sábado, 5 de marzo de 2016

DÉDALO E ÍCARO


Dédalo era el arquitecto, artesano e inventor muy hábil que vivía en Atenas. Aprendió su arte de la misma diosa Atenea. Era famoso por construir el laberinto de Creta e inventar naves que navegaban bajo el mar. Se casó con una mujer de Creta, Ariadna y tuvo dos hijos llamados Ícaro y Yápige.
Su sobrino Talos era su discípulo, gozaba del don de la creación, era la clase de hijo con que Dédalo soñaba. Pero pronto resultó más inteligente que el mismo Dédalo, porque con solo doce años de edad invento la sierra, inspirándose en la espina de los peces; sintió mucha envidia de él tras compararlo con su hijo.
Una noche subieron el tejado y desde allí; divisando Atenas, veían las aves e imaginaban distintos mecanismos para volar. Ícaro se marchó cansado, y después de engañar Dédalo a Talos, lo mató empujándole desde lo alto del tejado de la Acrópolis. Al darse cuenta del gran error que había cometido, para evitar ser castigado por los atenienses, huyeron a la isla de Creta, donde el rey Minos los recibió muy amistosamente y les encargó muchos trabajos.
El rey Minos, que había ofendido al rey Poseidón, recibió como venganza que la reina Pasifae, su esposa, se enamorara de un toro. Fruto de este amor nació el Minotauro, un monstruo mitad hombre y mitad toro.
Durante la estancia de Dédalo e Ícaro en Creta, el rey Minos les reveló que tenía que encerrar al Minotauro. Para encerrarlo, Minos ordenó a Dédalo construir un laberinto formado por muchísimos pasadizos dispuestos de una forma tan complicada que era imposible encontrar la salida. Pero Minos, para que nadie supiera como salir de él, encerró también a Dédalo y a su hijo Ícaro.
Estuvieron allí encerrados durante mucho tiempo. Desesperados por salir, se le ocurrió a Dédalo la idea de fabricar unas alas, con plumas de pájaros y cera de abejas, con las que podrían escapar volando del laberinto de Creta.
Antes de salir, Dédalo le advirtió a su hijo Ícaro que no volara demasiado alto, porque si se acercaba al Sol, la cera de sus alas se derretiría y tampoco demasiado bajo porque las alas se les mojarían y se harían demasiado pesadas para poder volar.
Empezaron el viaje y al principio Ícaro obedeció sus consejos, volaba al lado suyo, pero después empezó a volar cada vez más alto y olvidándose de los consejos de su padre, se acercó tanto al Sol que se derritió la cera que sujetaba las plumas de sus alas, cayó al mar y se ahogó.
Dédalo recogió a su hijo y lo enterró en una pequeña isla que mas tarde recibió el nombre de Icaria.
Después de la muerte de Ícaro, Dédalo llegó a la isla de Sicilia, donde vivió hasta su muerte en la corte del rey Cócalo.

Mafalda


jueves, 3 de marzo de 2016

ECO Y NARCISO


Eco era una ninfa que habitaba en el bosque junto a otras ninfas amigas y le gustaba cazar por lo que era una de las favoritas de la diosa Artemisa...
Pero Eco tenía un grave defecto: era muy conversadora y además en cualquier conversación o discusión, siempre quería tener la última palabra.
Cierto día, la diosa Hera salió en busca de su marido Zeus, al que le gustaba divertirse entre las ninfas. Cuando Hera llegó al bosque de las ninfas, Eco, la entretuvo con su conversación mientras las ninfas huían del lugar.
Cuando Hera descubrió su trampa la condenó diciendo:
-Por haberme engañado y a partir de este momento, perderás el uso de la lengua. Y ya que te gusta tanto tener la última palabra, solo podrás responder con la última palabra que escuches ¡Jamás podrás volver a hablar en primer lugar!
Narciso era un joven cuya madre, ansiosa por averiguar el destino de su hijo, consultó al adivino ciego Tiresias:
-¿Vivirá hasta la ancianidad?» -le preguntó.
-Hasta tanto no se conozca a sí mismo -replicó Tiresias.
De modo que la madre se aseguró de que el hijo no viera nunca su imagen en el espejo. Al crecer, el chico resultó ser extraordinariamente hermoso y despertaba amor en todos cuantos lo conocían. Aunque nunca había visto su cara, podía adivinar a través de las reacciones ajenas que era bello; pero nunca se sentía seguro, de modo que para ganar confianza y seguridad en sí mismo dependía de que los demás le dijeran cuán bello era. En consecuencia, se convirtió en un joven absorbido por su propia persona.
Eco, con su maldición a cuestas se dedicó a la cacería recorriendo montes y bosques. Un día vio a un hermoso joven llamado Narciso y se enamoró perdidamente de él. Deseó fervientemente poder conversar con él, pero tenía la palabra vedada. Entonces comenzó a perseguirlo esperando que Narciso le hablara en algún momento.
En cierto momento, en que Narciso estaba solo en el bosque y escuchó un crujir de ramas a sus espaldas, gritó:
-¿Hay alguien aquí?
Eco respondió:
-Aquí.
Como Narciso no vio a nadie volvió a gritar:
-Ven.
Y Eco contestó:
-Ven.
Como nadie se acercaba, Narciso dijo:
-¿Por qué huyes de mí? Unámonos.
La ninfa, loca de amor se lanzó entre sus brazos diciendo:
-Unámonos.
Narciso dio un salto hacia atrás diciendo:
-¡Aléjate de mi! ¡Prefiero morirme a pertenecerte!
Ante el fuerte rechazo de Narciso, Eco sintió una vergüenza tan grande que llorando se recluyó en las cavernas y en los picos de las montañas. La tristeza consumió su cuerpo hasta pulverizarlo. Solo quedó su voz para responder con la última palabra a cualquiera que le hable y por eso desde entonces cuando hablamos en cavernas y montañas escuchamos cómo Eco nos responde siempre, pero solo a nuestra última palabra.......
Narciso no solo rechazó a Eco, sino que su crueldad se manifestó también entre otras ninfas que se enamoraron de él. Una de esas ninfas, que había intentado ganar su amor sin lograrlo le suplicó a la diosa Hera que Narciso sintiera algún día lo que era amar sin ser correspondido y la diosa respondió favorablemente a su súplica.
Escondida en el bosque, había una fuente de agua cristalina. Tan clara y mansa era la fuente que parecía un espejo. Un día Narciso se acercó a beber y al ver su propia imagen reflejada pensó que era un espíritu del agua que habitaba en ese lugar. Quedó extasiado al ver ese rostro perfecto. Los rubios cabellos ondulados, el azul profundo de sus ojos y se enamoró perdidamente de esa imagen. Deseó alejarse, pero la atracción que ejercía sobre él era tan fuerte que no lograba separase, sino que por el contrario deseó besar y abrazar con todas sus fuerzas esa imagen que veía. Se había enamorado de sí mismo.
Desesperado, Narciso comenzó a hablarle:
-¿Por qué huyes de mí, hermoso espíritu de las aguas? Si sonrío, sonríes. Si estiro mis brazos hacia ti, tú también los estiras. No comprendo. Todas las ninfas me aman, pero no quieres acercarte.
Mientras hablaba una lágrima cayó de sus ojos. La imagen reflejada se nubló y Narciso suplicó:
-Te ruego que te quedes junto a mí. Ya que me resulta imposible tocarte, deja que te contemple.
Narciso continuó prendado de sí mismo, ni comía, ni bebía por no apartarse de la imagen que lo enamoraba hasta que terminó consumiéndose y murió.
Las ninfas quisieron darle sepultura, pero no encontraron el cuerpo en ninguna parte. En su lugar apareció una flor hermosa de hojas blancas que para conservar su recuerdo lleva el nombre de Narciso.

