miércoles, 15 de julio de 2009

EL DISCURSO ARGUMENTATIVO


Diariamente intercambiamos opiniones: un partido de fútbol, una noticia del diario, diferencias políticas, situaciones que vivimos en el colegio. Todas son disparadores que nos llevan a discutir y tratar de convencer a los demás sobre nuestro punto de vista. Defender nuestras ideas y aceptar las de los otros es importante para la vida en sociedad y para constituirnos como personas.
El discurso argumentativo intenta persuadir o convencer al destinatario para que comparta una opinión del emisor o para que realice una acción determinada.

Puede estar destinado a convencer al destinatario mediante el ejercicio de la razón o a persuadirlo mediante la apelación a sus sentimientos y emociones, aunque no siempre son excluyentes ambas intenciones sino que pueden estar combinadas en un mismo discurso.
La argumentación posee una superestructura, es decir, un tipo de esquema que establece el orden global de un texto independientemente de su contenido específico. Se compone de una serie de categorías que se combinan de acuerdo con ciertas reglas convencionales.

Las categorías principales de la estructura argumentativa son: Punto de partida, Hipótesis o Proposición, Argumentación (a favor y en contra), Conclusión.

El punto de partida marca una especie de introducción que da comienzo al discurso. Tiene como finalidad presentar ante el receptor el tema sobre el que se va a argumentar. Además, el argumentador intenta generalmente captar la atención del destinatario y despertar en él una actitud favorable.
La proposición tiene como objeto enumerar y explicar los hechos que se consideran fundamentales y presentar la hipótesis de forma clara y concisa.
La argumentación suele ocupar la parte central del texto y contiene los argumentos que apoyan la tesis o postura del argumentador.
La conclusión es la parte final del texto argumentativo. Debe contener un resumen de lo expuesto y recoger tanto la tesis del argumentador como los argumentos principales. La conclusión es la última oportunidad que tiene el emisor para convencer al destinatario de sus ideas u opiniones.

martes, 14 de julio de 2009

EL HABLANTE EN EL TEXTO: ACTOS DE HABLA


Muchas veces cuando hablamos o escribimos, además de transmitir un mensaje, llevamos a cabo una acción con nuestras palabras. Por ejemplo: prometer, amenazar, aconsejar, invitar, pedir, reprochar, negar, sugerir, insultar, alentar, saludar, etc.

HIJO.- ¿Me regalás un pantalón?
MADRE.- Te prometo que cuando cobre te compro uno.

En este caso, el hijo le hace un pedido a su madre: a través de la pregunta le solicita que le regale un pantalón. La madre, por su parte, le promete que le va a comprar uno cuanto cobre. Pedir y prometer son ACTOS DE HABLA, es decir, son acciones que se realizan a través del uso de la lengua.

Hay muchas maneras de realizar un mismo acto de habla:
1. Te invito a mi fiesta de cumpleaños.
2. ¿Querés venir a mi fiesta de cumpleaños?
3. Venite a mi fiesta de cumpleaños.

En el ejemplo 1, el emisor formula una invitación de manera directa y explícita porque usa el verbo invitar.
En los ejemplos 2 y 3, el emisor utiliza una pregunta y una orden, respectivamente. Sin embargo, su intención comunicativa no es pedir información o dar un mandato. En ambos casos, el emisor realiza un acto de habla indirecto: hace una invitación a través de una pregunta y de una orden, respectivamente. La comunicación es eficaz si el receptor puede reconocer la intención comunicativa del emisor.

En general, se expresan las peticiones corteses de una manera indirecta:
¿Podría alcanzarme la revista?
¿Podría ayudarme un momento?
¿Le importaría correrse un poquito?


En ninguno de estos casos el hablante quiere saber si el oyente puede, quiere o tiene algún inconveniente en hacer algo. El hablante pretende (quiere) que el oyente haga algo.
Estamos, pues, ante casos en que el hablante dice algo (por ejemplo, una pregunta) pero en realidad quiere que se entienda otra cosa (por ejemplo, un pedido).
En general, el receptor entiende lo que el hablante quiere decir. La comprensión de parte del receptor se da porque, gracias a sus conocimientos lingüísticos y no lingüísticos, puede inferir en el enunciado del emisor lo no dicho: el pedido que esconde la pregunta (alcánceme la revista, ayúdeme un momento, córrase un poquito).

Otro ejemplo:
Si una persona le dice a otra: ¿Tenés hora?, inmediatamente esta persona le contestará seguramente: Sí, son las cuatro y media, por ejemplo.
Pero si el destinatario de la pregunta sólo responde un y sigue con las actividades que venía desarrollando, evidentemente no interpretó correctamente lo que su interlocutor necesitaba: saber la hora. O no quiso interpretar. Una persona medianamente inteligente interpretará correctamente esa pregunta.
Es decir:
El ACTO DE HABLA queda completado, por lo tanto, en el momento en que el receptor entiende qué es lo que el hablante le quiso decir.

lunes, 13 de julio de 2009

LA OPINIÓN EN LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN


Como ya se sabe, los diarios tienen una finalidad básicamente informativa. Sin embargo, no es ésa la única intención, ya que también publican notas de opinión y entretenimientos. Estas tres intenciones están presentes en los distintos textos que se manejan habitualmente en el periodismo.
En las publicaciones de la prensa gráfica –diarios, revistas- no sólo se presentan las informaciones de manera más o menos objetiva. Además se exponen las opiniones de los protagonistas de los acontecimientos, de los periodistas que firman las notas, de los especialistas sobre un determinado tema o del público lector.
Básicamente, los textos de opinión tienen una finalidad informativa–persuasiva y trama argumentativa–expositiva.
En este curso abordaremos el estudio de los editoriales, las notas de opinión y las cartas de lectores.
Esta clase de textos son subjetivos, ya que quien los escribe realiza una toma de posición sobre el tema que trata, casi siempre de actualidad.
Como en todo texto argumentativo, en éstos se trata un tema o asunto problemático. Tiene una finalidad u objetivo: la adhesión del destinatario a una tesis o conclusión. El emisor utiliza, pues, argumentos, que son los instrumentos o medios para tratar de convencer a su interlocutor.
Los textos de opinión en el diario tienen su propia organización por sus características particulares que desarrollaremos más adelante; pero el que más respeta estas características de la argumentación, es sin duda, el editorial.



Definición del diccionario:
editorial 1. s.m. Artículo de fondo no firmado. 2. s.f. Empresa editora.

Si hablamos de textos de opinión en un medio gráfico, la primera acepción del diccionario es la correcta para el tema que vamos a abordar.
El editorial es un género periodístico que está reservado para expresar las opiniones institucionales de la publicación, es decir, el punto de vista de los directores y editores del diario o de la revista. Es un texto argumentativo en el que la voz enunciativa es la del diario (la de su dirección), y por esa causa, no lleva firma de autor. Los editores se “hacen cargo” del contenido del editorial.

“Borrar” a quien habla

Tradicionalmente, en un editorial no habla un “yo” sino un “nosotros” (la dirección, los editorialistas). Este cambio de persona gramatical busca que queden borradas las huellas de un único sujeto de enunciación. Esta estrategia se conoce como impersonalización y tiene por finalidad que quien lo lea crea que en ese “nosotros” están todos los lectores, que hablan, piensan y opinan; que se trata de la opinión pública.

"EDITORIAL: las columnas editoriales de un diario son el espacio reservado para que el director o el editor de la publicación exprese su opinión sobre temas de interés para la comunidad. En la Argentina, suele llamarse también “artículo de fondo” al que se dedica a expresar la opinión institucional del diario (...) Mientras que en las secciones informativas del diario o periódico, el estilo usual es el de la prosa narrativa o descriptiva; en el sector dedicado a los juicios de valor, la prosa más apta es la ARGUMENTATIVA" (La Nación, Manual de Estilo y Ética Periodística)

El editorial: un texto argumentativo

A partir de una determinada información de actualidad, el editorialista —persona que escribe el editorial— considera los hechos, los analiza y emite juicios de valor.
La nota editorial desarrolla así una argumentación en la que presenta una tesis (opinión, teoría, juicio, consideración, suposición); para sostener esta opinión, el texto presenta una serie de argumentos, es decir, razones o fundamentos que tratan de demostrar la validez de la tesis.
En un texto argumentativo, las razones o argumentos se encadenan mediante conectores, que conducen a una conclusión, que coincide con la tesis propuesta.
PInchá aquí para leer un editorial.



