgusto.
—¿De la escuela? ¡Mirá que escribir sobre la escuela! Odio la escuela.
Margie siempre había odiado la escuela, pero ahora más que nunca. El profesor mecánico le había señalado tema tras tema de geografía, y ella había respondido cada vez peor, hasta que su madre, meneando muy preocupada la cabeza, llamó al inspector.
Se trataba de un hombrecillo rechoncho, con la cara encarnada y armado con una caja de instrumental, llena de diales y alambres. Sonrió a Margie y le dio una manzana, llevándose luego aparte al profesor. Margie había esperado que no supiera recomponerlo. Sí que sabía. Al cabo de una hora poco más o menos, allí estaba de nuevo, grande, negro y feo, con su enorme pantalla, en la que se inscribían todas las lecciones y se formulaban las preguntas. Pero eso, al fin y al cabo no era tan malo. Margie detestaba sobre todo la ranura donde tenía que depositar los deberes y los ejercicios.
Había que transcribirlos siempre al código de perforaciones que la obligaron a aprender cuando tenía seis años. El profesor mecánico calculaba la nota en menos tiempo que se precisa para respirar.
El inspector sonrió una vez acabada su tarea y luego, dando una palmadit en la cabeza de Margie, dijo a su madre:
—No es culpa de la niña, señora Jones. Creo que el sector geografía se había programado con demasiada rapidez. A veces ocurren estas cosas. Lo he puesto más despacio, a la medida de diez años. Realmente, el nivel general de los progresos de la pequeña resulta satisfactorio por completo...
Y volvió a dar una palmadita en la cabeza de Margie. Esta se sentía desilusionada. Pensaba que se llevarían al profesor. Así lo habían hecho con el de Tommy, por espacio de casi un mes, debido a que el sector de historia se había desajustado.
—¿Por qué iba a escribir alguien sobre la escuela? —preguntó a Tommy.
El chico la miró con aire de superioridad.
—Porque es una clase de escuela muy distinta a la nuestra, estúpida. El tipo de escuela que tenían hace cientos y cientos de años.
Y añadió campanudamente, recalcando las palabras:
—Hace siglos.
Margie se ofendió.
—De acuerdo, no sé qué clase de escuela tenían hace tanto tiempo —leyó por un momento el libro por encima del hombro de Tommy y comentó—. De todos modos, había un profesor.
—¡Pues claro que había un profesor! Pero no se trataba de un maestro normal. Era un hombre.
—¿Un hombre? ¿Cómo podía ser profesor un hombre?
—Bueno... Les contaba cosas a los chicos y a las chicas y les daba deberes para casa y les hacía preguntas.
—Un hombre no es lo bastante listo para eso.
—Seguro que sí. Mi padre sabe tanto como mi maestro.
—No lo creo. Un hombre no puede saber tanto como un profesor.
—Apuesto a que mi padre sabe casi tanto como él.
Margie no estaba dispuesta a discutir tal aserto. Así que dijo:
—No me gustaría tener en casa a un hombre extraño para enseñarme.
Tommy lanzó una aguda carcajada.
—No tienes ni idea, Margie. Los profesores no vivían en casa de los alumnos. Trabajaban en un edificio especial, y todos los alumnos iban allí a escucharles.
—¿Y todos los alumnos aprendían lo mismo?
—Claro. Siempre que tuvieran la misma edad...
—Pues mi madre dice que un profesor debe adaptarse a la mente del chico o la chica a quien enseña y que a cada alumno hay que enseñarle de manera distinta.

—En aquella época no lo hacían así. Pero si no te gusta, no tienes por qué leer el libro.
—Yo no dije que no me gustara —respondió con presteza Margie.
Todo lo contrario. Ansiaba enterarse de más cosas sobre aquellas divertidas escuelas. Apenas habían llegado a la mitad, cuando la madre de Margie llamó:
—¡Margie! ¡La hora de la escuela!
—Todavía no, mamá —suplicó Margie, alzando la vista.
—¡Ahora mismo! —ordenó la señora Jones—. Probablemente es también la hora de Tommy.
—¿Me dejarás leer un poco más del libro después de la clase? —pidió Margie a Tommy.
—Ya veremos —respondió él con displicencia.
Y se marchó acto seguido, silbando y con su polvoriento libro bajo el brazo. Margie entró en la sala de clase, próxima al dormitorio. El profesor mecánico ya la estaba esperando. Era la misma hora de todos los días, excepto el sábado y el domingo, pues su madre decía que las pequeñas aprendían mejor si lo hacían a horas regulares.
Se iluminó la pantalla y una voz dijo:
—La lección de aritmética de hoy tratará de la suma de fracciones propias. Por favor, coloque los deberes señalados ayer en la ranura correspondiente.
Margie obedeció con un suspiro. Pensaba en las escuelas antiguas, cuando el abuelo de su abuelo era un niño, cuando todos los chicos de la vecindad salían riendo y gritando al patio, se sentaban juntos en clase y regresaban en mutua compañía a casa al final de la jornada. Y como aprendían las mismas cosas, podían ayudarse mutuamente en los deberes y comentarlos.
Y los maestros eran personas...
El profesor mecánico destelló sobre la pantalla:
—Cuando sumamos las fracciones una mitad y un cuarto.
Margie siguió pensando en lo mucho que tuvo que gustarles la escuela a los chicos en los tiempos antiguos. Siguió pensando en cómo se divertían.

(Rusia, 1920/EE.UU., 1992)