KOSPI (leyenda tehuelche sobre cómo nacieron las flores)




Según cuenta la leyenda, hace miles de años, las plantas aún no tenían flores. Fue entonces donde nace la historia de Kospi, una hermosa niña Tehuelche que logró el milagro...
Hace mucho, muchísimo tiempo, las plantas aún no tenían flores. En ese entonces vivía en el sur una bella niña tehuelche llamada Kospi, de suaves cabellos y dulces ojos negros. Una tarde de tormenta, cuando el fulgor del relámpago iluminaba todos los rincones de la tierra, Karut (el trueno), la contempló asomada a la entrada del Kau (toldo) de sus padres...
La vio tan hermosa, y a pesar de que él era rústico, hosco y bruto, se enamoró locamente de ella. Ante el temor de que la linda niña lo rechazara, la raptó y huyó lejos, retumbando sobre el cielo, hasta desaparecer de la vista de los aterrados padres de la chica. Al llegar a la alta y nevada cordillera, la escondió en el fondo de un glaciar.
Encerrada allí, fue tanto el dolor y la pena que sintió que de a poco fue enfriándose hasta que se convirtió en un témpano de hielo, fundiéndose con el resto del glaciar. Tiempo después, Karut quiso visitarla y al comprobar su desaparición, se enfureció terriblemente lanzando bramidos de desesperación.
Tanto ruido rodó hasta el océano y atrajo muchas nubes que empezaron a llover y llover sobre el glaciar hasta derretirlo completamente. Así, Kospi se transformó en agua y corrió de prisa montaña abajo en torrente impetuoso. Luego se deslizó por los verdes valles y empapó la tierra.
Al llegar la primavera, su corazón sintió ansias de ver la luz, de sentir la cálida caricia del viento y de extasiarse contemplando el cielo estrellado por las noches. Trepó despacio por la raíz y tallo de las plantas y asomó su preciosa cabecita en las puntas de las ramas, bajo la forma de coloridos pétalos... Habían nacido las flores.
Entonces todo fue más alegre y bello en el mundo. Por ese motivo es que los tehuelches llamaron Kospi a los pétalos de las flores.

LEYENDA DEL URATAÚ




Sucedió lo que vamos a contar hace muchos siglos. Vivía entonces establecida no lejos del Iguazú, una poderosa tribu guaraní.
Era Ñeambiú la más hermosa don­cella de su parcialidad, y tan gentil de trato como exquisita de espíritu, que todos a su alrededor la amaban. Ñeambiú correspondía con idéntica vehe­mencia el cariño hondo y apasionado de Cuimbae, mocetón gallardo y valiente, que el padre de ella, el poderoso cacique guaraní, trajo cautivo al regreso de su última expedición victoriosa contra los tupíes.
Idolatraban sus padres a Ñeambiú, su hija única; arrancarla de su lado era arrancarles el corazón; por eso se nega­ban a consentir la boda, alegando que Cuimbae pertenecía a la raza de los tupíes, sus más sañudos enemigos. Ñeambiú, para no disgustar a sus padres, ocultaba su pena y lloraba a solas; una vez, sin embargo, les enrostró su crueldad con esa que llamaban hija del alma y que era ¡ay! la hija de la des­gracia.
Un día Ñeambiú desapareció de la casa de sus padres. Alarmados estos, corrieron a donde estaba Cuimbae, sospechando que de concierto con él hubiese tomado Ñeambiú la extrema determinación de escaparse. Cuimbae ignoraba el suceso; y no podía ni siquiera concebir que una joven tan discreta y amorosa como Ñeambiú hubiera salido fugada de la casa paterna. Pero Cuim­bae contó que había tenido la noche anterior un sueño terrible: Una mujer muy fiera, que representaba la des­gracia, se había llevado a Ñeambiú a los montes del Iguazú, donde mora entre los cuadrúpedos y las aves, que ni la ofenden ni huyen de su presencia.
Como en los montes habita Caaporá, un monstruo con facha humana, que hace desgraciados a quienes por acaso le miran, exclamó el infortunado padre con delirio:
—¡Al Iguazú! ¡A buscar a mi hija, que se la ha llevado Caaporá!
Tras él salió presurosa toda la indiada, repitiendo:
—¡Al Iguazú! ¡A buscar a Ñeambiú, que se la ha llevado Caaporá! ¡A buscar a Ñeambiú!
El clamoreo de los pájaros carpinteros, los ipecúes, alborotados por la presencia de gente, sacó de su refugio a la fugitiva, y hallose esta al punto rodeada por los solícitos enviados del cacique, quienes cariñosamente trataron por todos los medios de persuadirla a regresar junto a sus padres. Ñeambiú no respondía palabra; por el exceso de penar sin esperanza, había perdido la sensibilidad, y con ella el habla. Muda e impertérrita, volvió las espaldas y se internó de nuevo por entre el monte. Las amigas de Ñeambiú, que mucho la querían, viendo frustrada la empresa de los fieles del cacique, decidieron ir juntas todas en busca de la buena Ñeambiú. ¿Y si topaban con Caaporá? Menores serían sin duda los males que si no iban, porque el diablo Añanga, que siempre está alerta para, con el menor pretexto, hacer daño, las castigaría terriblemente por haber dejado de socorrer a la in­fortunada amiga. Fueron, y regresaron desconsoladas: Ñeambiú escuchó sus palabras dulces y cariñosas, impasible y helada. La desdicha de Ñeambiú parecía irremediable.
Consultose entonces, como se hacía siempre en tales casos, al adivino de la tribu, Aguará-Payé, un hombre feísimo, y tan sagaz, que bien merecía su nombre de «Aguará», que quiere decir zorro. Iba cerrando la noche, hora la más a propósito para consultar los oráculos. Aguará-Payé tomó dos enormes mates, llenos el uno con infusión de yerba caá, y el otro con chicha. Apenas hubo be­bido la chicha, empezó a tambalearse y, haciendo visajes espantosos, cayó como muerto. Vuelto en sí Aguará-Payé, dijo:
—Ñeambiú está para siempre in­sensible y muda; es preciso abandonarla a su destino.
—¡No! ¡no! —contestaron los padres de Ñeambiú—. ¡Antes morir que abandonarla! ¡Al Iguazú! ¡Ai Iguazú!
—¡Al Iguazú! —repitieron sus secuaces. —¡Al Iguazú!
Fueron al Iguazú.
Comprendieron todos que Ñeambiú necesitaba un profundo sacudimiento moral. Le anunciaron sucesivamente la muerte de algunas personas de su amistad, la muerte de sus mejores amigas, la muerte de sus padres… Ñeambiú escuchaba muda, impasible, fría. Mudo también seguía Aguará-Payé la triste escena.
—Haz que sienta —le ordenó el cacique.
Obedeciendo la orden, Aguará-Pay: adelantose pausadamente y dijo con lentitud a Ñeambiú:
—Cuimbae ha muerto…
Estremeciose toda íntegra Ñeambiú. Exhalando continuos lamentos des­garradores, desapareció instantánea­mente a los asombrados ojos de los que la rodeaban, quienes, transidos de dolor, quedaron convertidos en sauces llorones. Ñeambiú, convertida a su vez en urutaú, elije la rama más vieja y deshojada de aquellos sauces para llorar eternamente su desventura.
Desde entonces el urutaú o ave fantasma —que vive en el Brasil, Paraguay, Argentina, etc.— llora todas las noches. Su voz es un alarido muy melancólico, tan alto y vigoroso, que se oye a media legua de distancia, y lo repite con pausas durante la noche entera. Pocos lo han visto en los montes, porque de día se mantiene inmóvil sobre las ramas secas y tronchadas de los árboles donde anida, confundiéndose por su color con ellas, y porque solo vuela buscando su alimento durante el crepúsculo y a la luz de la luna.