En las notas de opinión también se sigue —en mayor o menor medida— la estructura del texto argumentativo ya visto, pero a diferencia del editorial, en éstas el diario cede espacio a un especialista o persona de reconocido prestigio que trata un tema de actualidad y que firma la misma con su nombre y apellido —también lo puede hacer con seudónimo.
Se llaman columnas a las notas de opinión que se publican periódicamente (por ejemplo, todos los viernes) y son firmadas por una misma persona.

“En una nota de opinión es fundamental la elección del tema, que no sólo debe ser actual, sino también polémico. Luego recabo toda la información posible sobre el tema. En este punto es esencial ser absolutamente honesto para no usar sólo los datos que abonen mi opinión. Los periodistas no somos sacerdotes dando sermones ni jueces dictando sentencias. Tan sólo informamos. Por eso intento que mi opinión quede clara no por lo que afirmo, sino por lo que muestro, incluyendo eventuales contradicciones y hasta las dudas. Nadie es el dueño de la verdad, pero es bueno hacer todo lo posible para acercarse a ella” (Ezequiel Fernández Moores
Columnista de las revistas “Tres puntos” y “Mística”)
Pinchá aquí para leer una nota de opinión.
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Las cartas en general se caracterizan por su organización espacial. Sus componentes son:
1. encabezamiento
2. cuerpo
3. cierre

Sin embargo, a pesar de esa estructuración, no todas las cartas son del mismo tipo, y no todas responden a las características del texto argumentativo, ya que el “lector común” por lo general desconoce o no tiene en cuenta dichas características.
El emisor en una carta de lectores es —como su nombre lo indica— un ciudadano cualquiera que sintió la necesidad de expresarse y dar su opinión sobre determinado tema a través de un medio periodístico —diario o revista— con el fin de hacerla pública. Si bien este tipo de cartas está dirigido siempre al “Sr. Director” del medio periodístico, esta fórmula de encabezamiento no indica que justamente sea el director el destinatario de la carta, sino que se solicita por su intermedio que la carta sea publicada en el diario o revista para que pueda ser leída por la gente.
El autor de la carta de lectores debe estar perfectamente identificado con nombre, apellido y número de documento o dirección y es el único responsable de sus palabras.
Todas las cartas (incluidas las de lectores) tienen en común la intencionalidad: son persuasivas, pues se proponen obtener algo del destinatario. Y para obtener lo que se proponen, los emisores recurren a diferentes tramas. En el caso de la carta de lectores la trama es también argumentativa.
Las cartas de lectores no solo se escriben para criticar, modificar actitudes que se consideran indeseables o simplemente para protestar por algo que le pasó. Algunas cartas también serán de agradecimiento, reconocimiento o simplemente la expresión de deseos para que la gente sea cada vez mejor.
Pinchá aquí para leer una carta de lectores.
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Otras formas de opinar

Muchos de los medios pertenecientes a la prensa escrita actual han puesto a disposición del público una nueva sección en la que la gente puede opinar desde el anonimato. Las opiniones se reciben mediante llamadas telefónicas que luego el diario seleccionará entre todas cuáles serán publicadas y cuáles no. De los diarios locales, el que tiene esa sección es el diario La Opinión: “Opifón” :
"Es una verdadera pena observar a chicos alcoholizados, drogados, pidiendo o peleando en la calle. Para que esto no siga ocurriendo mucho tenemos que ver los padres y las autoridades también". Textual de una voz femenina, de barrio Alberdi, en el teléfono (27 de junio de 2009).
También el diario Castellanos tuvo tiempo atrás su sección para opinar en forma anónima, denominada "Eco800":
"Voy a dejar un mensaje, soy vecina de la Escuela Dopazo del barrio Villa Rosas. Los sábados se dan clases de lo que se ve es una nueva materia, porque se dan lecciones a aprendices de barrabravas, piqueteros, hinchas de fútbol, de partidos políticos durante horas y horas. En este momento, son las 2 de la tarde del día sábado. Hay ruidos de tachos, de latas, tambores, y entonces yo me pregunto: ¿hay una ley que reprime los ruidos molestos? Cuando uno llama a Control Público, que es la encargada de sancionar los ruidos molestos, me dicen que tienen permiso del gobierno. Entonces vuelvo a preguntar: ¿ésa es la educación que se le da a los jóvenes? ¿Un día sábado se usa en la escuela para estar horas y horas golpeando latas, sin respetar los derechos de los vecinos? ¿Alguien me puede explicar esto? ¿Alguien tiene una explicación? ¿Por qué no se dedican a enseñarles algo y no a hacer quilombo los sábados?" (25 de junio de 2007).

domingo, 12 de julio de 2009

LA NARRACIÓN

Cuando contamos una anécdota o leemos la historia de algún invento o de algún personaje famoso, cuando en un libro de Historia se relata una batalla o una expedición, cuando en el diario se cuenta el transcurso de un partido de fútbol o una noticia policial, en todos los casos se trata de narraciones.

Por medio de una narración se cuenta una sucesión de acciones que transcurren en un tiempo y un lugar y que son realizadas por personas.


Entre las narraciones, hay algunas que son ficticias, es decir que son una invención. Entre estas narraciones ficticias se encuentran las que son tradicionales (fábulas, leyendas, mitos) y las literarias, como el cuento y la novela.
La más antigua de las formas que revistió el género narrativo es la del poema épico, caracterizado por la invariable presencia de tres elementos básicos: un narrador, que cuenta a un auditorio algo que ha sucedido.
La épica corresponde a la edad heroica de los pueblos, cuando éstos luchaban por su supervivencia y su expansión: es la época de los grandes héroes, cuyas hazañas y virtudes sirven de tema a las diversas epopeyas, que se componen para ser recitadas o cantadas ante un público numeroso.
En tiempos posteriores, la forma narrativa que sustituye a estos extensos poemas épicos es la novela, ya no destinada a auditorios reunidos sino para ser leída en forma individual.


EL CUENTO
Definición del diccionario:

CUENTO. M. Relación de un suceso. // Relación oral o escrita de un suceso falso o de pura invención. // Breve narración de sucesos ficticios y de carácter sencillo, hecha con fines morales o recreativos. // Embuste, engaño. // fam. Chisme o enredo que se cuenta a una persona para ponerla mal con otra.
El cuento es una breve serie de acontecimientos encadenados unos con otros sin grandes intervalos de tiempo y sin grandes cambios de lugares. Presenta una trama concentrada en tensión y peripecias para lograr un efecto único.
Por lo general, el cuento se centra en la narración de una sola historia protagonizada por un personaje que se relaciona con otros a lo largo de la acción. Casi siempre son acciones que ocurren en pocos lugares y en períodos de tiempo limitados. Su característica principal es la brevedad.


Edgar Allan Poe (EE.UU., 1809/1849), considerado el fundador y teórico de este género, postula que en la composición de un cuento no se debe dejar nada librado al azar ni a la intuición. El escritor debe avanzar paso a paso, con el rigor lógico y la precisión de un problema matemático. La consigna es contar un tema para obtener un efecto. El trabajo del narrador concluye en ese punto; si se propusiera indagar en otros temas y lograr efectos secundarios, cambiaría el género.
(Hacé click en la foto para leer una breve biografía de E. A. Poe)

DIFERENCIA ENTRE CUENTO Y NOVELA

Ambos géneros son narrativos (hechos o acontecimientos que se suceden en el tiempo) y poseen carácter ficcional (creaciones o invenciones de un autor). Sus diferencias están determinadas principalmente por la extensión.
A diferencia del cuento, la novela es una extensa narración ficcional. La extensión de la novela permite no sólo desplegar variados conflictos de una multitud de personajes en diversos escenarios y durante un tiempo prolongado, sino también trabajar con mayor comodidad todos los discursos sociales de una época.
Se podría considerar también un tercer género: la novela corta. Se trata de un género fronterizo entre el cuento y la novela. También es llamada cuento largo, relato, novela breve. Esto quiere decir que existe una “inestabilidad” en el género narrativo que no puede delimitar con claridad un criterio indiscutible que permita diferenciar el cuento de la novela.