(Respecto al urutaú hay también la creencia, firmemente arraigada en la gente ignorante, de que llora la ausencia del sol, porque su alarido comienza cuando el sol se pone, y acaba cuando este sale.)

miércoles, 2 de marzo de 2016

POLIFONÍA E INTERTEXTUALIDAD



Los textos literarios suelen ser profundamente polifónicos, es decir, constituidos por muchas voces (enunciados y discursos) sociales que lo vuelven más rico y productivo. 


Por otra parte, la intertextualidad es la relación que se establece entre un texto y otro/s del mismo o distinto género. Se trata de un vínculo creativo, lúdico, crítico que pone en diálogo diversos textos y discursos.

El lector debe activar sus competencias literarias y culturales para distinguir las diferentes voces que entraman al texto literario y advertir las relaciones intertextuales que enriquecen a la literatura. Esta relación creativa no es solo patrimonio de la literatura, también es planteada en el periodismo, la publicidad, la pintura, el cine, los programas de TV, las series, los dibujos animados (Los Simpsons, por ejemplo, la proponen habitualmente con un sentido crítico y humorístico).
Edvard Munch: "El grito"

Stanley Kubrick: "La naranja mecánica"
(Filme basado en la novela de Anthony Burguess)

MITOS Y LEYENDAS


Los mitos y leyendas son narraciones de origen y transmisión oral, tradicionales y anónimas (el primer autor no trascendió, ya que eran recreados en diferentes versiones y circulaban de generación en generación). Con estos relatos los distintos pueblos han intentado responder a las preguntas más antiguas del ser humano: el origen del universo, del hombre, de los seres y fenómenos de la naturaleza. Como se transmiten oralmente, suelen encontrarse diferentes versiones de una misma historia.
Los mitos son relatos sagrados y ancestrales, ligados a la religión de las comunidades primitivas. Se ubican, por eso, en un tiempo originario (anterior al tiempo histórico), remoto y circular, el de los orígenes del mundo y del pueblo que los crea. Sus personajes centrales son dioses, semidioses, héroes y seres fabulosos o monstruos (minotauro, Medusa, Pegaso, Cíclope, entre otros), es decir, tienen carácter sobrenatural. Temáticamente pueden ser clasificados en mitos de la creación, entre los que se destacan: 1) los cosmogónicos (creación del universo, del mundo); 2) los antropogónicos (creación del hombre); 3) los teogónicos (origen y nacimiento de los dioses). Por su parte, los mitos heroicos narran las hazañas de un héroe sometido a diversas pruebas que debe vencer para alcanzar sus metas y demostrar su superioridad.
Las leyendas no son sagradas, se pueden ubicar en cualquier momento histórico, incluso en la actualidad. Muchas veces están fechadas, ligadas a algún acontecimiento o personaje histórico, y tienen estrecha relación con el territorio que ocupa la comunidad que la produjo. Además, cumplen una función moralizante para el pueblo en el que tienen vigencia: las actitudes de los personajes tienen un premio o un castigo que funciona como ejemplo a imitar o a repudiar por los miembros de la comunidad. Las metamorfosis de los protagonistas suelen expresar la intervención de los dioses con ese fin. La función de la leyenda es explicar, mediante un relato, un suceso extraño o una particularidad del mundo exterior.

Como ya dijimos, el autor real y original de estas narraciones es anónimo. Con el paso del tiempo y las generaciones fueron reversionadas por diversos miembros de la comunidad hasta pasar a la escritura. El narrador (la voz y la mirada dentro del relato) representa la voz colectiva y ancestral por eso cuenta en 3ª persona, desde un punto de vista externo y omnisciente (sabe todo, al igual que un dios).


martes, 1 de marzo de 2016

BENEDETTI, Mario: No te salves



No te salves

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
                                            no te salves

no te llenes de calma
no reserves del mundo
solo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios 
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
                                          pese a todo

no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
                                            entonces

no te quedes conmigo.


(Uruguay, 1920/2009)


VALLEJO, César: Los heraldos negros



Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! 
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, 
la resaca de todo lo sufrido 
se empozara en el alma... ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras 
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. 
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas; 
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma 
de alguna fe adorable que el Destino blasfema. 
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones 
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre... Pobre... ¡pobre! Vuelve los ojos, como 
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; 
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido 
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!

(Perú, 1892/1938)


MARTÍ, José: Versos sencillos


I

Yo soy un hombre sincero
de donde crece la palma
y antes de morirme quiero
echar mis versos del alma.

Yo vengo de todas partes,
y hacia todas partes voy:
arte soy entre las artes,
en los montes, monte soy.

Yo sé los nombres extraños
de las yerbas y las flores,
y de mortales engaños,
y de sublimes dolores.

Yo he visto en la noche oscura
llover sobre mi cabeza
los rayos de lumbre pura
de la divina belleza.

Alas nacer vi en los hombros
de las mujeres hermosas:
y salir de los escombros,
volando las mariposas.

He visto vivir a un hombre
con el puñal al costado,
sin decir jamás el nombre
de aquella que lo ha matado.

Rápida como un reflejo,
dos veces vi el alma, dos:
cuando murió el pobre viejo,
cuando ella me dijo adiós.

Temblé una vez -en la reja,
a la entrada de la viña-,
cuando la bárbara abeja
picó en la frente a mi niña.

Gocé una vez, de tal suerte
que gocé cual nunca: cuando
la sentencia de mi muerte
leyó el alcalde llorando.

Oigo un suspiro, a través
de las tierras y la mar,
y no es un suspiro. -es
que mi hijo va a despertar.

Si dicen que del joyero
tome la joya mejor,
tomo a un amigo sincero
y pongo a un lado el amor.

Yo he visto al águila herida
volar al azul sereno,
y morir en su guarida
la víbora del veneno.

Yo sé bien que cuando el mundo
cede, lívido, al descanso,
sobre el silencio profundo
murmura el arroyo manso.

Yo he puesto la mano osada
de horror y júbilo yerta,
sobre la estrella apagada
que cayó frente a mi puerta.

Oculto en mi pecho bravo
la pena que me lo hiere:
el hijo de un pueblo esclavo
vive por él, calla y muere.

Todo es hermoso y constante,
todo es música y razón,
y todo, como el diamante,
antes que luz es carbón.

Yo sé que el necio se entierra
con gran lujo y con gran llanto,
y que no hay fruta en la tierra
como la del camposanto.

Callo, y entiendo, y me quito
la pompa del rimador:
cuelgo de un árbol marchito
mi muceta de doctor.



[...]

IX

Quiero, a la sombra de un ala,
contar este cuento en flor:
la niña de Guatemala,
la que se murió de amor.

Eran de lirios los ramos,
y las orlas de reseda
y de jazmín: la enterramos
en una caja de seda.

... Ella dio al desmemoriado
una almohadilla de olor:
él volvió, volvió casado:
ella se murió de amor.

Iban cargándola en andas
obispos y embajadores:
detrás iba el pueblo en tandas,
todo cargado de flores.

Ella, por volverlo a ver,
salió a verlo al mirador:
él volvió con su mujer:
ella se murió de amor.

Como de bronce candente
al beso de despedida
era su frente ¡la frente
que más he amado en la vida!

Se entró de tarde en el río,
la sacó muerta el doctor:
dicen que murió de frío:
yo sé que murió de amor.

Allí, en la bóveda helada,
la pusieron en dos bancos;
besé su mano afilada,
besé sus zapatos blancos.

Callado, al oscurecer,
me llamó el enterrador:
¡nunca más he vuelto a ver
a la que murió de amor!

[...]

XXIII

Yo quiero salir del mundo
por la puerta natural:
en un carro de hojas verdes
a morir me han de llevar.

No me pongan en lo oscuro
a morir como un traidor;
yo soy bueno, y como bueno
moriré de cara al sol!


[...]


XXXIX


Cultivo una rosa blanca
en julio como en enero,
para el amigo sincero
que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo;
cultivo la rosa blanca.


José Martí
(Cuba, 1853/1895)

Hacé click en la imagen para leer los versos sencillos completos.


lunes, 29 de febrero de 2016

EL CANON LITERARIO


El rol de los receptores y el canon literario

Como se dijo, a través de la historia no siempre la concepción de lo que es literatura fue la misma. En este sentido, muchas obras literarias que en la actualidad son consideradas “maestras” fueron rechazadas oportunamente por sus contemporáneos porque —según ellos— carecían valor estético.
El canon literario es un conjunto de pautas variables con el tiempo y el lugar que permiten considerar artístico o no a un escrito. 
Así, existen en cada época y para cada sociedad obras comprendidas o no en el canon literario. Las obras que no son incluidas en el canon pasan a formar parte de la “literatura marginal”, porque están al margen o fuera de las pautas aceptadas.
Y como la buena literatura no nace de la pura inspiración sino que también implica habilidades que hay que desarrollar para obtener calidad, quienes determinan qué textos forman parte del canon son las instituciones, como las universidades, las editoriales, los críticos literarios y los grupos de escritores.
La obra literaria es producto de una convención, un acuerdo social, no válido universalmente, es decir, arbitrario. En su definición intervienen decisivamente los receptores (lectores, críticos, especialistas, medios de comunicación, mercado editorial, instituciones educativas), quienes contribuyen a determinar qué se incluye dentro de la literatura y qué no en diferentes épocas. Por ejemplo, para los pueblos originarios los mitos eran relatos sagrados y ligados a la religión pero mucho después fueron considerados y aceptados como textos literarios por su valor estético.
Estas instituciones influyen, entonces, en la conformación del canon literario, el conjunto de obras orales y escritas que aún hoy subsiste. Algunos textos entran en esta “ilusoria totalidad” pero otros quedan afuera y esto demuestra su arbitrariedad. 
Dentro del canon literario distinguimos al canon oficial, que representa a una sociedad (esta lo legitima) e influyen en él instituciones ligadas al campo de la política, la educación, el periodismo. No sucede lo mismo con el canon crítico: en él intervienen los intelectuales (críticos, especialistas), mientras que en el canon accesible actúan tanto el mercado de comercialización (privado) como las bibliotecas (público).
El canon clásico es una lista selecta de obras que se siguen leyendo con interés y admiración desde hace mucho tiempo. “Marcaron la diferencia”, nos siguen diciendo “cosas importantes y universales”, por eso son prestigiosas. La escuela las toma como “modelos de calidad” y valores representativos. Por ejemplo: las tragedias de Sófocles, el Cantar de Mío Cid, Don Quijote de la Mancha, Romeo y Julieta, Martín Fierro, por nombrar algunas. 
Por otra parte, el escritor italiano Ítalo Calvino (Cuba, 1923/Italia, 1985) propuso la noción de canon personal para referirse a esa lista íntima que constituyen los textos literarios que preferimos porque nos conmovieron, emocionaron, hicieron pensar, movilizaron de modo único y particular.


Julio Cortázar (Argentina, 1914/1984), Mario Vargas Llosa (Perú, 1936), Gabriel García Márquez (Colombia, 1927/2014), Carlos Fuentes (México, 1928/2012): escritores latinoamericanos cuyas obras literarias están consideradas en el canon literario de nuestro continente.

LITERATURA Y FICCIÓN


La literatura es ficción

Dentro de la gran variedad de textos que circulan en una sociedad, algunos tienen una finalidad práctica como, por ejemplo, los textos históricos, científicos o periodísticos. Su objetivo es transmitir información sin ambigüedades ya que utilizan un lenguaje claro y preciso que da por resultado un texto transparente y unívoco. La literatura, en cambio, no se centra en el aspecto informativo sino en el estético.
La literatura es una práctica ficcional: los hechos no son verdaderos ni falsos, sino verosímiles. Es un hecho artístico que transforma la realidad y la ficcionaliza. Esto quiere decir que todo lo que leemos como literatura no es real aunque se base en hechos reales. El propósito de los textos literarios no es mostrar la realidad tal cual es, sino de representar —a través de las palabras— una percepción posible y peculiar del mundo. Es decir, refleja una imagen de la realidad. 
Lo literario solo existe en relación con el texto en el cual aparece. Pero la literatura, aunque resulte contradictorio, es profundamente verdadera: desde la ficción se puede hablar sobre la realidad.
Se dice que un texto es ficticio cuando lo que se narra es una historia imaginada por el autor, quien construye un narrador que tiene a su cargo el relato.
A pesar de que algunas veces los cuentos y novelas se originan en sucesos reales, la elaboración de la historia es invención del autor. A través de su imaginación, el escritor puede crear una historia formada por hechos posibles en el mundo real (verosimilitud) o una historia que relata sucesos que no podrían ocurrir nunca en la realidad.
El valor de la literatura radica en el modo de representación de la realidad y no en la fidelidad a lo representado, es decir, la literatura se aprecia no por la verdad de lo que se dice, sino por la calidad estética con que se lo hace.