Si bien el origen de la novela puede remontarse a La Odisea (¿Homero?, s. IX a.C.), aunque estuviera escrita en verso y no en prosa, se considera que este género aparece en el siglo XVI, por lo menos en el modo en que la conocemos en la actualidad. Una obra de referencia es El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra (España, 1547/1616). Desde entonces —pasando por el s. XIX, en que logró su mayor apogeo— hasta el presente, se terminó de convertir en uno de los géneros literarios más importantes.

CLASIFICACIÓN DE LOS CUENTOS

A lo largo de todo el s. XIX (hasta hoy), el cuento moderno ensayó diversas posibilidades que giran en torno a las fronteras entre la ficción y la no ficción. Este también es un aspecto fundamental de la narrativa breve contemporánea. En consecuencia, si tomamos este criterio de clasificación, podemos distinguir:

REALISTA: sus elementos (hechos, personajes, tiempo o lugar) representan una realidad posible, creíble o verosímil.
FANTÁSTICO: cuando alguno de sus elementos son extraños, imposibles o inexplicables en el mundo que se representa, o cuando apuestan, en todo caso, a una vacilación entre dos explicaciones que jamás se resuelven: una racional (alguna causa lógica motivó los hechos) y otra irracional (se ignoran las causas o son producto de fuerzas desconocidas). Es propio de un relato fantástico que en una casa abandonada habiten fantasmas o que un sueño se convierta en realidad.
MARAVILLOSO: sus elementos remiten a un mundo absolutamente imaginario y sobrenatural, un mundo paralelo al real donde tienen sus propias reglas. Por eso, nada de lo que ocurre sorprende al lector, quien acepta la presencia de hadas, escobas voladoras o espejos parlantes, entre otros elementos.
CIENCIA FICCIÓN: algunos o todos sus elementos representan o forman parte de un mundo alternativo —por lo general, ubicado en otro tiempo— y son posibles o creíbles precisamente en ese mundo.

ESTRUCTURA DE UN CUENTO

Los cuentos, como casi todas las narraciones, están compuestos por partes bastante definidas que organizan, desde principio al final, la historia contada.

Las acciones de una historia se desarrollan en una época y en un lugar determinado, aunque no siempre un cuento define con precisión ese marco.
Las acciones principales (o núcleos) son aquellas que no pueden suprimirse sin que se altere la historia y se ligan entre sí por una relación causa-consecuencia.
Los núcleos son momentos de riesgo en la historia porque suponen la elección de un camino y las consecuencias que ésta pueda traer.
Las acciones principales (o núcleos) encadenadas por una relación causa-consecuencia constituyen lo que se denomina una SECUENCIA NARRATIVA.
Esta secuencia tiene lugar en un momento, en un espacio, de un modo determinado y en la que participan personajes. Este conjunto de circunstancias constituye el MARCO.
Las acciones secundarias de una narración acompañan a las principales o permiten que éstas se lleven a cabo. Es decir, no todas las acciones de una narración constituyen los núcleos. Se llaman secundarias o subsidiarias porque no existen sin la presencia de los núcleos.
Aunque las acciones secundarias parezcan de menor importancia, tienen su utilidad: ofrecen al relato zonas de descanso entre los momentos de riesgo y opción y amplían la información sobre ellos.

EPISODIO: En un cuento podemos encontrar uno o más episodios. En un episodio se distingue en primer lugar la situación inicial en la que se presenta la acción. Después se plantea, por lo general, una complicación de los hechos que tiene su resolución, y por último se presenta la situación final.

SITUACIÓN INICIAL

COMPLICACIÓN
EPISODIO
RESOLUCIÓN

SITUACIÓN FINAL

La identificación de estas partes de la narración puede llevarse a cabo en los textos más sencillos. En textos de mayor complejidad, muchas veces los episodios no presentan situación final, o en el comienzo no incluyen el marco correspondiente. La literatura contemporánea ha tendido a realizar innovaciones en el discurso como, por ejemplo, alterar el orden cronológico de los hechos o ignorar algunas de las partes de la narración.
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EL NARRADOR

En las obras literarias (en el caso de la narración, cuentos y novelas) hay que diferenciar al autor (que es la persona real que inventa la historia y la escribe) del narrador (que es la figura construida por el autor para narrar la historia).
El narrador puede referir los hechos en primera o en tercera persona, según participe o no de la historia narrada.
Personas gramaticales

1era. persona: YO (singular) - NOSOTROS/AS (plural)
2da. persona: TÚ, VOS (singular) - VOSOTROS/AS, USTEDES (plural)
3era. persona: ÉL/ELLA (singular) - ELLOS/AS (plural)
Distintos tipos de narrador:

A) Narrador en primera persona:
- Puede ser protagonista de la historia.
- Puede ser testigo de la historia.

B) Narrador en tercera persona:- Puede ser omnisciente, porque sabe lo que hacen, sienten y piensan todos los personajes.
- Puede adoptar el punto de vista de algún personaje, es decir, conocer sus pensamientos y sentimientos, narrar la historia según la vive ese personaje.

Ejemplos:
1) Ya había yo descendido del coche, cuando llegó una criada y nos rogó que esperásemos un momento, pues la señorita Carlota no tardaría en salir. Atravesé el patio y avancé hacia esta linda casa; subí la escalera, y al entrar en la primera habitación mis ojos contemplaron el espectáculo más encantador de cuantos he visto en mi vida. Me rodeaban seis niños de dos a once años, quienes estaban junto a una joven hermosa, de mediana estatura. (GOETHE, Johan W. Las amarguras del joven Werther)El texto está narrado en 1ª persona del singular.
El narrador participa de los hechos que cuenta, o sea, es uno de los personajes.
Según la clasificación vista, el narrador es protagonista de la historia.

2) Una sensación similar me volvió a sobrecoger una tarde... Entró una mujer esmirriada, de tez morena, que, con un acordeón destartalado, hacía sonar una música lúgubre. Sobre su pecho llevaba colgado un cartel donde explicaba que había tenido que escapar de Rumania. Escuché su melodía, y me detuve a observar a esa mujer sin patria ni hogar, sin importar si provenía de Rumania, de Bosnia o de la ex Yugoslavia. (SABATO, Ernesto. Antes del fin)El texto está narrado en 1ª persona del singular.
El narrador no participa de los hechos que cuenta, sólo observa y escucha, sólo lo que hace el personaje.
Según la clasificación vista, el narrador es testigo de la historia.

3) El Jaguar sonreía, para mostrar que nada había de sorprendente en ese encuentro, que se trataba de un episodio banal, chato y sin misterio. Pero esa sonrisa le costaba un esfuerzo muy grande y en su vientre había brotado, como esos hongos de silueta blanca y cresta amarillenta que nace repentinamente en las maderas húmedas, un malestar insólito, que invadía ahora sus piernas, ansiosas de dar un paso atrás, adelante o a los lados, sus manos que querían zambullirse en los bolsillos o tocar su propia cara; y, extrañamente, su corazón albergaba un miedo animal, como si esos impulsos, al convertirse en actos, fueran a desencadenar una catástrofe. (VARGAS LLOSA, Mario. La ciudad y los perros)El texto está narrado en 3ª persona.
El narrador no participa de los hechos que cuenta, sabe todo lo que hacen, piensan y sienten los personajes.
Según la clasificación vista, el narrador es omnisciente.

4) La noche del 25 de julio de 1880, Billy the Kid atravesó al galope de su overo la calle principal, o única, de Fort Sumner. El calor apretaba y no habían encendido las lámparas; el comisario Garret, sentado en un sillón de hamaca de un corredor, sacó el revólver y le descerrajó un balazo en el vientre. El overo siguió; el jinete se desplomó en la calle de tierra. Garret le encajó un segundo balazo. El pueblo (sabedor de que el herido era Billy the Kid) trancó bien las ventanas. La agonía fue larga y blasfematoria. Ya con el sol bien alto, se fueron acercando y lo desarmaron: el hombre estaba muerto. (BORGES, Jorge Luis. Historia universal de la infamia)El texto está narrado en 3ª persona del singular.
El narrador no participa de los hechos que cuenta, sólo es observador desde su punto de vista.
Según la clasificación vista, el narrador adopta el punto de vista de un personaje.
LA ARTICULACIÓN DE LAS VOCES DEL NARRADOR Y DE LOS PERSONAJES

En los cuentos se escucha la voz del narrador. Él es quien organiza la historia en un relato, de protagonismo a los personajes y los deja hablar cuando lo considera conveniente.
Entre sus palabras y las de los personajes puede haber una mayor o menor distancia. Es decir, el narrador puede reproducir textualmente las palabras de los personajes para distanciarse de ellos y lograr una mayor objetividad, o puede acercarse a ellos incluyendo su discurso dentro del propio.
Hay una variedad de alternativas para referir las voces de los personajes. Entre ellas se incluyen:

1. El estilo directo es la forma que usa el narrador para reproducir textualmente las palabras de los personajes. Se usan marcas gráficas como el guion de diálogo, comillas o dos puntos para introducirlas.