¿DEFINIR LITERATURA?


Hacia una definición de la literatura

No todos los especialistas acuerdan en la definición de literatura. No es un concepto sencillo ni unívoco. Digamos que es esquivo a las definiciones cerradas y rebelde a las ataduras teóricas. Sí podemos admitir que la literatura es un discurso social, una producción hecha con palabras que surge en el ámbito del arte (que es una de las actividades o prácticas sociales) y circula entre receptores de una o más sociedades. No está alejada de lo social, ya que retoma, recrea y problematiza situaciones, protagonistas, preguntas, miedos, deseos que construimos socialmente.
Para aproximarnos a una definición de LITERATURA es necesario, primero, deslindarla de otras producciones que trabajan con el lenguaje, es decir, qué hace que un texto sea literario y otro no, o —en otras palabras— qué es lo específicamente literario.
Una primera respuesta a este interrogante se encuentra en la teoría de las funciones del lenguaje propuesta por el lingüista Roman Jakobson (Rusia, 1896/1982). Este teórico sostiene que, en todo acto de comunicación, el emisor produce su mensaje con una determinada intención y, por lo tanto, hace hincapié en los distintos elementos que conforman el circuito. De esta manera quedan establecidas las seis funciones del lenguaje:

1) Emotiva o expresiva (el emisor tiene la intención de hablar sobre sí mismo, de transmitir sus sentimientos o emociones).
2) Referencial o informativa (el emisor centra su atención en el referente o tema del mensaje, es decir, importa transmitir sus sentimientos o emociones).
3) Conativa o apelativa (la intención del emisor es influir sobre su receptor o llamar su atención).
4) Fática (el emisor quiere verificar que el canal de la comunicación funciona correctamente).
5) Metalingüística (el emisor se centra en el código del mensaje, es decir, habla del lenguaje mismo y de las palabras que lo conforman).
6) Poética o literaria (el emisor hace hincapié en la forma del mensaje y cuida su elaboración).

Circuito de la comunicación según Roman Jakobson:


La función poética del lenguaje y la literatura

De todas las funciones del lenguaje, la POÉTICA es la que caracteriza al discurso literario, dado que lo que lo distingue de otros discursos es la construcción particular del lenguaje: el ritmo, ciertas combinaciones de palabras, el uso connotativo del lenguaje (permite interpretar las palabras en múltiples sentidos y no en uno solo, como en el caso de los textos científicos), son algunos de los procedimientos que utiliza el escritor para trabajar con el material que le provee la lengua. Con ese material discursivo elabora una obra que es única, porque se aleja del uso cotidiano del lenguaje: aprovecha la sonoridad de los términos y su capacidad de evocar o sugerir, no trabaja con el sentido literal de las palabras sino con todos los sentidos que esa palabra es capaz de disparar en su imaginación y en la del lector.
El lenguaje es el protagonista a través de una cuidada selección y combinación de las palabras que el escritor realiza y que responde a un sentido preciso que quiere transmitir. Cuando un poeta selecciona una palabra dentro del enorme campo de posibilidades que le da la lengua, lo hace porque sabe que es ese término y no otro el que le permite transmitir una idea, una sensación, un sentimiento.
La LITERATURA trabaja estéticamente con el lenguaje porque no solo se sirve de él sino que lo que verdaderamente importa en literatura no es qué se dice sino cómo se dice y por qué.
Es decir, la función poética del lenguaje está orientada hacia el mensaje, ya que consiste en la creación del mensaje por el mensaje mismo. Se manifiesta en los textos literarios en general y no solo en los poemas. Su intención, en definitiva, es crear arte verbal.
No siempre a lo largo de la historia la concepción sobre los que es literatura fue la misma. Por eso, como ya se dijo, no es posible definir en forma precisa qué es la LITERATURA, pero una definición aproximada podría ser:

Discurso social que se caracteriza por su naturaleza ficcional (representa un mundo imaginario, inventado o recreado) y por el predominio de la función estética de la lengua (el mensaje está volcado sobre sí mismo y su finalidad principal no es ni comunicar ideas, ni sentimientos ni pedidos, sino hacerlo de una forma diferente y estéticamente elaborada).


viernes, 26 de febrero de 2016

CIRAIGO, LA LUNA


Hace mucho tiempo, en la zona del Gran Chaco, vivía la hermosa Ciraigo, hija del Cacique Ipenac. Como era costumbre, el padre la había casado desde jovencita con un capitanejo de la tribu, que tenía fama de ser muy valiente.
Cierta vez los guerreros de una nación vecina invadieron el tolderío de Ipenac. En el combate, el capitanejo cayó herido de muerte; Ciraigo, desconsolada, se arrodilló a su lado muy triste y le prometió que jamás se casaría con otro. Los invasores se llevaron cautiva a la joven Ciraigo.
Pasó el tiempo, el cacique vencedor se enamoró de ella y le propuso que fuera su esposa, pero Ciraigo le contestó que nunca se volvería a casar, y se mantuvo firme, dispuesta a cumplir su promesa.
Pero el cacique estaba muy enamorado y pensó que, si se casaban, ella en algún momento también se enamoraría de él.
Entonces anunció el casamiento, invitó a todo el mundo a la celebración y empezó a organizar una gran fiesta.
Ciraigo, sin saber qué hacer, le pidió ayuda a Cotaá, su dios. 
Él la escuchó: compadecido de la joven, hizo que subiera hasta el cielo y la convirtió en luna.
Desde entonces, Ciraigo es la luna. Allá, en lo alto del cielo, ilumina blanca y brillante a su pueblo.
De esta manera cuentan los mocovíes el origen de la luna.
También cuenta la leyenda que, cuando crece, es señal de que Ciraigo rejuvenece, y esto motivo de fiesta entre los mocovíes. La Ciraigo es inmortal y se renueva siempre.

(Leyenda mocoví)

PENÉLOPE RECONOCE A ODISEO

Canto XXIII de “La Odisea” (Homero, ¿s. VIII a de C.?)



Entonces la anciana subió gozosa al piso de arriba para anunciar a la señora que estaba dentro su esposo, y sus rodillas se llenaban de fuerza y sus pies se levantaban del suelo. 
Se detuvo sobre su cabeza y le dijo su palabra: 
«Despierta, Penélope, hija mía, para que veas con tus propios ojos lo que esperas todos los días. Ha venido Odiseo, ha llegado a casa por fin, aunque tarde, y ha matado a los ilustres pretendientes, a los que afligían su casa comiéndose los bienes y haciendo de su hijo el objeto de sus violencias.» 
Y se dirigió a ella la prudente Penélope: 
«Nodriza querida, te han vuelto loca los dioses, los que pueden volver insensato a cualquiera, por muy sensato que sea, y hacer entrar en razón al de mente estúpida. Ellos te han dañado; antes eras equilibrada en tu mente. 
«¿Por qué te burlas de mí, si tengo el ánimo quebrantado por el dolor, diciéndome estos extravíos y me despiertas del dulce sueño que me tenía encadenados los párpados? Jamás había dormido de tal modo desde que Odiseo marchó a la maldita Ilión que no hay que nombrar. 
«Pero vamos, baja ya y vuelve al mégaron. Porque si cualquiera otra de las mujeres que están a mi servicio hubiera venido a anunciarme esto y me hubiera despertado, seguro que la habría hecho volver al mégaron con palabra violenta. A ti, en cambio, te valdrá la vejez, por lo menos en esto.» 
Y le contestó su nodriza Euriclea: 
«No me burlo de ti en absoluto, hija mía, que en verdad ha llegado Odiseo, ha vuelto a casa como lo anuncio y es el forastero a quien todos deshonraban en el mégaron. Telémaco sabía hace tiempo que ya estaba dentro, pero ocultó con prudencia los proyectos de su padre para que castigara la violencia de esos hombres altivos.» 
Así dijo; invadió a Penélope la alegría y, saltando del lecho, abrazó a la anciana, dejó correr el llanto de sus párpados y hablándole dijo aladas palabras: 
«Vamos, nodriza querida, dime la verdad, dime si de verdad ha llegado a casa como anuncias; dime cómo ha puesto sus manos sobre los pretendientes desvergonzados, solo como estaba, mientras que ellos permanecían dentro siempre en grupo.» 
Y le contestó su nodriza Euriclea: 
«No lo he visto, no me lo han dicho, solo he oído el ruido de los que caían muertos. Nosotras permanecíamos asustadas en un rincón de la bien construida habitación -y la cerraban bien ajustadas puertas- hasta que tu hijo me llamó desde el mégaron, Telémaco, pues su padre le había mandado que me llamara. Después encontré a Odiseo en pie, entre los cuerpos recién asesinados que cubrían el firme suelo, hacinados unos sobre otros. Habrías gozado en tu ánimo si lo hubieras visto rociado de sangre y polvo como un león. Ahora ya están todos amontonados en la puerta del patio mientas él rocía con azufre la hermosa sala, luego de encender un gran fuego, y me ha mandado que te llame. Vamos, sígueme, para que vuestros corazones alcancen la felicidad después de haber sufrido infinidad de pruebas. Ahora ya se ha cumplido este tu mayor anhelo: él ha llegado vivo y está en su hogar y te ha encontrado a ti y a su hijo en el palacio, y a los que le ultrajaban, a los pretendientes, a todos los ha hecho pagar en su palacio.» 
Y le respondió la prudente Penélope:
«Nodriza querida, no eleves todavía tus súplicas ni te alegres en exceso. Sabes bien cuán bienvenido sería en el palacio para todos, y en especial para mí y para nuestro hijo, a quien engendramos, pero no es verdadera esta noticia que me anuncias, sino que uno de los inmortales ha dado muerte a los ilustres pretendientes, irritado por su insolencia dolorosa y sus malvadas acciones; pues no respetaban a ninguno de los hombres que pisan la tierra, ni al del pueblo ni al noble, cualquiera que se llegara a ellos. Por esto, por su maldad, han sufrido la desgracia, que lo que es Odiseo... este ha perdido su regreso lejos de Acaya y ha perecido.» 
Y le contestó su nodriza Euriclea: 
«Hija mía, ¡qué palabra ha escapado del cerco de tus dientes! ¡Tú, que dices que no volverá jamás tu esposo, cuando ya está dentro, junto al hogar! Tu corazón ha sido siempre desconfiado, pero te voy a dar otra señal manifiesta: cuando le lavaba vi la herida que una vez le hizo un jabalí con su blanco colmillo; quise decírtelo, pero él me asió la boca con sus manos y no me lo permitió por la astucia de su mente. Vamos, sígueme, que yo misma me ofrezco en prenda y, si te engaño, mátame con la muerte más lamentable.» 
Y le contestó la prudente Penélope:
«Nodriza querida, es difícil que tú descubras los designios de los dioses, que han nacido para siempre, por muy astuta que seas. Vayamos, pues, en busca de mi hijo para que yo vea a los pretendientes muertos y a quien los mató.» 
Así dijo, y descendió del piso de arriba. Su corazón revolvía una y otra vez si interrogaría a su esposo desde lejos o se colocaría a su lado, le tomaría de las manos y le besaría la cabeza. Y cuando entró y traspasó el umbral de piedra se sentó frente a Odiseo junto al
resplandor del fuego, en la pared de enfrente. Él se sentaba junto a una elevada columna con la vista baja esperando que le dijera algo su fuerte esposa cuando lo viera con sus ojos, pero ella permaneció sentada en silencio largo tiempo -pues el estupor alcanzaba su corazón. Unas veces le miraba fijamente al rostro y otras no lo reconocía por llevar en su cuerpo miserables vestidos. 
Entonces Telémaco la reprendió, le dijo su palabra y la llamó por su nombre: 
«Madre mía, mala madre, que tienes un corazón tan cruel. ¿Por qué te mantienes tan alejada de mi padre y no te sientas junto a él para interrogarle y enterarte de todo? Ninguna otra mujer se mantendría con ánimo tan tenaz apartada de su marido, cuando este después de pasar innumerables calamidades llega a su patria a los veinte años. Pero tu corazón es siempre más duro que la piedra.» 
Y le contestó la prudente Penélope: 
«Hijo mío, tengo el corazón pasmado dentro del pecho y no puedo pronunciar una sola palabra ni interrogarle, ni mirarle siquiera a la cara. Si en verdad es Odiseo y ha llegado a casa, nos reconoceremos mutuamente mejor, pues tenemos señales secretas para los demás que solo nosotros dos conocemos.» 
Así habló y sonrió el sufridor, el divino Odiseo, y al punto dirigió a Telémaco aladas palabras: 
«Telémaco, deja a tu madre que me ponga a prueba en el palacio y así lo verá mejor. Como ahora estoy sucio y tengo sobre mi cuerpo vestidos míseros, no me honra y todavía no cree que yo sea aquel. Pero deliberemos antes de modo que resulte todo mejor, pues cualquiera que mata en el pueblo incluso a un hombre que no deja atrás muchos vengadores, se da a la fuga abandonando sus parientes y su tierra patria, pero yo he matado a los defensores de la ciudad, a los más nobles mozos de Ítaca. Te invito a que consideres esto.» 
Y le contestó Telémaco discretamente: 