Bajó la cabeza y se tomó la frente con la mano derecha.
—Eso es lo que está buscando este mocoso —dijo, como para sí, pero en voz alta—. Que me dé un ataque al corazón y me muera. . .
Ricardo había vuelto lenta y silenciosamente a asomarse a la puerta de la cocina. Había recogido, incluso, su camisa del suelo.
—Ahí vas a estar contento, ahí vas a estar contento —prosiguió Clara, advirtiendo su reaparición—. Ahí sí. Ahí ya no vas a tener a la pobre vieja imbécil controlándote, ahí vas a estar feliz. Eso es lo que querés. Eso.
(La pura verdad, de Roberto Fontanarrosa)

El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice: "Te apuesto un peso a que no la haces".
(Algo muy grave va a suceder en este pueblo, de Gabriel García Márquez)


2. El estilo indirecto es la forma que usa el narrador cuando en lugar de dejar que los personajes hablen directamente, refiere en su propio enunciado los que ellos dijeron. En la mayoría de los casos, el narrador mantiene su lecto y su registro sin que se contamine con los correspondientes al personaje.

Y una de las alumnas, que había venido a la capital desde un pueblo perdido en el campo, se quedó charlando conmigo. Me dijo que ella, antes, no hablaba ni una palabra, y riendo me explicó que el problema era que ahora no se podía callar. Y me dijo que ella quería al maestro, lo quería muuuuuucho, porque él le había enseñado a perder el miedo de equivocarse.
(El profesor, de Eduardo Galeano)


3. Estilo indirecto libre: es una forma más ambigua en la que es difícil a veces identificar cuándo habla en narrador y cuándo lo hace el personaje, a quién le pertenece cada palabra. El narrador no reproduce las palabras del personaje sino que adopta su perspectiva. No se utilizan marcas gráficas para introducir las palabras del personaje (guiones, comillas, verbos como dijo, pensó, etc.).

Aunque la perspectiva de participar en un conflicto bélico lo sacudió con violencia, procuró mantener la calma para desvanecer el temor que se había apoderado de sus padres y, sobre todo, de Julieta, incapaces de aceptar la idea de tan súbita separación. Será por unos días. Todo se arreglará muy pronto. (El pozo, de Ángel Balzarino)

sábado, 11 de julio de 2009

REDACCIÓN COMERCIAL Y ADMINISTRATIVA

Cuando hablamos de redacción comercial y administrativa estamos haciendo referencia a distintos tipos textuales que se utilizan en el ámbito laboral.
Estos tipos textuales pueden ser informes, balances, correspondencia, solicitudes, etc. Todos tienen una distribución externa (forma) determinada y en ellos se utilizan giros o palabras específicos. Es fundamental para esta clase de textos que lo que se procura comunicar se lo haga con claridad, sencillez y precisión.
En pocas palabras, estos textos poseen una diagramación particular, se utilizan formas idiomáticas especiales (lenguaje informativo, técnico, formal) y poseen un fin práctico.
Para aquellas personas que aún no han ingresado al mundo laboral (o que intentan regresar) es muy útil que tengan en cuenta la forma en que se redactan, por ejemplo, las cartas para solicitar empleo, cómo se confecciona un currículum vítae, cómo se redacta un aviso para ofrecer servicios a través de los medios de comunicación, entre otros. Y para aquellos que ya tienen un empleo y en el mismo los superiores les solicitan la redacción, por ejemplo, de un informe, de una acta o de correspondencia interna o externa de la empresa, también deberán saber y tener presentes algunas características o requisitos típicos para la redacción de esta tipología textual.
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En la redacción comercial se deben distinguir:
1) Redacción comercial sin destinatario específico: informes, balances, actas, etc.
2) Redacción comercial con destinatario específico: correspondencia comercial
3) Redacción comercial para publicidad: anuncios en diarios, radio, televisión, carteles, etc.
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Requisitos fundamentales a tener en cuenta:
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1) Mantener siempre la misma persona gramatical. Se puede utilizar la 1ª persona (“Me dirijo a Ud.”) o la 3ª persona (“Quien suscribe se dirige a Ud.”).
2) Mantener también siempre el mismo número: singular o plural.
3) Evitar los lugares comunes:
Me dirijo a Ud. es preferible a Tengo el agrado de dirigirme a Ud.
Su carta de fecha es preferible a Su atenta de fecha
Adjuntamos es preferible a Remitimos adjunto
4) El final debe ser sobrio, sin giros enfáticos y repetitivos:
Saludo a Ud. atte. es preferible a Saludo a Ud. con el mayor respeto y consideración
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A continuación se detallan las características y requisitos fundamentales del currículum vítae y de la carta comercial.
.El currículum vítae o currículo:.
El currículum vítae (textualmente del latín “carrera de la vida”) es un inventario ordenado de los antecedentes, estudios y ocupaciones de una persona que aspira a obtener un puesto o cargo profesional.
Permite al lector juzgar en forma rápida sobre la calidad profesional de un aspirante a empleo. Se exige en los ambientes culturales, educativos, gubernamentales y empresarios. Se presentan, en general, en respuesta a un llamado a concurso de interesados para cubrir funciones de empleados, obreros o profesionales; o, directamente, el interesado presenta en la empresa o lugar donde aspira a trabajar, el currículum vítae sin que nadie se lo solicite, para que se lo tenga en cuenta para una futura vacante (bolsa de trabajo).
No existe una forma fija de redactar un currículum vítae, pero los datos más usuales y convenientes que suelen incluir son los siguientes:
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I – DATOS O ANTECEDENTES PERSONALES
1. Apellidos y nombres completos.
2. Edad, lugar y fecha de nacimiento.
3. Documento Nacional de Identidad.
4. Estado civil.
5. Domicilio, teléfono fijo, teléfono celular, correo electrónico (o cualquier otro dato para poder contactarse).
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II – GRUPO FAMILIAR
1. Apellido y nombres del padre (lugar de trabajo u ocupación, si vive o no).
2. Apellido y nombres de la madre (lugar de trabajo u ocupación, si vive o no).
3. Apellido y nombres del cónyuge (lugar de trabajo u ocupación, si vive o no).
4. Apellido, nombres y edad de los hijos.
5. Conformación del grupo familiar (con quién vive).
.III – ESTUDIOS REALIZADOS
1. Estudios primarios (completos o no, escuela y período en que los cursó).
2. Estudios secundarios (completos o no, escuela y período en que los cursó).
3. Estudios terciarios o universitarios (completos o no, institución y período en que los cursó).
4. Otros estudios realizados (licenciaturas, maestrías, posgrados, cursos de computación, idiomas extranjeros, o cualquier otro estudio realizado afín con el puesto requerido).
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IV – DISPONIBILIDAD HORARIA
El aspirante al puesto deberá especificar su disponibilidad horaria (completa o especificará días y horarios disponibles).
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V – ANTECEDENTES LABORALES
Se deberá especificar empleos o cargos desempeñados con anterioridad (o que a la fecha de la presentación del currículum vítae ostenta) con fecha de ingreso y egreso, y tareas realizadas en los mismos.
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VI – REFERENCIAS
Lista de personas, empresas o instituciones (con todos sus datos para realizar un posible contacto) a los cuales se les podrá solicitar todo tipo de antecedentes del aspirante al trabajo.
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La carta comercial:.
La carta comercial es una comunicación que se cursa entre empresas, representantes, proveedores y clientes, relacionada con el mundo de los negocios.
Partes
Es bastante similar a la carta familiar, pero se diferencia de ella por el contenido, el estilo y algunos pormenores. Sus elementos comprenden tres partes:
1. ENCABEZAMIENTO (membrete o título de la empresa remitente, lugar y fecha, destinatario, domicilio, referencia, tratamiento)
2. CUERPO (mensaje o comunicación propiamente dicho. Recordar que el estilo debe ser claro, breve, formal y natural)
3. DESPEDIDA (saludo, firma, posdata, notas, adjuntos)
.Ejemplo:

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LA RAFAELINA S.A.
Av. Santa Fe Nº 1380
(C.P. 2300) – Rafaela
Provincia de Santa Fe
.Rafaela, 15 de julio de 2009.
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Sres.
LA LONERA SANTAFESINA S.R.L.
Laprida Nº 4187
(C.P. 3000) – SANTA FE
.Ref.: Devolución de mercadería
.De nuestra consideración:
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Nos dirigimos a Uds. a efectos de restituirle la mercadería que oportunamente nos enviaran a nuestra empresa, en virtud de que la misma no se corresponde con la solicitada en fecha 01 de julio de 2009 vía fax.
Solicitamos asimismo se nos envíe a la brevedad posible la mercadería correcta en virtud de que es de imperiosa necesidad para nuestra diaria labor, para lo cual adjuntamos el listado con las especificaciones correctas.
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Saludamos a Uds. muy atentamente.
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C.P.N. Carlos Urretavizcaya
Director Ejecutivo
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ADJ.: Listado de mercaderías requeridas.
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martes, 30 de junio de 2009

BORGES, Jorge Luis: Emma Zunz

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El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Fein o Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto.
Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto continuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.
En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre "el desfalco del cajero", recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder.
No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico... De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera.
El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y la rompió.
Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova... Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman.
¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia.
Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el hombre: Emma se incorporó y lo rompió como antes había roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel día... El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levantó y procedió a vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina subió a un Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que no le vieran la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo acaecido no había contaminado las cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes. Paradójicamente su fatiga venía a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin.
Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro. Vivía en los altos de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el patio de la fábrica había un gran perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte de su mujer - ¡una Gauss, que le trajo una buena dote! -, pero el dinero era su verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz.
La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio sombrío. La vio hacer un pequeño rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se atareaban como los de quien reza en voz baja; cansados, repetían la sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de morir.
Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así.
Ante Aarón Loewenthal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando éste, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación que había preparado ("He vengado a mi padre y no me podrán castigar..."), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender.
Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es increíble... El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga... Abusó de mí, lo maté...
La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.
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Jorge Luis Borges
(Argentina, 1899/1986)

CASTILLO, Abelardo: El marica

Escuchame, César: yo no sé por dónde andarás ahora, pero cómo me gustaría que leyeras esto. Sí. Porque hay cosas, palabras, que uno lleva mordidas adentro, y las lleva toda la vida. Pero una noche siente que debe escribirlas, decírselas a alguien porque si no las dice van a seguir ahí, doliendo, clavadas para siempre en la vergüenza. Y entonces yo siento que tengo que decírtelo. Escuchame.
Vos eras raro. Uno de esos pibes que no pueden orinar si hay otro en el baño. En la laguna, me acuerdo, nunca te desnudabas delante de nosotros. A ellos les daba risa, y a mí también, claro; pero yo decía que te dejaran, que cada uno es como es. Y vos eras raro. Cuando entraste a primer año, venías de un colegio de curas; San Pedro debió de parecerte, no sé, algo así como Brobdignac. No te gustaba trepar a los árboles, ni romper faroles a cascotazos, ni correr carreras hacia abajo entre los matorrales de la barranca. Ya no recuerdo como fue. Cuando uno es chico, encuentra cualquier motivo para querer a la gente. Sólo recuerdo que de pronto éramos amigos y que siempre andábamos juntos. Una mañana hasta me llevaste a misa. Al pasar frente al café, el colorado Martínez, dijo con voz de flauta: “Adiós los novios”. A vos se te puso la cara como fuego. Y yo me di vuelta, puteándolo, y le pegué tan tremendo sopapo, de revés, en los dientes, que me lastimé la mano. Después, vos me la querías vendar. Me mirabas.
—Te lastimaste por mí, Abelardo.
Cuando hablaste sentí frío en la espalda: yo tenía mi mano entre las tuyas y tus manos eran blancas, delgadas. No sé. Demasiado blancas, demasiado delgadas.
—Soltame —dije.
A lo mejor no eran tus manos, a lo mejor era todo: tus manos y tus gestos y tu manera de moverte, de hablar. Yo ahora pienso que antes también lo entendía, y alguna vez lo dije: dije que todo eso no significaba nada, que son cuestiones de educación, de andar siempre entre mujeres, entre curas. Pero ellos se reían y uno también, César, acaba riéndose. Acaba por reírse de macho que es.
Y pasa el tiempo y una noche cualquiera es necesario recordar, decirlo todo.
Fuimos inseparables. Hasta el día en que pasó aquello yo te quise de verdad. Oscura e inexplicablemente como quieren los que todavía están limpios. Me gustaba ayudarte. A la salida del colegio íbamos a tu casa y yo te enseñaba las cosas que no comprendías. Hablábamos. Entonces era fácil contarte, escuchar todo lo que a los otros se les calla. A veces me mirabas con una especie de perplejidad, con una mirada rara; la misma mirada, acaso, con la que yo no me atrevía a mirarte. Una tarde me dijiste:
—Sabés, te admiro.
No pude aguantar tus ojos; mirabas de frente, como los chicos y decías las cosas del mismo modo. Eso era.
—Es un marica.
—Déjense de macanas. Qué va a ser marica.
—Por algo lo cuidás tanto…
Y se reían. Y entonces daban ganas de decir que todos nosotros, juntos, no valíamos la mitad de lo que valía él, de lo que valías, pero en aquel tiempo la palabra era difícil, y la risa fácil. Y uno también acepta —uno también elige—, acaba por enroñarse, quiere la brutalidad de esa noche, cuando vino el negro y dijo me pasaron un dato.
—Me pasaron un dato —dijo—, por las Quintas hay una gorda que cobra cinco pesos, vamos y de paso el César le ve la cara a Dios.
Y yo dije macanudo.
—César, esta noche vamos a dar una vuelta con los muchachos. Quiero que vengas.
—¿Con los muchachos?
—Sí, qué tiene.
Porque no sólo dije macanudo, sino que te llevé engañado. Y fuimos. Y vos te diste cuenta de todo cuando llegamos al rancho. La luna enorme, me acuerdo: alta entre los árboles.
—Abelardo, vos lo sabías.
—Callate y entrá.
—¡Lo sabías!
—Entrá, te digo.
El marido de la gorda, grandote como la puerta, nos miraba socarronamente. Dijo que eran cinco pesos. Cinco pesos por cabeza, pibes: siete por cinco, treinta y cinco. Verle la cara a Dios, había dicho el negro. De la pieza salió un chico, tendría cuatro o cinco años. Moqueando, se pasaba el revés de la mano por la boca. Nunca me voy a olvidar de aquel gesto. Sus piecitos desnudos eran del mismo color que el piso de tierra.
El negro hizo punta. Yo sentía una pelota en el estómago. No me atrevía a mirarte. Los demás hacían chistes brutales. Desacostumbradamente brutales, en voz de secreto; todos estábamos asustados como locos. A Aníbal le temblaba el fósforo cuando me dio fuego.
—Debe estar sucia.
Cuando el negro salió de la pieza venía sonriendo, triunfador, abrochándose la bragueta.
Nos guiñó un ojo.
—Pasá vos.
—No, yo no. Yo después.
Entró el colorado, después entró Aníbal. Y cuando salían, salían distintos. Salían hombres. Sí, esa era exactamente la impresión que yo tenía.
Entré yo. Cuando salí, vos no estabas.
—Dónde está César.
—Disparó.
Y el ademán —un ademán que pudo ser idéntico al del negro— se me heló en la punta de los dedos, en la cara, me lo borró el viento del patio, porque de pronto yo estaba fuera del rancho.
—Vos también te asustaste, pibe.
Tomando mate contra un árbol vi al marido de la gorda; el chico jugaba entre sus piernas.
—Qué me voy a asustar. Busco al otro, al que se fue.
—Agarró pa ayá —con la misma mano que sostenía la pava, señaló el sitio. Y el chico sonreía. El chico también dijo pa ayá.
Te alcancé frente al Matadero Viejo; quedaste arrinconado contra un cerco. Me mirabas. Siempre me mirabas.
—Lo sabías.
—Volvé.
—No puedo, Abelardo, te juro que no puedo.
—Volvé, animal.
—Por Dios que no puedo.
—Volvé o te llevo a patadas en el culo.
La luna grande, no me olvido, blanquísima luna de verano entre los árboles y tu cara de tristeza o de vergüenza, tu cara de pedirme perdón, a mí, tu hermosa cara iluminada, desfigurándose de pronto. Me ardía la mano. Pero había que golpear, lastimar, ensuciarte para olvidarme de aquella cosa, como una arcada, que me estaba atragantando.
—Bruto —dijiste—. Bruto de porquería. Te odio. Sos igual, sos peor que los otros.
Te llevaste la mano a la boca, igual que el chico cuando salía de la pieza. No te defendiste.
Cuando te ibas, todavía alcancé a decir:
—Maricón. Maricón de mierda.
Y después lo grité.
Escuchame, César. Es necesario que leas esto. Porque hay cosas que uno lleva mordidas, trampeadas en la vergüenza toda la vida, hay cosas por las que uno, a solas, se escupe la cara en el espejo. Pero de golpe, un día, necesita decirlas, confesárselas a alguien. Escuchame.
Aquella noche, al salir de la pieza de la gorda, yo le pedí, por favor, no se lo vaya a contar a los otros.
Porque aquella noche yo no pude. Yo tampoco pude.
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Abelardo Castillo
(Argentina, 1935)