«Considéralo tú mismo, padre mío, pues dicen que tus decisiones son las mejores y ningún otro de los mortales hombres osaría rivalizar contigo. Nosotros te apoyaremos ardorosos y te aseguro que no nos faltará fuerza en cuanto esté de nuestra parte.» 
Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo: 
«Te voy a decir lo que me parece mejor. En primer lugar, lavaos y vestid vuestras túnicas, y ordenad a las esclavas en el palacio que elijan ropas para ellas mismas. Después, que el divino aedo nos entone una alegre danza con su sonora lira, para que cualquiera piense que hay boda si lo oye desde fuera, ya sea un caminante o uno de nuestros vecinos; que no se extienda por la ciudad la noticia de la muerte de los pretendientes antes de que salgamos en dirección a nuestra finca, abundante en árboles. Una vez allí pensaremos qué cosa de provecho nos va a conceder el Olímpico.» 
Así habló, y al punto todos le escucharon y obedecieron. En primer lugar se lavaron y vistieron las túnicas, y las mujeres se adornaron. Luego, el divino aedo tomó su curvada lira y excitó en ellos el deseo del dulce canto y la ilustre danza. Y la gran mansión retumbaba con los pies de los hombres que danzaban y de las mujeres de lindos ceñidores. 
Y uno que lo oyó desde fuera del palacio decía así: 
«Seguro que se ha desposado ya alguien con la muy pretendida reina. ¡Desdichada!, no ha tenido valor para proteger con constancia la gran mansión de su legítimo esposo, hasta que llegara.» 
Así decía uno, pero no sabían en verdad qué había pasado. 
Después lavó a Odiseo, el de gran corazón, el ama de llaves Eurínome y lo ungió con aceite y puso a su alrededor una hermosa túnica y manto. Entonces derramó Atenea sobre su cabeza abundante gracia para que pareciera más alto y más ancho e hizo que cayeran de su cabeza ensortijados cabellos semejantes a la flor del jacinto. Como cuando derrama oro sobre plata un hombre entendido a quien Hefesto y Palas Atenea han enseñado toda clase de habilidad y lleva a término obras que agradan, así derramó la gracia sobre este, sobre su cabeza y hombro. Y salió de la bañera semejante en cuerpo a los inmortales. 
Fue a sentarse de nuevo en el sillón, del que se había levantado, frente a su esposa, y le dirigió su palabra: 
«Querida mía, los que tienen mansiones en el Olimpo te han puesto un corazón más inflexible que a las demás mujeres. Ninguna otra se mantendría con ánimo tan tenaz apartada de su marido cuando este, después de pasar innumerables calamidades, llega a su patria a los veinte años. Vamos, nodriza, prepárame el lecho para que también yo me acueste, pues esta tiene un corazón de hierro dentro del pecho.» 
Y le contestó la prudente Penélope:
«Querido mío, no me tengo en mucho ni en poco ni me admiro en exceso, pero sé muy bien cómo eras cuando marchaste de Ítaca en la nave de largos remos. Vamos, Euriclea, prepara el labrado lecho fuera del sólido tálamo, el que construyó él mismo. Y una vez que hayáis puesto fuera el labrado lecho, disponed en la cama pieles, mantas y resplandecientes colchas.» 
Así dijo poniendo a prueba a su esposo. Entonces Odiseo se dirigió irritado a su fiel esposa: 
«Mujer, esta palabra que has dicho es dolorosa para mi corazón. ¿Quién me ha puesto la cama en otro sitio? Sería difícil incluso para uno muy hábil si no viniera un dios en persona y lo pusiera fácilmente en otro lugar; que de los hombres, ningún mortal viviente, ni aun en la flor de la edad, lo cambiaría fácilmente, pues hay una señal en el labrado lecho, y lo construí yo y nadie más. Había crecido dentro del patio un tronco de olivo de extensas hojas, robusto y floreciente, ancho como una columna. Edifiqué el dormitorio en torno a él, hasta acabarlo, con piedras espesas, y lo cubrí bien con un techo y le añadí puertas bien ajustadas, habilidosamente trabadas. Fue entonces cuando corté el follaje del olivo de extensas hojas; empecé a podar el tronco desde la raíz, lo pulí bien y habilidosamente con el bronce y lo igualé con la plomada, convirtiéndolo en pie de la cama, y luego lo taladré todo con el berbiquí. Comenzando por aquí lo pulimenté, hasta acabarlo, lo adorné con oro, plata y marfil y tensé dentro unas correas de piel de buey que brillaban de púrpura. 
«Esta es la señal que te manifiesto, aunque no sé si mi lecho está todavía intacto, mujer, o si ya lo ha puesto algún hombre en otro sitio, cortando la base del olivo.» 
Así dijo, y a ella se le aflojaron las rodillas y el corazón al reconocer las señales que le había manifestado claramente Odiseo.
Corrió llorando hacia él y echó sus brazos alrededor del cuello de Odiseo; besó su cabeza y dijo:
«No te enojes conmigo, Odiseo, que en lo demás eres más sensato que el resto de los hombres. Los dioses nos han enviado el infortunio, ellos, que envidiaban que gozáramos de la juventud y llegáramos al umbral de la vejez uno al lado del otro. Por esto no te irrites ahora conmigo ni te enojes porque al principio, nada más verse, no te acogiera con amor. Pues continuamente mi corazón se estremecía dentro del pecho por temor a que alguno de los mortales se acercase a mí y me engañara con sus palabras, pues muchos conciben proyectos malvados para su provecho. Ni la argiva Helena, del linaje de Zeus, se hubiera unido a un extranjero en amor y cama, si hubiera sabido que los belicosos hijos de los aqueos habían de llevarla de nuevo a casa, a su patria. Fue un dios quien la impulsó a ejecutar una acción vergonzosa, que antes no había puesto en su mente esta lamentable ceguera por la que, por primera vez, se llegó a nosotros el dolor. 
«Pero ahora que me has manifestado claramente las señales de nuestro lecho, que ningún otro mortal había visto sino solo tú y yo -y una sola sierva, Actorís, la que me dio mi padre al venir yo aquí, la que nos vigilaba las puertas del labrado dormitorio-, ya tienes convencido a mi corazón, por muy inflexible que sea.» 
Así habló, y a él se le levantó todavía más el deseo de llorar y lloraba abrazado a su deseada, a su fiel esposa. Como cuando la tierra aparece deseable a los ojos de los que nadan (a los que Poseidón ha destruido la bien construida nave en el ponto, impulsada por el viento y el recio oleaje; pocos han conseguido escapar del canoso mar nadando hacia el litoral y -cuajada su piel de costras de sal- consiguen llegar a tierra bienvenidos, después de huir de la desgracia), así de bienvenido era el esposo para Penélope, quien no dejaba de mirarlo y no acababa de soltar del todo sus blancos brazos del cuello. 
Y se les hubiera aparecido Eos, de dedos de rosa, mientras se lamentaban, si la diosa de ojos brillantes, Atenea, no hubiera concebido otro proyecto: contuvo a la noche en el otro extremo al tiempo que la prolongaba, y a Eos, de trono de oro, la empujó de nuevo hacia Océano y no permitía que unciera sus caballos de veloces pies, los que llevan la luz a los hombres, Lampo y Faetonte, los potros que conducen a Eos. 