HEKER, Liliana: La fiesta ajena

Nomás llegó, fue a la cocina a ver si estaba el mono. Estaba y eso la tranquilizó: no le hubiera gustado nada tener que darle la razón a su madre. ¿Monos en un cumpleaños?, le había dicho; ¡por favor! Vos sí que te creés todas las pavadas que te dicen. Estaba enojada pero no era por el mono, pensó la chica: era por el cumpleaños.
—No me gusta que vayas —le había dicho—. Es una fiesta de ricos.
—Los ricos también se van al cielo—dijo la chica, que aprendía religión en el colegio.
—Qué cielo ni cielo —dijo la madre—. Lo que pasa es que a usted, m'hijita, le gusta cagar más arriba del culo.
A la chica no le parecía nada bien la manera de hablar de su madre: ella tenía nueve años y era una de las mejores alumnas de su grado.
—Yo voy a ir porque estoy invitada —dijo—. Y estoy invitada porque Luciana es mi amiga. Y se acabó.
—Ah, sí, tu amiga —dijo la madre. Hizo una pau­sa—. Oíme, Rosaura —dijo por fin—, ésa no es tu amiga. ¿Sabés lo que sos vos para todos ellos? Sos la hija de la sirvienta, nada más.
Rosaura parpadeó con energía: no iba a llorar.
—Callate —gritó—. Qué vas a saber vos lo que es ser amiga.
Ella iba casi todas las tardes a la casa de Luciana y preparaban juntas los deberes mientras su madre hacía la limpieza. Tomaban la leche en la cocina y se contaban secretos. A Rosaura le gustaba enormemente todo lo que había en esa casa. Y la gente también le gustaba.
—Yo voy a ir porque va a ser la fiesta más hermosa del mundo, Luciana me lo dijo. Va a venir un mago y va a traer un mono y todo.
La madre giró el cuerpo para mirarla bien y ampulosamente apoyó las manos en las caderas.
—¿Monos en un cumpleaños? —dijo—. ¡Por favor! Vos sí que te creés todas las pavadas que te dicen.
Rosaura se ofendió mucho. Además le parecía mal que su madre acusara a las personas de mentirosas simplemente porque eran ricas. Ella también quería ser rica, ¿qué?, si un día llegaba a vivir en un hermoso palacio, ¿su madre no la iba a querer tampoco a ella? Se sintió muy triste. Deseaba ir a esa fiesta más que nada en el mundo.
—Si no voy me muero —murmuró, casi sin mover los labios.
Y no estaba muy segura de que se hubiera oído, pero lo cierto es que la mañana de la fiesta descubrió que su madre le había almidonado el vestido de Navidad. Y a la tarde, después que le lavó la cabeza, le enjuagó el pelo con vinagre de manzanas para que le quedara bien brillante. Antes de salir Rosaura se miró en el espejo, con el vestido blanco y el pelo brillándole, y se vio lindísima.
La señora Inés también pareció notarlo. Apenas la vio entrar, le dijo:
—Qué linda estás hoy, Rosaura.
Ella, con las manos, impartió un ligero balanceo a su pollera almidonada: entró a la fiesta con paso firme. Saludó a Luciana y le preguntó por el mono. Luciana puso cara de conspiradora; acercó su boca a la oreja de Rosaura.
—Está en la cocina —le susurró en la oreja—. Pero no se lo digas a nadie porque es un secreto.
Rosaura quiso verificarlo. Sigilosamente entró en la cocina y lo vio. Estaba meditando en su jaula. Tan cómico que la chica se quedó un buen rato mirándolo y después, cada tanto, abandonaba a escondidas la fiesta e iba a verlo. Era la única que tenía permiso para entrar en la cocina, la señora Inés se lo había dicho: 'Vos sí pero ningún otro, son muy revoltosos, capaz que rompen algo". Rosaura, en cambio, no rompió nada. Ni siquiera tuvo problemas con la jarra de naranjada, cuando la llevó desde la cocina al comedor. La sostuvo con mucho cuidado y no volcó ni una gota. Eso que la señora Inés le había dicho: "¿Te parece que vas a poder con esa jarra tan grande?". Y claro que iba a poder: no era de manteca, como otras. De manteca era la rubia del moño en la cabeza. Apenas la vio, la del moño le dijo:
—¿Y vos quién sos?
—Soy amiga de Luciana —dijo Rosaura.
—No —dijo la del moño—, vos no sos amiga de Luciana porque yo soy la prima y conozco a todas sus amigas. Y a vos no te conozco.
—Y a mí qué me importa —dijo Rosaura—, yo vengo todas las tardes con mi mamá y hacemos los deberes juntas.
—¿Vos y tu mamá hacen los deberes juntas? —dijo la del moño, con una risita.
— Yo y Luciana hacemos los deberes juntas —dijo Rosaura, muy seria.
La del moño se encogió de hombros.
—Eso no es ser amiga —dijo—. ¿Vas al colegio con ella?
—No.
—¿Y entonces de dónde la conocés? —dijo la del moño, que empezaba a impacientarse.
Rosaura se acordaba perfectamente de las palabras de su madre. Respiró hondo:
—Soy la hija de la empleada —dijo.
Su madre se lo había dicho bien claro: Si alguno te pregunta, vos le decís que sos la hija de la empleada, y listo. También le había dicho que tenía que agregar: y a mucha honra. Pero Rosaura pensó que nunca en su vida se iba a animar a decir algo así.
—Qué empleada—dijo la del moño—. ¿Vende cosas en una tienda?
—No —dijo Rosaura con rabia—, mi mamá no vende nada, para que sepas.
—¿Y entonces cómo es empleada? —dijo la del moño.
Pero en ese momento se acercó la señora Inés haciendo shh shh, y le dijo a Rosaura si no la podía ayudar a servir las salchichitas, ella que conocía la casa mejor que nadie.
—Viste —le dijo Rosaura a la del moño, y con disimu­lo le pateó un tobillo.
Fuera de la del moño todos los chicos le encantaron. La que más le gustaba era Luciana, con su corona de oro; después los varones. Ella salió primera en la carrera de embolsados y en la mancha agachada nadie la pudo agarrar. Cuando los dividieron en equipos para jugar al delegado, todos los varones pedían a gritos que la pusieran en su equipo. A Rosaura le pareció que nunca en su vida había sido tan feliz.
Pero faltaba lo mejor. Lo mejor vino después que Luciana apagó las velitas. Primero, la torta: la señora Inés le había pedido que la ayudara a servir la torta y Rosaura se divirtió muchísimo porque todos los chicos se le vinieron encima y le gritaban "a mí, a mí". Rosaura se acordó de una historia donde había una reina que tenía derecho de vida y muerte sobre sus súbditos. Siempre le había gustado eso de tener derecho de vida y muerte. A Luciana y a los varones les dio los pedazos más grandes, y a la del moño una tajadita que daba lástima.
Después de la torta llegó el mago. Era muy flaco y tenía una capa roja. Y era mago de verdad. Desanudaba pañuelos con un solo soplo y enhebraba argollas que no estaban cortadas por ninguna parte. Adivinaba las cartas y el mono era el ayudante. Era muy raro el mago: al mono lo llamaba socio. "A ver, socio, dé vuelta una carta", le decía. "No se me escape, socio, que estamos en horario de trabajo".
La prueba final era la más emocionante. Un chico tenía que sostener al mono en brazos y el mago lo iba a ha­cer desaparecer.
—¿Al chico? —gritaron todos.
—¡Al mono! —gritó el mago.
Rosaura pensó que ésta era la fiesta más divertida del mundo.
El mago llamó a un gordito, pero el gordito se asustó enseguida y dejó caer al mono. El mago lo levantó con mucho cuidado, le dijo algo en secreto, y el mono hizo que sí con la cabeza.
—No hay que ser tan timorato, compañero —le dijo el mago al gordito.
—¿Qué es timorato? —dijo el gordito.
El mago giró la cabeza hacia uno y otro lado, como para comprobar que no había espías.
—Cagón —dijo—. Vaya a sentarse, compañero.
Después fue mirando, una por una, las caras de todos. A Rosaura le palpitaba el corazón.
—A ver, la de los ojos de mora —dijo el mago. Y to­dos vieron cómo la señalaba a ella.
No tuvo miedo. Ni con el mono en brazos, ni cuando el mago hizo desaparecer al mono, ni al final, cuando el mago hizo ondular su capa roja sobre la cabeza de Rosaura, dijo las palabras mágicas... y el mono apareció otra vez allí, lo más contento, entre sus brazos. Todos los chicos aplaudieron a rabiar. Y antes de que Rosaura volviera a su asiento, el mago le dijo:
—Muchas gracias, señorita condesa.
Eso le gustó tanto que un rato después, cuando su madre vino a buscarla, fue lo primero que le contó.
—Yo lo ayudé al mago y el mago me dijo: "muchas gracias, señorita condesa".
Fue bastante raro porque, hasta ese momento, Rosaura había creído que estaba enojada con su madre. Todo el tiempo había pensado que le iba a decir: "Viste que no era mentira lo del mono". Pero no. Estaba contenta, así que le contó lo del mago.
Su madre le dio un coscorrón y le dijo:
—Mírenla a la condesa.
Pero se veía que también estaba contenta.
Y ahora estaban las dos en el hall porque un momen­to antes la señora Inés, muy sonriente, había dicho: "Espérenme un momentito".
Ahí la madre pareció preocupada.
—¿Qué pasa? —le preguntó a Rosaura.
—Y qué va a pasar —le dijo Rosaura—. Que fue a buscar los regalos para los que nos vamos.
Le señaló al gordito y a una chica de trenzas, que también esperaban en el hall al lado de sus madres. Y le explicó cómo era el asunto de los regalos. Lo sabía bien porque había estado observando a los que se iban antes. Cuando se iba una chica, la señora Inés le regalaba una pulsera. Cuando se iba un chico, le regalaba un yo-yo. A Rosaura le gustaba más el yo-yo porque tenía chispas, pero eso no se lo contó a su madre. Capaz que le decía: "Y entonces, ¿por qué no le pedís el yo-yo, pedazo de sonsa?". Era así su madre. Rosaura no tenía ganas de explicarle que le daba vergüenza ser la única distinta. En cambio le dijo: —Yo fui la mejor de la fiesta.
Y no habló más porque la señora Inés acababa de entrar en el hall con una bolsa celeste y una bolsa rosa.
Primero se acercó al gordito, le dio un yo-yo que había sacado de la bolsa celeste, y el gordito se fue con su mamá. Después se acercó a la de trenzas, le dio una pulsera que había sacado de la bolsa rosa, y la de trenzas se fue con su mamá.
Después se acercó a donde estaban ella y su madre. Tenía una sonrisa muy grande y eso le gustó a Rosaura. La señora Inés la miró, después miró a la madre, y dijo algo que a Rosaura la llenó de orgullo. Dijo:
—Qué hija que se mandó, Herminia. Por un momento, Rosaura pensó que a ella le iba a hacer los dos regalos: la pulsera y el yo-yo. Cuando la señora Inés inició el ademán de buscar algo, ella también inició el movimiento de adelantar el brazo. Pero no llegó a completar ese movimiento.
Porque la señora Inés no buscó nada en la bolsa celeste, ni buscó nada en la bolsa rosa. Buscó algo en su cartera.
En su mano aparecieron dos billetes. —Esto te lo ganaste en buena ley—dijo, extendiendo la mano—. Gracias por todo, querida.
Ahora Rosaura tenía los brazos muy rígidos, pegados al cuerpo, y sintió que la mano de su madre se apoyaba sobre su hombro. Instintivamente se apretó contra el cuerpo de su madre. Nada más. Salvo su mirada. Su mirada fría, fija en la cara de la señora Inés.
La señora Inés, inmóvil, seguía con la mano exten­dida. Como si no se animara a retirarla. Como si la perturbación más leve pudiera desbaratar este delicado equilibrio.
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LILIANA HEKER
(Argentina, 1943)