Entonces se dirigió a su esposa el muy astuto Odiseo: 
«Mujer, no hemos llegado todavía a la meta de las pruebas, que aún tendremos un trabajo desmedido y difícil que es preciso que yo acabe del todo. Así me lo vaticinó el alma de Tiresias el día en que descendí a la morada de Hades, para inquirir sobre el regreso de mis compañeros y el mío propio. Pero vayamos a la cama, mujer, para gozar ya del dulce sueño acostados.» 
Y le contestó la prudente Penélope:
«Estará en tus manos el acostarte cuando así lo desee tu corazón, ahora que los dioses te han hecho volver a tu bien edificado palacio y a tu tierra patria. Pero puesto que has hecho una consideración -y seguro que un dios la ha puesto en tu mente-, vamos, dime la prueba que te espera, puesto que me voy a enterar después, creo yo, y no es peor que lo sepa ahora mismo.» 
Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo: 
«Querida mía, ¿por qué me apremias tanto a que te lo diga? En fin, te lo voy a decir y no lo ocultaré, pero tu corazón no se sentirá feliz; tampoco yo me alegro, puesto que me ha ordenado ir a muchas ciudades de mortales con un manejable remo entre mis manos, hasta que llegue a los hombres que no conocen el mar ni comen alimentos aderezados con sal; tampoco conocen estos hombres las naves de rojas mejillas ni los manejables remos que son alas para las naves. Y me dio esta señal que no te voy a ocultar: cuando un caminante, al encontrarse conmigo, diga que llevo un bieldo sobre mi ilustre hombro, me ordenó que en ese momento clavara en tierra el remo, ofreciera hermosos sacrificios al soberano Poseidón -un cabrito, un toro y un verraco semental de cerdas-, que volviera a casa y ofreciera sagradas hecatombes a los dioses inmortales, los que poseen el ancho cielo, a todos por orden. Y me sobrevendrá una muerte dulce, lejos del mar, de tal suerte que me destruya abrumado por la vejez. Y a mi alrededor el pueblo será feliz. Me aseguró que todo esto se va a cumplir.»
Y se dirigió a él la prudente Penélope: 
«Si los dioses nos conceden una vejez feliz, hay esperanza de que tendremos medios de escapar a la desgracia.» 
Así hablaban el uno con el otro. Entretanto, Eurínome y la nodriza dispusieron la cama con ropa blanda bajo la luz de las antorchas. Luego que hubieron preparado diligentemente el labrado lecho, la anciana se marchó a dormir a su habitación y Eurínome, la camarera, los condujo mientras se dirigían al lecho con una antorcha en sus manos. Luego que los hubo conducido se volvió, y ellos llegaron de buen grado al lugar de su antiguo lecho. 
Después Telémaco, el boyero y el porquero hicieron descansar a sus pies de la danza y fueron todos a acostarse por el sombrío palacio. Y cuando habían gozado del amor placentero, se complacían los dos esposos contándose mutuamente, ella cuánto había soportado en el palacio, la divina entre las mujeres; contemplando la odiosa comparsa de los pretendientes que por causa de ella degollaban en abundancia toros y gordas ovejas y sacaban de las tinajas gran cantidad de vino; por su parte, Odiseo, de linaje divino, le contó cuántas penalidades había causado a los hombres y cuántas había padecido él mismo con fatiga. Penélope gozaba escuchándole y el sueño no cayó sobre sus párpados hasta que le contara todo. Comenzó narrando cómo había sometido a los cicones y llegado después a la fértil tierra de los Lotófagos, y cuánto le hizo al Cíclope y cómo se vengó del castigo de sus ilustres compañeros a quienes aquel se había comido sin compasión, y cómo llegó a Eolo, que lo acogió y despidió afablemente, pero todavía no estaba decidido que llegara a su patria, sino que una tempestad lo arrebató de nuevo y lo llevaba por el ponto, lleno de peces, entre profundos lamentos; y cómo llegó a Telépilo de los Lestrigones, quienes destruyeron sus naves y a todos sus compañeros de buenas grebas. Solo Odiseo consiguió escapar en la negra nave. Le contó el engaño y la destreza de Circe y cómo bajó a la sombría mansión de Hades para consultar al alma del tebano Tiresias con su nave de muchas filas de remeros -y vio a todos sus compañeros y a su madre que lo había parido y criado de niño, y cómo oyó el rumor de las Sirenas de dulce canto y llegó a las Rocas Errantes y a la terrible Caribdis y a Escila, a quien jamás han evitado incólumes los hombres. Y cómo sus compañeros mataron las vacas de Helios y cómo Zeus, el que truena arriba, disparó contra la rápida nave su humeante rayo -y todos sus compañeros perecieron juntos, pero él evitó a las funestas Keres. Y cómo llegó a la isla de Ogigia y a la ninfa Calipso, quien lo retuvo en cóncava cueva deseando que fuera su esposo; le alimentó y decía que lo haría inmortal y sin vejez para siempre, pero no persuadió a su corazón. Y cómo después de mucho sufrir llegó a los feacios, quienes le honraron de todo corazón como a un dios y lo condujeron en una nave a su tierra patria, después de regalarle bronce, oro en abundancia y vestidos.
Esta fue la última palabra que dijo cuando el dulce sueño, el que afloja los miembros, le asaltó desatando las preocupaciones de su corazón. 
Entonces proyectó otra decisión Atenea, la diosa de ojos brillantes: cuando creyó que Odiseo ya había gozado del lecho de su esposa y del sueño, al punto hizo salir de Océano a la de trono de oro, a la que nace de la mañana, para que llevara la luz a los hombres. 
Entonces se levantó Odiseo del blando lecho y dirigió la palabra a su esposa: 
«Mujer, ya estamos saturados ambos de pruebas innumerables; tú, llorando aquí mi penoso regreso y yo... a mí Zeus y los demás dioses me tenían encadenado con dolores lejos de aquí, de mi tierra patria, pero ahora que los dos hemos llegado al deseable lecho, tú has de cuidarme las riquezas que poseo en el palacio, que en cuanto a las ovejas que los altivos pretendientes me degollaron, muchas se las robaré yo mismo y otras me las darán los aqueos hasta que llenen mis establos. Mas ahora parto hacia la finca de muchos árboles para ver a mi noble padre que me está apenado. A ti, mujer, te encomiendo esto, ya que eres prudente: al levantarse el sol correrá la noticia de la matanza de los pretendientes en el palacio; sube al piso de arriba con las siervas y permanece allí, y no mires a nadie ni preguntes.» 
Así dijo y vistió alrededor de sus hombros la hermosa armadura y apremió a Telémaco, al boyero y al porquero, ordenándoles que tomaran en sus manos los instrumentos de guerra. Estos no le desobedecieron, se vistieron con el bronce, cerraron las puertas y salieron. Y los conducía Odiseo. Ya había luz sobre la tierra, pero Atenea los cubrió con la noche y los condujo rápidamente fuera de la ciudad.