BALZARINO, Ángel: El pozo

A pesar del cansancio, siguió hundiendo la pala con el mismo ritmo. Lento. Mecánicamente. Como lo había hecho por primera vez, dos días atrás, cuando se produjo la denigrante y jamás pensada rendición de las filas patriotas y entonces los otros, los enemigos que habían soñado y jurado destruir con mayor rapidez y facilidad que aplastar una mosca, se revelaron imponentes y soberbios, dispuestos a emplear un despótico rigor sobre los prisioneros como él. Sí. El peor trabajo. El que nunca imaginé ni hubiera elegido. Sin alternativa para sublevarse. Como tampoco pudo hacerlo aquella tarde cuando llegó a la casa la nota escueta, rotunda, extremadamente fría, que lo urgía a presentarse en el Regimiento del Ejército. Aunque la perspectiva de participar en un conflicto bélico lo sacudió con violencia, procuró mantener la calma para desvanecer el temor que se había apoderado de sus padres y, sobre todo, de Julieta, incapaces de aceptar la idea de tan súbita separación. Será por unos días. Todo se arreglará muy pronto. No logró esgrimir otro argumento, tanto por la necesidad de aferrarse a esa esperanza, bastante débil y nebulosa, como por impulso de la fuerza y seguridad que pretendía trasmitir a través de cada palabra el teniente Bertoldi. La patria está en peligro. Debemos defenderla. Sin miedo ni vacilación. Hasta destruir completamente al enemigo. Probarle nuestra capacidad de lucha. No llegó a sentirse contagiado por semejante fervor, como tampoco la mayoría de los muchachos que ascendieron con él al avión para marchar al frente de batalla en la remota zona austral; más bien el miedo, cierta desorientación y hasta un aire de velada impotencia los embargó cuando padres, hermanos, novias, agitaron los brazos en señal de un saludo que no hacía presentir una separación breve ni pasajera. Parece la despedida final. Como si ya nunca volveremos a vernos. Después, sobrellevando con extrema dificultad el azote del frío, sin llegar a saciar el hambre con la comida escasa y desabrida, debieron superar cualquier gesto de flaqueza y, por imperio de frías disposiciones, armarse de vigor y resolución para cumplir el deber ineludible de echar de las islas a los aviesos invasores. No. No será tan fácil ni terminará tan rápido. La certidumbre creció con la voracidad de un cáncer en el curso de los días, atenuando el optimismo que los mandos superiores pretendían insuflar sobre una pronta victoria. La caída de incontables compañeros acentuó el progresivo pánico ante el poder destructivo de las fuerzas enemigas. Para no caer en el desánimo o tener tal vez bruscos ataques de locura, procuraba evocar sitios familiares, rostros queridos, en una febril tentativa por recuperar todo aquello que había integrado su mundo y ya consideraba remoto, casi perdido. Julieta. La soledad parecía tornarse más aguda cada vez que la recordaba, golpeado por el hecho desgarrador de no poder tenerla entre los brazos, acariciarla, besarla. Hundió la pala en la tierra. Una y otra vez. Ahora impetuoso. Frenético. No por el deseo de acabar cuanto antes el pozo, sino como una forma de apartar el asedio de recuerdos perturbadores o, más bien, para descargar la dosis de rabia, terror, desesperanza. Vanamente. Lo supo con desoladora claridad. Porque ya resultaba demasiado tarde para evadirse de esa especie de trampa. Sin alternativa de elección y obligado a cumplir una disciplina estricta, se había visto precipitado a intervenir, sin preparación y escaso armamento y arrebatado de miedo, en una pugna que de antemano parecía destinada al fracaso. Como si se tratara de una broma macabra y nosotros fuéramos simples muñecos de trapo convertidos en el blanco del ataque de ellos. Desesperado por ser parte de un rebaño que, obediente y sin capacidad para armar una sólida defensa, se afanaba por sobrevivir en desigual puja. Por eso no le sorprendió la rendición. Cayendo prisionero, se vio sometido a reglas que los otros, enseñoreados por el triunfo, se encargaron de hacer cumplir con recia determinación. Sin piedad. Soberbios. Y así le había tocado apuntalar edificios deteriorados por los bombardeos, limpiar los escombros que cubrían los caminos, excavar la tierra para sepultar a los muertos. El peor trabajo. El que jamás hubiera querido hacer. Sobre todo por tratarse de los amigos con quienes había compartido la lucha, el temor, la desolación. Al fin, exhausto, advirtió que el pozo tenía el tamaño de tantos otros. Como lo exigían sus captores. Entonces el grito le hizo volver la cabeza. Notó la firme actitud del soldado que lo vigilaba. Sí. Este es para mí. Lo comprendió súbitamente. Mientras el fusil vomitaba fuego.
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Ángel Balzarino
(Argentina, 1943)

QUIROGA, Horacio: A la deriva

El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
—¡Dorotea! —alcanzó a lanzar en un estertor—. ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
—¡Te pedí caña, no agua! —rugió de nuevo—. ¡Dame caña!
—¡Pero es caña, Paulino! —protestó la mujer espantada.
—¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
—Bueno; esto se pone feo —murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito —de sangre esta vez—dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
—¡Alves! —gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
—¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! —clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también...
Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves . . .
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
—Un jueves...
Y cesó de respirar.
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HORACIO QUIROGA
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SÍNTESIS CRONOLÓGICA DE UNA VIDA Y UN DESTINO TRÁGICOS
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1878 - Nace en la ciudad de Salto (República Oriental del Uruguay) el día 31 de diciembre, día de San Silvestre, por lo que su nombre completo fue HORACIO SILVESTRE QUIROGA.
Su padre se llamó Prudencio Quiroga, descendiente de Facundo Quiroga. Su madre, Juana Petrona Fortaleza. De dicho matrimonio nacieron cuatro hijos: Pastora, María, Juan Prudencio y Horacio Silvestre, el futuro escritor.
1879 - Cuando Horacio aún no tenía un año -apenas dos meses, según algunos biógrafos-, su padre muere accidentalmente al disparársele un arma cuando desembarcaba de una canoa, de regreso de una excursión de caza. La familia se traslada a Córdoba (Argentina).
1883 - La familia regresa a Salto (Uruguay).
1891 - Su madre contrae matrimonio en segundas nupcias con un argentino, Ascencio Barcos. Se trasladan ahora a Montevideo y regresan a Salto en 1893.
1896 - Su padrastro, que había quedado inválido a raíz de un derrame cerebral, se ingenió para dispararse un tiro de escopeta accionando el gatillo con los dedos del único pie hábil, a la vista de Horacio, que era un adolescente y estaba encargado de su vigilancia.
1898 - Conoce en Salto, en época de carnaval, a María Esther Surkonsky, su primer amor. La familia de ella, para separarla de Horacio, la envía a Buenos Aires.
1902 - Quiroga mata accidentalmente a su íntimo amigo, el escritor Federico Ferrando, en oportunidad de estar examinando un arma cargada en la casa del propio Ferrando, y con la cual éste tendría que batirse a duelo contra un periodista que lo había ofendido a través de un artículo publicado en un diario local. Quiroga va a la cárcel, es enjuiciado y, comprobado el accidente, obtiene su libertad. Pero ya nada será igual en su vida. A partir de ese momento fatal una "leyenda negra" irá envolviendo la figura de Quiroga, leyenda de la que nunca pudo liberarse. Abrumado por la culpa inocente de ese asesinato, corre a refugiarse a los brazos de su hermana María, que vive casada en Buenos Aires. Abandona el Uruguay para siempre, aunque todavía él no lo sabe.
1903 - Obtiene la ciudadanía argentina. En este año el escritor Leopoldo Lugones organiza un viaje de estudios —encomendado por el gobierno nacional— a las ruinas jesuíticas de San Ignacio e incorpora a Horacio Quiroga como fotógrafo. Este primer viaje a Misiones dejaría una profunda huella en su personalidad y en su literatura: la vida selvática comenzaba a seducirlo.
1904 - Viaja al Chaco a plantar algodón y fracasa económicamente, como ha de fracasar en sus sucesivos emprendimientos como empresario: cultivo de yerba mate, destilación de naranjas, producción de carbón y de alcohol etílico, fabricación de dulce de yateí, de tintura de lapacho, de máquinas para matar hormigas, etc.
1906 - Dicta cursos de Castellano y Literatura, oportunidad en que conoce a Ana María Cirés, alumna suya, con quien se casaría tres años después. Este año adquiere tierras en San Ignacio, Misiones.
1908 - Se enamora de Ana María Cirés y los padres de su alumna se oponen al noviazgo. Comienza a preparar personalmente su "bungalow" en San Ignacio.
1909 - Se casa con Ana María Cirés a los 31 años y viajan a Misiones, donde se radican.
1911 - El 29 de enero nace su primera hija, Eglé, en el bungalow de San Ignacio por parto natural, por propia decisión de Quiroga, quien ofició de partero, ya que no permitió ningún tipo de asistencia médica. Renuncia al cargo de profesor y se dedica a la plantación de yerba mate. Es nombrado Juez de Paz, con oficinas en su propia casa, que también funcionaba como Registro Civil. Se dice que anotaba los datos de nacimientos y defunciones en pedazos de papel que guardaba, prolijamente, en una caja de galletitas.
1912 - El 15 de enero nace su segundo hijo, Darío, pero esta vez ocurre en Buenos Aires.
1915 - El 14 de diciembre, su esposa Ana María se suicida luego de una terrible pelea con su esposo, ingiriendo veneno y tras largos días de padecimiento. Deja a Quiroga con dos hijos de 3 y 4 años respectivamente y se vuelve con ellos a Buenos Aires. Nuevamente esa horrible culpa inocente que sintió por la muerte de su amigo Ferrando lo hace sentir ahora el responsable de la muerte de su mujer. Es la época en que escribe uno de sus libros más trágicos: Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917).
1925 - Vuelve a Misiones adonde se dedica a escribir y a realizar tareas rurales. Conoce a Ana María Palacios, de quien se enamora, pero como en el caso de su primera mujer, no es aceptado por la familia de la joven.
1927 - Se casa con María Elena Bravo, compañera de su hija Eglé, y a quien superaba en treinta años.
1928 - Nace María Elena, hija de su segundo matrimonio y la llaman "Pitoca".
1933 - Quiroga, que había vuelto a ser ciudadano uruguayo pero con residencia en Argentina con un cargo de Cónsul, queda cesante a raíz de un golpe de estado ocurrido en Uruguay. Sus amigos le procuran una jubilación y lo hacen nombrar Cónsul Honorario de San Ignacio.
1935 - Aparecen los primeros síntomas de su enfermedad.
1936 - Su esposa y sus hijos abandonan Misiones. Quiroga viaja a Buenos Aires para hacerse atender en el Hospital de Clínicas debido a una afección urinaria que sufría desde tiempo atrás: el dolor comenzaba a hacerse intolerable. Permaneció allí cinco meses.
1937 - Quiroga comienza a sospechar y confirma sus sospechas por boca de uno de los médicos que le dice la verdad: sufría cáncer. Luego de hacer unas visitas a algunos amigos, pasó por una farmacia y compró cianuro; regresó al Hospital e ingirió una dosis, poniendo así fin a su vida el 19 de febrero. Posteriormente, los dos hijos de su primer matrimonio, Eglé y Darío, corrieron la misma suerte.